Se acostumbra que eso conocido como folk, un género por demás popular y con el que casi es un hecho que tendríamos en español la balada/trova, es la única música popular estadunidense y con la que se confunde el country. No hay manera de establecer a dónde se fija la corriente más importante de la música popular anglosajona, pero sí se puede decir que tanto en el folk como en la balada/trova se encuentra uno de los sentimientos más universales de desesperación, pesimismo y nihilismo de la cultura moderna.

Pero si esa escena creativa no fuera objeto de interés, porque difícilmente se habría creado la oportunidad para atribuir un premio nobel a Bob Dylan, el folk llegó a coincidir con la necesidad de usar el género como un canal para explorar temáticas que de pronto no se encontraron en ninguna otra expresión musical, excepto el “pueblo” mismo.

Así, fiel a la exposición que Bob Dylan representó para la clase media estadunidense, una generación de jóvenes influidos por su trabajo empezó a voltear hacia el folk como la expresión que por descontado daba mejores resultados para expresar las inquietudes de un sector de la población: clase media blanca, semiletrados, depresivos, con cierta disposición a la conciencia social.

Pese a que murió a los 28 años por una sobredosis de heroína, inoculada en medio de la inconciencia de una borrachera, todavía hay quienes afirman que de haber continuado con vida, Tim Buckley no solo habría sido el sucesor de Dylan, casi es un hecho que lo superó con el escaso tiempo que tuvo.

Hay cantautores quienes afirman que las temáticas y complejidad de la obra de Buckley escapan a la reducción; incluso, que el desconocimiento de su obra casi califica de criminal.

Thom Yorke, representante de Radiohead, ha hablado a partes iguales en nombre de Tim y Jeff Buckley, hijo del primero, señalando que ambos fueron íconos de una estatura incomprensible, los dos reclamados muy temprano por la muerte. Incluso, Ivo Watts, quien fundó 4AD y en donde vieron su gestación y nacimiento Dead Can Dance, Cocteau Twins, The Pixies, Wolfgang Press, entre otras agrupaciones, algunas de las canciones que les darían celebridad permanente fueron las producciones de Ivo Watts sobre los covers de Tim y Jeff Buckley en las compilaciones de “This mortal coil”.

En ese punto, los Buckley resultan un horizonte donde su propia obra se encargó de devorarlos y hacerlos añicos. Conforme se exige, su carrera se vuelve un permanente apartamientos de todo cuanto le representa una base firme, hasta que deja atrás a la madre de su hijo, al amigo con quien escribe su primer disco, y poco a poco termina alejándose hasta del folk, para dirigirse hacia el avant-garde.

Llegado el momento, a medida que su prestigio se hacía mayor, las comparaciones con Bob Dylan se volvieron insufribles y la causa de una enemistad que después le provocaría muchos dolores de cabeza, ya que por cada afirmación que apostaba una calidad por la otra, Elektra, la compañía donde debutó y exigió de él una continuidad productiva, dejó que se apagara su estrella.

Hoy, cuando se escucha su obra, Tim Buckley ilustra sin gran complejidad eso que representó para la cultura de su época, al final de la década de 1960, con la aparición de Samuel Beckett y sus repetidos montajes de Esperando a Godot: en un basurero donde gobierna la desesperanza, los protagonistas carecen de otra perspectiva que la provista por los cubos donde pasan la noche y las conversaciones con que se encargan de darle sentido a su rutina.

Pero el sentido que gobierna detrás del folk, esa cualidad de herida supurante que se lame una y otra vez con la esperanza de que sane por sí sola en lugar de ser curada, es esencialmente el sentido del absurdo que se apoderó de la música folk, punk, ethereal, post-punk, gótica… incluso en calidad de advertencia sobre los callejones sin salida que la propia cultura le tendió a sus juventudes y estas, en el plan de la más simple catarsis, lograron encontrar en una sola parte.

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