Araceli Jiménez Pelcastre

La naturaleza proporciona medios para la subsistencia y materias primas para elaborar los bienes que todos disfrutamos, entonces, ¿por qué se contaminan y destruyen los hábitats y se sobreexplotan los recursos? A lo largo de la historia han existido individuos, grupos, empresas o gobiernos que no han dado la importancia necesaria al cuidado del ambiente; a la par, hay quienes sí se han preocupado y aportado propuestas para detener o revertir el deterioro, considerándolo recientemente como tema de investigación y asunto de las políticas públicas. Enseguida se exponen las contribuciones de algunas mujeres, entre las muchas que han realizado acciones ambientales y sostenibles.

El Club de Roma, organización no gubernamental fundada en 1968, encargó un estudio donde fue central la participación de la biofísica estadunidense y una de las primeras especialistas en ciencias ambientales Donella Meadows. En el texto Los límites del crecimiento (1972) se observan proyecciones sobre la catástrofe que podría ocurrir si la población y la economía continuaban con las dinámicas que estaban registrando. Ese trabajo influyó en la consolidación de la ecología política, el ambientalismo y el ecofeminismo.

Gro Harlem Brundtland, siendo primera ministra de Noruega en 1987, encabezó una comisión que redactó Nuestro futuro común o Informe Brundtland para la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En él se expone el impacto del desarrollo económico en el ambiente y las inequidades hacia las personas; esas nociones sientan las bases para el desarrollo sostenible, en donde lo ambiental, lo económico y lo social tienen la misma importancia. La agenda mundial para 2015-2030 retoma esos principios en los Objetivos del Desarrollo Sostenible.

Vandana Shiva, hindú ganadora del Premio Nobel Alternativo en 1993, participó en el movimiento Chipko (1973). Las mujeres, abrazando los árboles del Himalaya, impedían el derribo de las empresas transnacionales dedicadas a la explotación de la madera. Shiva creó después la Fundación para la Investigación Científica, Tecnológica y Ecológica, impulsando la agricultura ecológica, la conservación de la biodiversidad mediante el uso de semillas nativas; y también se pronunció en contra de la biopiratería y los monopolios sobre la alimentación, y a favor de mejorar las condiciones de vida de pequeños agricultores en regiones o países no desarrollados, donde las más afectadas son las mujeres. Su lucha se adscribe dentro del ecofeminismo.

En la misma corriente, Wangari Maathai, premiada con el Nobel de la Paz en 2004, lideró el Movimiento Cinturón Verde desde 1977 organizando a mujeres para plantar árboles y detener la desertificación y la deforestación en África.

En Latinoamérica, los movimientos ecologistas emergen en cada lugar donde hay sobreexplotación de los recursos naturales y afectaciones a las personas de los sectores más desprotegidos. Un ejemplo lo representa Berta Cáceres Flores, hondureña, defensora del territorio del pueblo Lenca; amenazada, hostigada y perseguida de manera recurrente, fue asesinada en 2016. La edición 15 del Congreso Nacional sobre Empoderamiento Femenino, del 9 al 12 de abril de 2019, estuvo dedicada a ella para mantener en la memoria que su lucha es similar a la de muchas mujeres que defienden la vida del planeta, mientras se les arrebata la propia impunemente.

Basta ver las cifras de Global Witness, organización que denuncia los conflictos y la corrupción vinculados a la explotación de los recursos naturales. El informe ¿A qué precio? Negocios irresponsables y el asesinato de personas defensoras de la Tierra y el medio ambiente 2017 demuestra que América Latina es la región donde más asesinatos hubo y México ocupa el cuarto lugar, situación que nos obliga a reflexionar sobre los productos que usamos, de qué se elaboran, a quiénes afecta la tala, la minería, la caza, la agroindustria y los monocultivos, ¿cuál es el precio y quiénes lo pagan?

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