En 1999 hice mi tesis de doctorado sobre muchas de ellas. Primero las quise llamar las otras soldaderas. No tomaron el fusil, pero sí la pluma para escribir lo que pensaban y para denunciar con lo que no estaban de acuerdo. Presintiéndose herederas de “adelitas” y “valentinas” también una pasión las dominaba, una pasión que se llamaba periodismo.

Fue así como aparecieron en escena mujeres nacidas en el siglo XIX y que solamente habían conocido a un hombre gobernando su país, Porfirio Díaz. Algunas lo admiraban hasta la ignominia. Otras lo enfrentaron con indignación y coraje. Ninguna fue a la universidad, fueron autodidactas o entraban a la escuela normal para convertirse en profesoras. Y muchas de ellas dejaron sus testimonios en periódicos de ese periodo, 1910-1917.

Una se llamó Juana Gutiérrez de Mendoza y repartió de mano en mano ese periódico político llamado Vésper que escribía en su vieja máquina de escribir, siempre crítico contra la dictadura de Porfirio Díaz.

Otra, como la hidalguense Elisa Acuna Rosete, confirmó su fuerte carácter en las frías paredes de la cárcel de Belém y junto con su amiga Juana enfrentaron la censura y soportaron los encierros porque si ese era el pago por denunciar la injusticia en México, valía la pena correr esos riesgos.

Guadalupe Rojo de Alvarado vestida de negro regresaba a la oficina de Juan Panadero para ejercer un periodismo crítico y valiente, el mismo que aprendió de su esposo, asesinado por el régimen porfirista.

Dolores Jiménez y Muro escribió el prólogo del Plan de Ayala, fue soldadera y tomó las armas, escribió en periódicos como el Diario del Hogar censurando la política de Díaz, que fue perseguida, que fue una mujer intensa, apasionada.

Y quizá alguna prefirió escribir poemas y fundar publicaciones feministas como lo hizo Dolores Correa. Mientras que otras optaron por difundir una imagen femenina tradicional y como Emilia Enríquez de Rivera que fundó la revista El Hogar y se convirtió en la empresaria mexicana más importante de esa época. Hermila Galindo desde su propia publicación La mujer moderna defendió los derechos de las mujeres.

Y otras torcían su destino como Julia Nava que lo mismo escondía en su residencia armamento de los revolucionarios, que transportaba bajos sus faldas los rifles de los zapatistas y que persuadía a los soldados de su inocencia al mostrarles con orgullo su título de profesora normalista y en cuanto se apartaba de ellos pregonaba de manera verbal y a través de sus textos periodísticos su convicción por la causa revolucionaria.

Fue así como un número representativo de mujeres de la época revolucionaria, ellas y muchas más que aguardan ser recuperadas por quienes reconstruyen la historia de la prensa y la historia de las mujeres en México. Sus perspectivas y compromisos me permiten advertir que lograron hacer circular en el México de principios de siglo XX publicaciones políticas, femeninas y feministas, donde las voces femeninas fluyen con intensidad, donde las mujeres periodistas se hacen visibles en la historia de la prensa, donde las mexicanas ubicamos a quienes nos han abierto el camino en los escenarios periodísticos, intelectuales, culturales, políticos y sociales de nuestro país.

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