Si Adela Muñoz Páez, escritora española, sorprendió gratamente con su obra sobre Marie Curie, en otro de sus libros: Sabias: La cara oculta de la ciencia demuestra su gran capacidad de investigación trayendo al presente la vida de destacadas mujeres quienes lograron sobresalir en entornos privativos de varones.

Catedrática de química inorgánica de la Universidad de Sevilla, ha realizado una gran parte de su trabajo de investigación en fuentes de radiación de sincrotrón en Gran Bretaña, Francia, Japón y España.

En 2015 le fue concedido el Premio Meridiana del Instituto Andaluz de la Mujer de la Junta de Andalucía por su trayectoria.

Sus relatos los divide en tres incisos: “Inicios fulgurantes”, “Expulsadas de la academia” y “Derribando barreras”, para un total de 19 capítulos. Esta es la segunda de tres partes.

Muñoz Páez lo desmenuza.

Viendo los espléndidos logros de los hombres de letras y ciencias sería lógico esperar que en esa época también hubiera florecido el talento de las mujeres. Así fue, de hecho, en Italia, la cuna del Renacimiento, país en el que las mujeres brillaron en todos los campos, y en universidades, como en la de Bolonia, varias ocuparon cátedras.

En el resto de Europa, la situación fue diametralmente opuesta. Todas las transformaciones en ese periodo fueron en detrimento de las mujeres.

Mas la influencia renacentista llegó a España. La corte de los Reyes Católicos era propicia por la especial afición de la reina Isabel a todos los campos del saber.

Entre los profesores de la corte Isabelina estuvieron mujeres sabias. La más destacada Beatriz Galindo conocida como la Latina por su dominio en ese idioma. De su producción literaria destacan Comentarios sobre Aristóteles y Anotaciones sobre escritores clásicos antiguos.

Luisa Medrano y Catalina Sigea fueron igualmente otras muy destacadas. Solo que ese esplendor fue sofocado por la Inquisición.

Más adelante llegaron al cultivo del saber varias damas en los reinos de Castilla y Aragón a lo largo del siglo XVI, Una de ellas fue Clara Chitera o Chistera. Autora de un tratado de matemáticas, fue doctora en medicina, muy reconocida.

Otra dama que brilló fue Luisa Sigea, nacida en Toledo en 1552, conocida como gran humanista del Renacimiento.

No se olvida a la catalana Juliana Morell, quien a los siete años hablaba latín, griego y hebreo, a los que añadió árabe, italiano, francés y español antes de cumplir los 12, un año después defendió la tesis Cum logicas tum morales que dedicó a la reina española, Margarita de Austria.

El recuento suma a Oliva Sabuco de Nantes Barrera quien en misiva dirigida al rey Felipe II era poner bajo su protección su obra Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, no conocida ni alcanzada por los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y la salud humana. Se publicó en 1587.

El 2 de abril de 2013, Google sacó del anonimato a María Sibylla Merian, pintora alemana del siglo XVII que pasó su vida criando orugas.

Otra dama de no menor valía fue Anna María van Schurman, conocida como “la estrella de Utrecht”. Al parecer fue la primera que estudió en una universidad.

Otra intrépida europea de la época, Apra Behn había viajado a plantaciones de caña en Sudamérica y a partir de relatos de esclavos escribió su novela Oroonoko, basada en una historia de amor real y que se publicó en Europa en 1688.

Émilie de Breteuil. “su libro”, traducción al francés de los Principia mathematica de Newton tardo 10 años en ver la luz. La obra fue aclamada.

Si Antoine Lavoisier es unánimemente reconocido como el padre de la química, Marie Anne Pierrette Paulze, su mujer, es la madre de esta ciencia. Además de estudiar química, inglés y latín, completó su formación desarrollando las aptitudes para el dibujo y la pintura.

La astronomía, la ciencia más antigua, surgió en los templos sumerios, cuando el cielo se estudiaba por ser la morada de los dioses. Las vidas de dos de las más destacadas hijas de Urania, Elisabetha Koopman y Maria Winkelmann-Kirch, tienen muchos paralelismos: su afición temprana a la observación de las estrellas y sus matrimonios con destacados astrónomos.

Otra sobresaliente fue Caroline Lucretia Herschel, nacida en Hannover, compartió con su hermano William la disposición por la astronomía.

Lo escribe Adela Muñoz: “El 13 de marzo de 1781 detectó un curioso cuerpo celeste. Caroline lo registró como ‘una nebulosa o quizá un cometa’. Tras observarlo durante varias noches llegó a la conclusión de que podía tratarse de un nuevo planeta, el séptimo del sistema solar. Esto se confirmó y se le nombró como el dios Urano, el padre de Saturno, abuelo de Júpiter y bisabuelo de Júpiter, dioses que habían dado sus nombres a los planetas descubiertos previamente.

“A los 75 años, Caroline completó un inmenso catálogo con las posiciones de las nebulosas descubiertas por su hermano y por esta obra recibió la Medalla de Oro de la Royal Astronomical Society londinense en 1828. Habrían de pasar 170 años antes que otra mujer volviera a recibir tal honor.”

De Penguin Random House Grupo Editorial, la primera edición en México fue en agosto de 2019.

Comentarios