Dice Víctor Ugalde, director de Mi compadre Capulina (1989) y del corto ficción Hoy no circula (1993), que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, a 23 años de vigencia, acabó con el buen ritmo que experimentaba la producción del cine hecho en México y que el contenido fílmico al que hoy tenemos “acceso” fue puesto a merced de dos grandes cadenas al servicio casi exclusivo de la clase media en adelante, acostumbrada al consumo de la cultura globalizada, es decir, provocó que los mexicanos dejáramos de pensar como mexicanos.
¿Cómo deberíamos pensar los mexicanos? No es que exista una norma restrictiva para que las mentes generen pensamientos o procesos cognitivos estándar según su nacionalidad o que esté prohibido coincidir con las ideas de los extranjeros o que tengamos que estar peleados con ellos porque no piensan igual que nosotros. En lo absoluto. Víctor reprocha con justicia que nosotros, los mexicanos y las mexicanas, en una válida generalización, contemplemos las estrellas de la misma forma en que lo hacen, por ejemplo, los gringos.
El extraño fenómeno no se debe necesariamente a que fuimos bendecidos por la geografía, tampoco al movimiento migratorio que desde hace años desplazó a nuestros padres al norte; ocurre en gran medida por la liberación del mercado y las industrias culturales pactada allá por 1994, cuando el primer ministro canadiense Brian Mulroney y los presidentes Bush padre y Salinas de Gortari, o Lord Voldemort, (sea esta analogía una alarmante muestra de que no estoy pensando como mexicano) decidieron terminar con las trabas para que las empresas de la región norteamericana fueran y vinieran sin problemas para decirnos que era mejor degustar de un bocado ligero en Subway que ser gordo comensal del tortero de la esquina con una exuberante cubana.
El cine no fue excepción. Las películas mexicanas después de una era dorada pasaron a ser vergüenza nacional y dejaron de aparecer en las marquesinas fieles a Hollywood, la meca que se convirtió en ley suprema y que impuso gustos, estandarizó audiencias y estableció parámetros para construir historias fílmicas con base en las necesidades del mercado global y no en las sensibilidades, preocupaciones o formas de pensar de los pueblos a los que arrebató el derecho a ser particular.
En un artículo publicado en El Economista, Víctor Ugalde contó que antes del TLCAN, Cotsa, desaparecida exhibidora de cine, hacía que las producciones locales llegaran a más de 50 por ciento de los mexicanos, en su mayoría personas de bajos recursos, ya que un día de salario servía para comprar 16 boletos. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte también hizo que la Ley Federal de Cinematografía se modificara para quitar el subsidio público a la industria cinematográfica (algo como lo que hoy sucede con las gasolinas) y desaparecer las cerca de mil 600 exhibidoras mexicanas para dar paso a Cinemex y Cinépolis.
El gobierno mexicano no movió un dedo para defender su cine ni a sus cineastas y tampoco es que fuera una lucha imposible ante un acuerdo neoliberal, porque los canadienses sí alzaron la mano para agregar al pacto una cláusula de excepción; dijeron que el séptimo arte canadiense era vital para la defensa de su identidad y que por ningún motivo iba a quedar relegado o en segundo plano con respecto a Hollywood.
En la actualidad, a más de dos décadas, el cine mexicano aprendió a respirar con un pulmón; directores, guionistas, documentalistas, animadores, músicos, fotógrafos y guías de arte demuestran que su talento puede sobrellevar la hegemonía del cine estadunidense para emancipar cintas que devuelvan el aliento a la mexicanidad saturada de la nube comercial. Supieron que hay que luchar para gestionar recursos y pelear para ganar estímulos a la creación de calidad. Pero no es suficiente. De nada sirve hacer maromas para bajar financiamiento público y lograr una buena película si solo será vista por el petulante jurado de un festival, porque afuera Cinépolis y Cinemex darán cabida solo a las copias que se parezcan a la propuesta de Treintona, soltera y fantástica o No se aceptan devoluciones, que por cierto fue considerada para representarnos en el Oscar.
Por eso, si Donald Trump sugiere que hay que renegociar o desechar el TLCAN, ¡démosle la bienvenida! Es una oportunidad de oro para todos los productos hechos en México como el cine; es la invitación abierta a volver los ojos, no al Sur, al Este o al lejano Oriente sino al centro de nuestro corazón. Dar por terminada esta relación de libre comercio nos ayudaría a derribar un muro letal, más preocupante que la barrera física que quiere construir el presidente republicano en la frontera, el muro que te impide ver más allá del interés particular, más allá de la felicidad con cargo a tu tarjeta de crédito.
¡Muerte al TLCAN!

@lejandroGALINDO
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