Estas elecciones dejaron ver sorpresas: no se dio el fraude electoral que muchos pensamos que existiría y Morena arrasó en todo el país, nadie pronosticó tales resultados. Estas elecciones dejaron ver un hartazgo del PRI y la esperanza en un cambio. Para ello, los mexicanos, como históricamente lo hemos hecho, le dimos la confianza a un líder, y esta vez también con mayoría en el legislativo, para que pueda llevar a cabo todas las reformas que sean necesarias para reconstruir el país.

Enrique Peña Nieto le puso una estocada, si bien, no de muerte, sí profunda al PRI, este gobierno llevó al país al límite de la corrupción, de la violencia y de la pobreza; esos resultados se observan en la poca credibilidad que tiene Peña Nieto al final de su sexenio. Pero además de eso, la forma autoritaria y centralizada que dejó ver al interior de su partido, hizo que varios líderes priistas buscaran espacio en otros partidos como Morena.

Aunado a eso, la alianza PAN-PRD que fue cupular no convenció a los militantes de ambos partidos, así que los perredistas decidieron votar antes que por Ricardo Anaya por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), candidato que les representó una cercanía a su ideología. Pero además, tanto el PRD como el PAN, al igual que el PRI, tomaron decisiones verticales, autoritarias y centralizadas para elegir a las y los candidatos en cada una de las elecciones que se darían en el país, esa situación, al igual que en el PRI, generaría muchos descontentos, por los que varios líderes de ambos partidos también pasaron a formar parte de Morena.

A ese contexto, se le sumó el hartazgo social por las condiciones en las que se encuentra el país, ese era tal, que a pesar de la guerra sucia que se dio en los últimos días del proceso electoral con llamadas telefónicas en contra de AMLO, los mexicanos ya no estaban dispuestos a apoyar de nueva cuenta al PRI, pero tampoco al candidato del PAN, quien mostró querer ser presidente a costa de lo que fuese: mentir, traicionar.

Finalmente, en ese clima, AMLO logró alianzas con líderes corporativos, como el minero, encabezado por Napoleón Gómez Urrutia. Esas negociaciones, más el enojo social y de líderes tanto del PRI como del PAN llevó a Morena a tener una votación del 53 por ciento para presidente de la República, cinco gubernaturas: Morelos, Chiapas, Ciudad de México, Veracruz y Tabasco, 310 diputados federales y 69 senadores. Esos números le permitirán gobernar a AMLO con un gran consenso y legitimidad.

Es así que el primero de diciembre iniciará una nueva era para México, una presidencia muy fuerte; muchos se preguntan qué pasará con el gobierno de Morena, pues a través de la campaña fue levantando a líderes de otros partidos, algunos de ellos conocidos por sus actos de corrupción. Mi hipótesis es que AMLO aprovechará su legitimidad social ganada día con día, y que se refrendó en estas elecciones, para marcar una línea vertical tanto al legislativo como a las secretarías de su proyecto de Nación, no dará espacio a otros intereses.

El centralismo que tendremos será inobjetable, sin embargo, tal como sucedió en la época de Benito Juárez, es necesario, pues el país se tiene que reconstruir, y eso se logra con una fuerza del centro y acompañado de las instituciones federales y del legislativo. Es así que ese centralismo le dará poco margen a los políticos nuevos y viejos de Morena de buscar sus intereses individuales, pues la agenda de AMLO es una prioridad. El presidencialismo, que ha caracterizado a México, se hará más fuerte, por tanto, tendrá todo el apoyo para todas las reformas que pretenda.

Esperemos que ese sexenio sea el caso de un presidencialismo al estilo de Benito Juárez o Lázaro Cárdenas, que utilizaron su poder para el bien del país, esperemos que AMLO, al igual que esos presidentes, realice los cambios necesarios; así que la moneda está en el aire: continuidad o transformación.

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