Uno de los misterios mejor guardados del nuevo régimen es la Guardia Nacional. Su éxito sería concluyente, demostraría a propios y extraños que no fue solo una reedición del anterior grupo peñanietista. Pero su fracaso sería el adiós a todas las ilusiones, el auténtico fin de un ciclo. El peor de los mundos posibles.

Un cuerpo armado, seleccionado y compactado entre elementos provenientes de fuerzas federales de tierra, mar y aire, vigila el territorio. Pero la operación de las bandas delincuenciales, organizadas y amateurs está desatada, sin freno. La población no tiene pa’ dónde hacerse.

Las desastrosas noticias sobre los grados de inversión, la confianza del consumidor, las tasas de interés del Banxico, la marcha de la economía y la ausencia de capitales, se suman a las de los ciudadanos de a pie, que no ven llegar una buena.

Pero ese no es el dato mayor. Las economías europeas y orientales están en recesión y otras en franco estancamiento. Para muchos llegar al 0.

9 por ciento de crecimiento del producto nacional bruto sería un sueño guajiro. El problema en México es diametralmente diferente a datos económicos secos.

En las calles, no hay dinero, el circulante está seco, no hay empleo, el trabajo en oficinas de gobierno está fuera de la pelea, no hay atención a la salud ni medicinas ni médicos ni personal que atienda en los hospitales y, para colmo, no hay seguridad pública. ¿Será que el destino nos alcanzó?

Los guardias nacionales se miran unos a otros y no hacen nada
Mujeres Trabajando Juntas por la Transformación fue el foro donde nos encontramos mujeres de diversos orígenes, experiencias, edades y formaciones, no tengo certeza del número, pero puedo decir que fue una experiencia muy grata. Las ahí reunidas fuimos distribuidas en mesas de trabajo que se desarrollaron de manera simultánea; en una mesa reflexionaron sobre el derecho a la salud, en otra sobre la autonomía económica, otra abordó la vida libre de violencia, entre otros derechos de las mujeres.

Sentadas formando un círculo, cada integrante de mesa miró, escuchó y reflexionó sobre las palabras de la otra, ella y ellas que a primera vista se miraban diferentes y distantes, en la medida en que avanzó el tiempo, las voces y los ánimos se fueron relajando. Se nos miraba cómodas, a veces con rabia contenida, otras con lágrimas a punto de desbordarse, porque las palabras compartidas se parecían mucho a las experiencias tenidas. Sin excepción, las convocadas nos reconocimos en algunas de las violencias narradas, ese reconocimiento nos trasladó a otro plano de conocimiento, dejando atrás las primeras impresiones para trasladarnos al nivel de mutuo reconocimiento de nuestra condición de mujeres con problemas y preocupaciones semejantes.

A través de nuestras vidas y experiencias, corroboramos que las cifras sobre la violencia se comprobaban de manera contundente, entonces nos dimos a la tarea de reflexionar sobre lo que puede hacerse para cambiar la situación. Fue satisfactorio mirar que mujeres inundadas por la tristeza, se recompusieron para aportar ideas y reflexiones sobre la viabilidad de las propuestas. En ese conjunto de mujeres, en ese pequeño espacio constaté la resiliencia de mis congéneres, pues ante circunstancias adversas son capaces de reconstituirse y continuar con la vida, incluso procurando que su mala experiencia no sea tenida por sus seres amados. El grueso de ellas las distingo como la generación de ruptura de una herencia familiar permeada por la violencia por razones de género.

Es dominio popular que las personas somos lo que nuestras familias hacen de nosotras y nosotros, este determinismo resta o elimina las posibilidades de la autocrítica y la creatividad de las personas para reconstruirse a sí mismas; sin embargo, en dicho foro tuve ejemplos de mujeres que han roto y se proponen romper esos patrones culturales machistas, porque el control de las mujeres en sus cuerpos, acciones, tiempo y bienes se llama machismo.

El foro Mujeres Trabajando Juntas por la Transformación fue una experiencia muy grata porque la atención, la moderación de las mesas, la organización en general propició un ambiente donde nos sentimos confiadas y seguras para compartir miedos, enojos y esperanzas, además de una profunda convicción de hacer un mundo de paz; eso es, mujeres trabajadoras y trabajando para cambiar lo que somos y lo que queremos ser y tener: respeto y equidad

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