“La historia la escriben los vencedores y hoy, aunque nos pese, los vencedores siguen siendo los del gobierno…”

No cabe duda, el género femenino nace con características especiales. ¿Será?, ¿de dónde obtiene tanta entereza?, ¿de dónde nace la fuerza, el coraje, la valentía? Quizá de un recuerdo, un sentimiento, lo trae consigo desde su nacimiento, o quizá simplemente sea el aleteo de una mariposa, en el momento y lugar adecuado; nos encontramos en un mundo casi inhumano, pero que de nosotros dependerá el cambio. Este cambio puede ser para bien o para mal; sin embargo, siempre ha sido para bien y no únicamente para ella, la mujer; es para beneficio de la sociedad, de su pueblo, país o nación.

No nacieron siendo guerrilleros, no fueron militares, eran trabajadores, catedráticos, estudiantes; fueron hombres y mujeres, enlazando las manos y levantando la voz. Pero era 1968, año en que sucedieron hechos imborrables para todos los mexicanos y, como las flores, las mujeres comenzaban a nacer en la sociedad, pero naciendo a una velocidad vertiginosa en medio de una comunidad forjada por hombres, con una historia de machos; y aunque se hable de un movimiento que buscaba la democracia y los derechos civiles, se suprime, se discrimina y minimiza el papel de la mujer.

Se llega al rescate de esas historias, se habla de lo que casi nunca se cuenta, y por eso, hoy me permito comentar de una historia en particular: la de Roberta Avendaño Martínez, mejor conocida como la Tita, quien en su momento fue una luchadora social nata; de raíces humildes, proveniente de una familia de pocos recursos económicos, nacida en 1943.

Balas, barrotes y otros intentos por borrarla, pero aquí está, luchando aun después de muerta contra los términos conservadores impuestos por un gobierno al que no le importa la vida de los mexicanos y, de los cuales continuamos siendo sus víctimas, no importando edad, religión o credo.

Una mujer heroína de nuestra historia, sin ninguna afición al manejo de las armas y sobreviviente de las mismas. Inició su participación desde muy pequeña; el primer apodo que le asignaron fue la Abogada, por salir en defensa del indefenso en situaciones de injusticia –que casi no se da–. Transcurrió el tiempo y en lugar de cambiar sus ideas, estas se reforzaron cuando ingresó a la escuela normal, donde se incorporó al gremio de docentes antes de 1968, siempre haciendo frente, sin nadie que la detuviera, ni en los enfrentamientos con los granaderos ni después de los golpes, ni con las lesiones continuas y permanentes que recibió: ella, siguió adelante en su lucha de defensa.

Roberta ingresó a la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde existía la discriminación hacia mujeres, quienes eran minoría y, sin importar quién o qué dijeran de su papel como mujer, ella apostaba por hacer más que limpiar la casa y procrear hijos.

Cuando llegó a sus oídos que hablaban de represiones e iniciaron las marchas de las manifestaciones, ella se unió a los estudiantes, quienes la nombraron presidenta del Consejo General de Huelgas de la Facultad de Derecho; asumió su papel y se mantuvo al frente en todo momento. Brigadas, mítines y denuncias; Roberta no retrocedía, ni ante las miradas de desaprobación por ser parte del movimiento, por exigir justicia, ni cuando fue señalada con desprecio por el simple hecho de ser mujer. La Tita no solo tenía coraje, tenía un liderazgo nato, puesto que organizaba brigadas que se encargaban de difundir información y su mejor arma fue la palabra en esa voz ronca que tanto la caracterizó.

Fue realizada la Marcha del Silencio el 2 de octubre de 1968, parecía un sueño, cada vez eran menos los que asistían porque eran conscientes de las represalias que el gobierno ejercía en ellos con golpes, cárcel o simplemente desaparecían. Muchos de los participantes regresaron a provincia, los padres recibieron noticias –falsas para variar–, infundiendo miedo y rezago, pero con la marcha se hizo presente y con ese silencio gritaron más fuerte, abriendo camino a nuevas formas políticas de oposición (Guevara, 1988:48).

La mítica bengala hizo acto de presencia y luego, lluvia de fuego; gritaron: “Todos al suelo” y espacio no quedó para la Tita, se quedó acuclillada, esperando que “un golpe muy fuerte” terminara con ella. Acompañada por la Nacha, su fiel amiga y compañera en todo momento, lograron salir de la pesadilla de Tlatelolco para ser protagonistas de otra, pues meses más tarde las inculparon de homicidio, despojo, uso de armas, invitación a la rebelión y ataque a la autoridad; sentenciadas a 16 años por proclamar justicia, por buscar libertad. Estuvieron dos años exiliadas del mundo en el interior de Santa Martha Acatitla, logrando su libertad bajo protesta.

Dedicó su vida a la docencia en el Colegio de Ciencias y Humanidades en el plantel oriente; posteriormente, Colima le abrió sus puertas en el centro de readaptación social para menores y publicó el libro Testimonios de la cárcel, la libertad y el encierro (1988); en México jamás se lo hubieran permitido.

En 2018, a 50 años de lo ocurrido en Tlatelolco, las voces siguen haciendo eco, retumbando, pidiendo justicia por los muertos, por los desaparecidos, hoy con generaciones nuevas; oh, Madre Patria, un soldado en cada hijo que tienes. La guerrera la Tita, Roberta Avendaño Martínez, prevalecerá en la historia de México. Después de la madrugada del 9 de agosto de 1999, su último aliento no quedó en Guadalajara, Jalisco, sigue vivo, latente cuando alguien aboga por lo justo, por la democracia; cuando las mujeres, madres, esposas, docentes, estudiantes, hijas mexicanas, como ella, levantan la voz, resquebrajan los esquemas sociales; desde ahí nacerá nuevamente la fuerza, el coraje y la valentía; del aleteo que mueve mares y de la idea que mueve masas.

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