Arroz, trabajo, nada… Arroz, trabajo, nada… Arroz, trabajo, nada…

Arthur Golden y Rob Marshall son hombres arte de Occidente, del Occidente más globalizado, de la cultura en la que las personas persiguen los ideales detrás del cristal en el aparador más caro. El primero hace letras, el segundo hace cine; letras y cine responsivos a los sueños programados para los hombres y las mujeres de Occidente, donde las leyes de la oferta y la demanda dictan sobre el cotidiano.
Con todo el peso de su cuna, Arthur y Rob, notables hombres arte de Occidente, tomaron la osada decisión de escribir y rodar, respectivamente, sobre un modelo de mujer peligroso por su lejanía y convenientemente exótico para el consumo de la audiencia arte de Occidente. Es el jugoso caso de la mujer arte de Oriente, impreso en el gran proyecto bestseller cinematográfico Memorias de una geisha.
Le tomaría a Rob Marshall ocho años para trasladar lo escrito por Arthur Golden en su novela histórica, el tránsito de una pequeña niña del Japón imperial destinada a ser la expresión más sublime de una pieza de arte en movimiento, forjada en la belleza a partir de los hornos del sufrimiento para entretener, agradar, acompañar y condecorar los pasos de prominentes corbatas.
¿Cómo se ve el Sol naciente de Oriente desde el Pacífico americano? La misma perspectiva tendría un escritor y un director de cine estadunidenses sobre el universo misterioso de una geisha bañada en cerezos.
Por encima de las controversias que el proyecto fílmico generó en Oriente, donde fue mal visto por un extraño juego de nacionalismos (ya que una estrella de origen chino interpretó a una dama de ficción nipona con diálogos en inglés), supo resolver el tema de la empatía pues se convirtió en un producto altamente conmovedor y de grata calidad visual.
Rob Marshall, el director de Memorias de una geisha (2005), no quiso recapacitar por ningún motivo la novela de Arthur Golden; no quiso demostrar al mundo que la mujer arte de Oriente puede verse de maneras distintas desde América, se pronunció por ratificar lo dispuesto en un libro que vendió millones de copias.
Con la intención del cineasta cantada y la necesidad de no defraudar a la comunidad lectora de una novela de ganancias para el mundo de Occidente, las memorias de una niña sometida a la metamorfosis de una geisha se inscriben en un hermoso cuento de hadas, muy semejante a la clásica historia de una Cenicienta reivindicada por la elección de su príncipe azul.
Y aunque las memorias acá recontadas con el fondo de una formidable sonorización e imágenes que nos regalan una versión muy limpia y artesanal del Japón tradicional (es a pesar de las injusticias retratadas un paraíso de danzas y rituales), el resultado no deja de ser una adaptación atrevida en la que el Sol naciente de Oriente dimite ante la occidentalización de sus heroínas para satisfacción del consumo romántico y la alimentación del sueño americano.

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