Muerte en vida

Alma Santillán/ @alma_santillan

Ahí estaba, con los cuencos de los ojos vacíos, implacable frente a mí. Era su oscuridad contra la mía en la cuenta regresiva que en silencio hacíamos, preparando cada uno los proyectiles con los que uno de los dos terminaría extinguiéndose del todo, para siempre. Era ese el único deseo que teníamos el uno para el otro: la muerte.
No soporto la vida contigo. Fue su primer disparo.
Maldigo la hora en que te salvé de morir. Fue mi respuesta.
Amarnos era el mejor velo para ocultar el odio que en realidad nos teníamos desde hace años. Pasábamos horas tomados de las manos con la fuerza que habríamos querido utilizar para estrangularnos.
Saberte a mi lado cada día ha sido una condena y estoy harto. Segunda bala.
Escucharte respirar por las noches me ha robado la cordura. Lárgate. Segundo contraataque.
Había fuego en ese par de agujeros en sus ojos, mis manos rodeaban su cuello, tan fuerte que yo también dejé de respirar. Cinco, cuatro, tres… dos.
Desperté por el rayo de Sol quemando mi espalda, mi cabeza descansaba en su pecho, encima de su corazón que arrullaba; nuestras piernas entrelazadas. Suspiró y me dijo te amo. Te amo, contesté. Ahí estábamos, listos para morir otro día juntos.

La sospecha

Enid A. Carrillo/ @enidbug

Desde que mi comadre Águeda nos visitó ese marzo en el que la luz nos quemaba con su frío, a mí me entró la sospecha. Después de su visita murieron dos recién nacidos en el pueblo, los pájaros de los vecinos amanecieron muertos y las parcelas, blancas de frío, estaban infértiles. Todos mis animales se mataron entre sí, eso no era normal, y lo del frío, menos; no en marzo. Andaba muy desesperada, no sabía ni en dónde buscar respuestas, por eso le conté a doña Refugio, quien –vieja como el Diablo– me dio un remedio.
Invité a mi comadre a cenar. Preparé una olla grande de frijoles con epazote y otra de café con un chorrito de tesgüino, para agarrar valor. Ella llegó a tiempo, con la trenza aún mojada de lo limpia que se había puesto. Le serví la cena mientras hacíamos como que platicamos. Me acerqué y le puse unas agujas en forma de cruz en la falda, como me había dicho Refugio. Le serví un plato de frijoles y ella comía y comía y ni para cuando se le veían las ganas de levantarse. Yo la seguía alimentando y dándole de beber, para que le dieran ganas de ir al baño y yo pudiera darme cuenta. Se hacía cada vez más tarde y ella estaba que se iba y se iba, pero no podía levantarse de la silla. Yo veía cómo, de los nervios, se le enredaban los dedos de las manos. Sintiéndose descubierta, me lanzó una mirada que me soltó el miedo. Me acerqué para quitarle las agujas sin que se diera cuenta y al hacerlo, se desmoronó dejando un montecito de carbón en la silla donde estaba. Mi sospecha era cierta: mi comadre era una bruja.

 

Pan de muerto

Erasmo J. Valdés/ @ejvaldes
El pan de muerto más sabroso de esta ciudad era el de la panadería Trinidad, en la colonia Fundadores. Lástima que ya nadie vaya a probarlo, tuvieron que cerrar luego que la Policía sorprendiera al dueño en el panteón municipal, desenterrando cadáveres para hacer harina con los huesos.

 

300 metros

Juan Ter Veen

Contaban los viejos que el túnel conectaba a la plaza Bartolomé de Medina, en lo que fue el convento de la orden de San Diego, con el antiguo hospital de San Juan de Dios, que hoy forma parte de la Universidad Autónoma de Hidalgo, en la calle de Abasolo.
Mi hermano y yo crecimos en una casona, a escasos metros de la mentada caverna. Oscura, húmeda y estrecha, como la boca de un lobo petrificado.
La linterna la llevaba yo, pero la iniciativa fue de Carlos. Él, siete; yo, 10. Ni de chiste me iba a rajar. Ultimamos detalles, una cuerda atada a mi cintura sería el seguro de retorno, en caso de que las cosas se pusieran feas.
Los primeros 100 metros fueron fáciles. Avanzamos en cuclillas sin aflojar el ritmo. Después empezó la parte dura.
Con las rodillas y los codos haciendo el trabajo, mi corazón empezó a traicionarme. Carlos venía detrás, animándome a seguir adelante. Luego, otra reducción. Creo que ese día supe que era claustrofóbico. Entonces, el horror. Una rata, que bien pudo pasar por gato, me miró fijamente, sus ojos reflejaban la luz de mi linterna con una intensidad que me congeló la sangre.
Me cuesta trabajo rescatar alguna imagen de lo que siguió. Mi garganta desgarrándose. Movimientos desesperados en reversa, raspones, patadas. Un caos que nunca se ha terminado.
Dice Carlos que hicimos bastante, que nadie jamás llegó tan lejos. Al menos nadie que hayamos conocido.

Quince días

Oscar Raúl Pérez Cabrera/ @oscarellin
Eran tres las puñaladas que recibía para luego morir desangrada. La pesadilla se había repetido tres veces en la semana, después las ganas de ir al baño, la sensación de que el alivio vendría pronto, pero nada, para ella no había nada. ¿Y si ya había pasado?, ¿si no era a la que le estaba sucediendo?, ¿qué demonios sucedía? Se llevó las manos a la cabeza. Volvió a llorar de miedo en plena madrugada, y como en los días anteriores, no pudo volver a conciliar el sueño.
La imagen del sueño provenía del exterior, era tanto su anhelo que se convertía en sueño, luego en pesadilla y al final en realidad, pero al despertar la sangre no estaba ahí. Quince días de retraso, cuando no se tiene programado, seguro que hacen soñar, y soñar muy feo.

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