Tania Magallanes

Jefa de redacción de
La Jornada Aguascalientes

@negramagallanes

Dicen en otros países que en México nos reímos de la muerte. Pero la verdad es que ya no tanto. A nadie le puede hacer gracia, o eso al menos diría el sentido común, que aparezca un cadáver colgado en un puente peatonal. Tampoco debe resultar cómico, otra vez apelando al buen juicio, encontrar un cuerpo disuelto al interior de un tambo, método utilizado por narcotraficantes para desaparecer personas y que es conocido como “pozoleo”. Estas aparentemente novedosas formas de morir o de exterminar seres humanos son producto de nuestra hiperviolenta realidad contemporánea y no encajan con la festiva forma de ver la muerte en nuestro país y que nos llevan a celebrarla en los días de muertos porvenir. La Huesuda se ha hecho aún más seria. La Catrina ha quedado como una romántica figura, cada vez más divorciada de nuestro absurdo tiempo. Ojalá, queridos compatriotas, que nuestra visión romántica no muera. Esa es la reflexión de Tania Magallanes en este Maldito Vicio, que hoy apesta a muerto.

 

Días de muertos. En el contexto nacional que vivimos, cada vez nos cuesta más ser irrespetuosos con la muerte, tener expresiones cómicas o satíricas de las que hacemos gala afuera de las funerarias con café en mano. Colgó los tenis, murió como el Caguamo, se lo chupó el Diablo, son locuciones que cada vez se escuchan menos ante los asesinatos, los feminicidios, las desapariciones y el terror que poco a poco nos obligan a enfrentarnos a una vida nueva, extensión de la muerte violenta y sanguinaria que padecemos. Ya no es la muerte natural la que nos persigue, o la de los balazos en las cantinas o bajo las ruedas de un camión, sino una más horrible y destructiva en el inconsciente colectivo. Las designaciones festivas fúnebres que con toda confianza nos hemos procurado hasta volverlas casi patrimonio de la humanidad van agotando su fuerza ante la manera en que nuestros cadáveres pierden la relativa tranquilidad al honor por la vida, por lo que desde hace tiempo ya tuvimos que crearnos nuevos verbos para expresar las acciones que nos arrastran a la hora última: “pozolear”, “encobijar”, “encintar”, ejecutar. Sin quererlo, comenzamos a hacer cambios en la forma de procesar el fenómeno actual de la muerte. Neologismos de la guerra contra el narco. Nunca fue un accidente el que estas expresiones signifiquen lo que signifiquen, fuimos arrastrados por la corriente violenta del tiempo, donde ninguna metáfora se puede entender, ni siquiera representar adecuadamente sin el fundamento de la experiencia.
Tanta experiencia adquirimos que ni la lengua ni los altares de muertos se salvan. En ellos, las públicas calaveritas de dulce siguen perteneciendo a celebridades, continúan en un mestizaje psicológico entre la vida y la muerte con los colores y el papel picado, con la comida y los alcoholes, mientras que en la intimidad de los hogares, los altares privados, cada vez con más frecuencia van siendo ocupados por muertitos alegres en una foto, pero sin ojos en un cajón, a los que solo los alumbra el camino una veladora, los rezos de las madres e hijos, entre lágrimas e injusticias, por los que pasaron a mejor vida, ahora nunca mejor dicho, a manos del narco, del Ejército, de la Policía, desollados, agujerados, colgados en puentes.
En México se tiene una gran facilidad para morir, dice Villaurrutia. Ahora hay que ver cómo. Morir en México ya no tiene la trascendencia de los antepasados, ya ni de chiste. Hasta el desenfado vamos perdiendo. Burlarnos era el único mecanismo de defensa para dominar el miedo que nos produce la Flaca. El humor macabro con que se nace en México nos hace invertirle a tragicomedias chocarreras para arrebatarle a la muerte cotidiana una dosis de realidad y tristeza. Lo llevamos en la sangre sin advertencia moralizadora, sin otra teoría y sustento que el alivio del dolor.
En lo que va de este 2017 se registraron 18 mil 505 homicidios dolosos en todo el país, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. De estos, 13 mil 513 son obra de cárteles de la droga. Todo indica que el 2017 será el peor año en seguridad en la historia reciente de México. Nos está cargando la chingada.
Caprichosa, la Muerte se hizo de aliados para recogernos. Se levantó una noche con furia y le habló al oído a los del poder: necesito tu ayuda. Ya no quería llevarse solo a niños de cuna, a viejos o mujeres parturientas, sino ansiaba quebrarnos a todos ante el azoro y la desesperación de los números. O no. La verdad es que eso quisieran. Los gobiernos con sus políticas fallidas quisieran que fuera María Guadaña la única culpable, pero ni la retórica ni la demagogia son sustitutos de la realidad. El lenguaje oficial insiste en mostrar lo prístino de su tarea contra Ella, porque la batalla que libran no es contra la violencia, sino en encontrar la forma de aligerar las palabras. ¿Los muertos? Están en virtual eliminación, metidos como polvo enamorado bajo la alfombra de los números que despersonaliza a cada uno de los asesinados al quitarles en una segunda intervención el rostro y amontonarlos para hacerlos menos.
Días de muertos. En el contexto nacional que vivimos, todos los días son sus días. Cada vez nos cuesta más ser irrespetuosos con la muerte. Un olor putrefacto nos dice que viene por todos.

 

 

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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