Mónica Lavín es la peor de todas, por su culpa, qué ganas de escapar a la Ciudad de México y buscar a Sor Juana Inés, en ese hermoso claustro ubicado en el centro histórico, a unas cuadras del metro Isabel la Católica. La tarde es transparente y color azul claro. Si pudiera caminar por el jardín de lo que fue ese convento buscando sus huellas. En cada salón aspirar el aire adivinando su olor, ese olor de rompope hecho en convento y sabiduría eterna. Discretamente acariciar las paredes y buscar si hay en esos muros algo escrito por ella porque los pergaminos ya no le alcanzaban por tanta inspiración que necesitaba salir de su alma. Levantar las plumas de algunas palomas que revolotean por ahí e imaginar su mano atada a esa pluma que le permitía escribir. Mirar las vigas del techo adivinando esas noches en que las contaba para descubrir los secretos geométricos de la vida. Acerco mi oído a un caracol para confirmar que la música también fue un escenario de su creatividad. Sor Juana en mi imaginación, Mónica Lavín dando los trazos perfectos para sentirlas cerca de las dos, mis escritoras bien queridas.

Me atreví a leer este fragmento el día que se clausuraba el taller de lectura Ellas cuentan, impartido vía Zoom, por la autora de varias novelas que se han vuelto mis preferidas como Yo la peor (2009) y Todo sobre nosotras (2019). En ese curso virtual, más de 20 mujeres cada martes nos conectábamos para platicar historias, para descubrir escritoras y para vernos reflejadas en cada página leída. La voz de Mónica Lavín siempre resultaba motivadora e inspiradora, nos compartía la vida de la autora, señalaba pautas simbólicas de las obras o, de manera muy humilde, compartía su propio proceso creativo.

Fue así como redescubrí a la señora Dalloway y volví a enamorarme de Virginia Wolff, palpé a esa niña que Rosario Castellanos nos mostró en Balún Canán o volví a llorar con la manera en que Rosa Montero nos habla sobre esa ridícula idea de no volver a verte. También encontré a otras novelistas que ya se volvieron también mujeres admirables como Ana García Bergua que escribió una novela titulada Fuego 20, donde por primera vez vi los lugares donde viví y las canciones que yo escuchaba en mi adolescencia y se me quebró la voz cuando le comenté al grupo lo mucho que me emocionó leerla. Algunas participaban más, otras menos, pero al clausurar el curso todas celebramos este espacio, con algunas estoy entablando una linda amistad y mi admiración por Mónica Lavín creció hasta el cielo.

Todo ello fue posible gracias a la Sociedad Artística Sinaloense, cuya directora Leonor Quijada y sus anfitriones maravilla como Nadia, han sido sensibles al encierro de muchas de nosotras en esta cuarentena eterna y ha creado espacios maravillosos de diálogo y creación. Por eso, ahora estoy en un taller con Elmer Mendoza, pero esa es otra historia. Gracias Mónica por cada lectura que nos dejaste, por cada comentario compartido, por tu voz apasionada interpretando un texto, porque decías mi nombre y mi corazón se aceleraba (oh, mi escritora favorita me conoce). Y repito bajito un fragmento de tu novela, Yo, la peor: “Santa Paula, como mujer, como Patricia, como viuda a destiempo, protege el camino que elige la mujer nacida a la vera de los volcanes en el intermedio del siglo XVII en Nueva España. Permite que las palabras de las mujeres que la conocieron y que vivieron su tiempo den vida y testimonio”.

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