Monstruosidad y belleza son dos atributos casi imprescindibles uno del otro, encarados por lo general en las variadas formas de mitificar o consagrar aquello que deleita nuestros sentidos. El célebre Ítalo Calvino lo describe más detalladamente en su libro Seis propuestas para el próximo milenio.
El poder ligar las modernas ideas de este pensador a las que se tenían en la Antigua Grecia me resulta inspirador, pues en esta ocasión abrimos nuestra caja de pandora para sacar del closet una vez más a un polifacético personaje. Se trata de Platón. No podemos dar los honores necesarios al fundador de la Academia sin dejar de lado su sorprendente contexto.
Como es bien sabido, la cultura griega siempre tuvo un criterio más amplio y tolerante que aquella que deviene de la tradición judeocristiana y su origen divino enmarca una genealogía tripartita entre el dios del Caos, la diosa Gea (la madre tierra de quien proviene todo) y el siempre joven Eros, dios del amor, erotismo y de la belleza imperecedera. Pero para Platón la belleza estaba dividida en dos: la interna y la externa.
Dentro de los diálogos de El banquete de Platón podemos notar que el hombre hizo cuestionar lo que se pretendía certero en aquella época, pues la búsqueda de la felicidad era a través del amor, aunque no la clase de amor pasional o
de bajo instinto que solo
complacía lo carnal.
El amor pasional era irracional igual al que se tenía por conveniencia, para prolongar la especie o incluso aquel que se da a una edad temprana. Siendo que los hombres de la época no compartían gran tiempo con sus mujeres, estos se hermanaban por lo general de un compañero, si su ámbito era el de la guerra. Compañero con el que compartían el mayor tiempo, fuerza, pensamientos y deseos. Compañeros fieles por quien se podía dar la vida.
Platón manifestaba que el amor verdadero requiere de la disposición al sacrificio, generando un amor ante todo “ideal” y como tal solo podía surgir entre dos hombres, pues el contexto no le brindaba a la mujer la oportunidad de generar tales vínculos con su pareja estando en abandonos tan prolongados y constantes debido a los roles desempeñados por sus conyugues.
Dentro de la costumbre del “banquete” (simposios celebrados entre mentores y discípulos en donde los hijos de las mejores familias acudían para ser guiados para la búsqueda de la perfección mental y física) podemos imaginar encuentros que fomentaban la reflexión en temas de amor y sexualidad generando estrechos vínculos en donde las enseñanzas eróticas entre maestro y alumno tenían un lugar central para la velada, pues las relaciones sodomitas lejos de ser enjuiciadas resultaban muy comunes. Tales encuentros eran socialmente aceptados y considerados como cruciales para fortalecer vínculos, incluso para la gloria del ejército y la transmisión de conocimiento y maduración de las nuevas generaciones, promoviendo así el idealismo heroico.
Lo anterior era semejante a los encuentros en el gimnasio o gimnos (lugar dónde los hombres acuden desnudos) cuyo principal objetivo era la preparación de cuerpos dispuestos para el combate y torneos, lo que con el paso del tiempo llevó a los hombres de la época hacia el culto de la belleza del cuerpo masculino. ‑Nada que a un atlético y saludable gay de nuestra época se le haya pasado por alto al pagar su mensualidad en algún club deportivo‑.
Al entonces conservador Platón ‑aunque no lo parezca tanto‑ le parecía que el amor era aliciente para la justicia y no era compatible con la violencia, ya que ante todo el enamorado mostraba una actitud creadora y no destructiva, como si poseyera el elixir de la eterna juventud al igual que Eros.
La muestra queda en la relación entre Patroclo y Aquiles descrita en la Ilíada o en historias como la de Harmodius y Aristogiton, quienes valerosamente unieron fuerza para salvaguardar la democracia, o el mito del poderoso Andrógino que pone en riesgo a los dioses y extiende sobre la mesa toda la gama sexo genérica desde una mirada mítica.
Hoy en día la inmediatez de nuestros tiempos y formas de comunicación nos ha llevado a ignorar la importancia del amor y sobretodo la del amor verdadero, incluso la primera pregunta sería si tal concepción tiene cabida dentro de la expectativa de vida de las nuevas generaciones.
Pero hay cuchara para todos los moles y podemos incluso interpretar como la Caverna en el diálogo “El teto” de Platón puede ser una clara muestra de la existencia de un antro gay clandestino de la época, donde el esclavo que mira siempre a la pared es aquel que yace en el closet, los guardianes que proyectan sus sombras son los gogos y el prisionero que logra escapar para ver la luz es aquel que vive sin temor a mostrar su sexualidad sin ser criticado, claro siempre con los valores absolutos que este amante del orden promulgaba.
Platón no solo era idealista o de mentalidad rosada, cuestionó lo que desde jóvenes debemos aprender para sentirnos amados, para valorarnos y darle peso a quienes realmente lo merecen.

Creador escénico con énfasis en actuación, egresado del Instituto de Artes de la UAEH y con experiencia en producción, dramaturgia y danza contemporánea, su trabajo actual se enfoca al teatro cabaret y de sátira político-social.

[email protected]

Comentarios