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Muerde Corcobado a Pachuca desde las alturas

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El músico español ofreció un concierto en una cabaña ubicada en la punta del cerro de San Cristóbal

Pachuca.-

El referente para llegar donde se presentaría el poeta y músico español Javier Corcobado era una cabaña ubicada en la punta del cerro de San Cristóbal. Se trata de un lugar que puede apreciarse desde la amplia carretera que conduce al pueblo de Mineral del Monte. Llegando a ese punto, tras superar un tramo del camino escarpado, la ciudad se ve como una gran alfombra titilante, desparramada sobre los cerros que la rodean.

Al llegar a lo que parece el techo de Pachuca, unas 100 personas ya esperan formadas sobre una escalera y un pasillo que conducen hacia la cabaña, cuyos ventanales permiten apreciar la privilegiada panorámica, incluso desde adentro.
Unas sillas en torno a un pequeño escenario, mesas y una barra construida con madera antes utilizada en tarimas que se usan en los supermercados fueron parte de los elementos que construyeron la intimidad en torno a Corcobado, quien abrió su repertorio con piezas como “Dientes de mezcal”, que también incitó al público a aporrear sus primeros vasos de cerveza, tequila o güisqui.

En ese punto Javier entonaba: “Y en nuestro último beso mordimos el gusano de mezcal”.
El músico español, nacido en Alemania, hacía una pausa durante cada corte. A él lo acompañaban una mujer enfundada en un traje corto de cuero negro en los teclados y las percusiones; también, un guitarrista, que lo flanqueaba y rasgaba las cuerdas, justo en el momento exacto que su voz lo pedía.
Así fueron transcurriendo las letras de Corcobado, que nos permitían escuchar, por ejemplo, “¿por qué estoy tan triste teniéndolo todo?”, mientras cimbraba con su micrófono, no solo el piso del escenario, sino las certezas asumidas sin reflexión. Más que concierto, parecía ritual de poesía musicalizada.

“Sangre de perro en la puerta trasera de mi alma y en todo el suelo de la ciudad”, lanzaba Javier, aunque durante esa noche de viernes, quizá ya de sábado, el autor se encontraba en un lugar contrario a la letra: en la cima de una ciudad, de la capital hidalguense, donde dijo sentirse feliz, al menos esa noche.
Casi dos horas habían transcurrido cuando el español, que publicó en 1989 su primer disco Agrio beso, recitó: “Ella, ella ya me olvidó. Y yo, yo no puedo olvidarla”, letra que no solo lanzó a los asistentes a la euforia, sino que también preludiaba el final del concierto.

Sí regresó Javier, aunque solo una vez. Y cuando se fue del escenario para no regresar, quienes estuvimos ahí teníamos la certeza de que un concierto como ese, difícilmente encontraríamos en el camino. La noche comenzó a morir, precipitándose inevitablemente hacia el amanecer.

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