Si Adela Muñoz Páez, escritora española, sorprendió gratamente con su obra sobre Marie Curie, en otro de sus libros: Sabías: La cara oculta de la ciencia, demuestra su gran capacidad de investigación trayendo al presente la vida de destacadas mujeres quienes con luz propia lograron destacar en entornos privativos de varones. Catedrática de química inorgánica de la Universidad de Sevilla, ha realizado una gran parte de su trabajo de investigación en fuentes de radiación de sincrotrón en Gran Bretaña, Francia, Japón y España. En 2015 le fue concedido el Premio Meridiana del Instituto Andaluz de la Mujer de la Junta de Andalucía por su trayectoria. Sus relatos los divide en tres incisos: “Inicios fulgurantes”, “Expulsadas de la academia” y “Derribando barreras”, para un total de 19 capítulos. Esta es la primera de tres partes.

Captura la atención desde el principio al citar: “Invisibles para los sabios y para el resto de la humanidad, mujeres de todas las civilizaciones han buscado el conocimiento desde los albores de la historia: sacerdotisas sumerias, oradoras griegas, matemáticas alejandrinas, monjas de la época de las cruzadas, súbditas del rey Felipe II, artesanas de los poderosos gremios alemanes del siglo XVII, salonniéres francesas de antes y después de la revolución.

“También astrónomas alemanas e inglesas del siglo XVIII, físicas polacas de finales del XIX, químicas españolas de antes de la guerra ‘incivil’, cristalógrafas inglesas y bioquímicas italianas.

“Este es el relato de la peregrinación de las herederas de Enheduanna por la cara oculta de la historia.”

¿Pero quién fue Enheduanna? La civilización sumeria fue más avanzada de las que le sucedieron. “Aunque los hombres ostentaban el poder, las mujeres tenían derechos análogos a los de los hombres. Ellas trabajaban como comadronas, médicas-herboristas, tejedoras, cerveceras y alfareras, participaban en tareas de irrigación y agrícolas. Eran dueñas de su dote y podían tener otras propiedades que compraban o vendían. Las sacerdotisas, como Enheduanna eran ricas y gozaban de mucho poder.

“No obstante, las mujeres cobraban la mitad que los hombres por realizar trabajos similares y las compensaciones que recibían cuando habían sido víctimas de un delito eran también menores. En cuanto a los contratos matrimoniales, las mujeres tenían obligación de dar hijos al marido. Alternativamente podían proporcionar a su marido una esclava para que le diera los que no había podido darle ella.”

Enheduanna, suma sacerdotisa del dios de la luna fue la primera persona que se atrevió a escribir en su propio nombre, contradiciendo a todos los que durante los milenios posteriores se han empeñado en negar la capacidad intelectual y creativa de las mujeres. Vivió en Sumer entre los años 2300 y 2225 antes de nuestra era. No se sabe dónde nació y que nombre le impusieron, aunque puede que este fuera sumerio, dado que ese era el pueblo de su madre, la princesa Thaslultum. Lo que la ha hecho pasar a la historia es la fuerza expresiva de sus poemas.

Sorprende la complejidad de estos textos que datan de una época en la que la humanidad estaba todavía aprendiendo a escribir casi literalmente. Después la autora hace una exhaustiva disertación sobre lo que llama el Fuego de los dioses del Olimpo. Refiere que en un contrato de una pareja de atenienses de esta época, se sanciona que una mujer se compromete no solo a no tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, sino a no salir de su casa sin el consentimiento del marido.

Muy diferente reglas para las mujeres espartanas que tenían más derechos que sus vecinas atenienses. Hay breve referencia para las sabias griegas. “A pesar de las extraordinarias limitaciones que las sucesivas legislaciones de la democracia impusieron a las griegas, hubo algunas que lograron escapar y se metieron en los resquicios de la historia. Entre ellas destacan Téano, mujer de Pitágoras y primera matemática, Aspasia de Mileto, segunda esposa de Pericles y musa de todos los grandes hombres de la Atenas de su época, y Hagnódice, la primera ginecóloga.

“Una de las primeras médicas de las que se tiene noticia es la egipcia Merit Ptah, que vivió en torno al año 2700 aC, cuya efigie aparece en una tumba del Valle de los Reyes, en Saqqara”. Lo que sigue estremece: “Hipatia de Alejandría era hermosa y además de ser el más grande matemático de su época, destacaba en astronomía. Un día, una turba exaltada por unos monjes cristianos la asesinó de una forma salvaje. Fue víctima entre el poder religioso y el político”. “Tras la muerte de Hipatia, los principios del cristianismo fueron impregnando todos los aspectos de la sociedad, y la Iglesia se convirtió en el principio rector de la vida de nobles y plebeyos, desde la cuna hasta la tumba.

“Y la antorcha del conocimiento, apagada en cortes y palacios arrasados en las luchas contra los bárbaros encontró refugio en los monasterios. En ellos, generaciones y generaciones de monjas dedicaron su vida a copiar los textos que recogían la herencia de los sabios grecolatinos.”

Herrad de Landsberg nació en 1130. Fue abadesa en el convento de Odillenberg, cerca de Estrasburgo en donde comenzó a escribir la obra Hortus deliciarum, El jardín de las delicias, compendio de todos los saberes de la época.

Otra también muy destacada fue Eloísa (Héloise D’ Argenteuil). Llegó ser la monja más conocida de todos los tiempos por sus desgraciados amores que la convirtieron en una heroína del romanticismo. Se sumaría Hildegarda de Bingen comenzó a redactar su primera obra, Scivias en 1141 y no dejó de escribir hasta el día de su muerte. Esto es un resumen de La sabiduría de los conventos. De Penguin Random House Grupo Editorial, la primera edición en México fue en agosto de 2019.

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