En la actual coyuntura, en la que la existencia de nuestros pueblos, de nuestra especie y de nuestro planeta están en riesgo a causa de la voracidad y ambición de un grupúsculo de personas, artífices del capitalismo más voraz y atroz de todos los tiempos, se nos plantea un escenario en el que la unidad de los pueblos y su resistencia se vuelven fundamentales para detener y desmantelar, de una vez por todas, sistemas basados en la explotación de los seres humanos, en la destrucción y despojo de los territorios de los pueblos originarios, en el exterminio de naciones completas y en el saqueo a la Madre Tierra que amenaza a la vida entera.

La tormenta apenas comienza, nos han dicho nuestros hermanos zapatistas, pero está en la unidad de los pueblos revertir cualquier intento del neoliberalismo y sus lacayos de acabar con nosotras y nosotros; está en nuestra unidad construir un mundo en el que quepamos todas y todos, un mundo en el que convivan muchos mundos; ese mundo sí es posible.

Las exigencias de respeto, de autodeterminación, de soberanía y de libertad hoy, más que nunca, son más fuertes. La lucha por la tierra, el agua, la justicia, la cultura, la historia, la memoria, el territorio y el derecho de los pueblos a sus autonomías, se ha vuelto un común denominador y una resistencia global. En cada geografía está pasando lo mismo. Desde el mar para Bolivia, un derecho del pueblo boliviano, pero con soberanía y autonomía sobre ese territorio y sin condiciones ni mandatos que sirvan a intereses ajenos al pueblo de Bolivia, hasta el respeto irrestricto de todos los pueblos y naciones de América; donde nuestras raíces van desde los territorios mexicanos ocupados por Estados Unidos al norte de California hasta la Tierra del Fuego al sur del mundo, aunque en el mapa de Morelos y Bolívar van desde el caribú en el territorio inuit al norte hasta el último pingüino latinoamericano del sur de la tierra. Esta es nuestra América.

El capitalismo nos ha querido cambiar las geografías, como el caso de México, que geopolíticamente nos arrimaron a esa abominable jaula de oro, que se mantiene derramando la sangre de los pueblos libres, llamada Estados Unidos, y desde donde siempre nos han querido someter, pero no han podido solo por el simple hecho de que nuestras raíces son profundas y pertenecen a la tierra, y nuestra visión mira hacia adentro, pero también mira al sur, a donde están nuestras hermanas y hermanos latinoamericanos a los que nos une algo más que la sangre derramada por más de cinco siglos; son los colores, son los rebeldes corazones y las dignas alegrías, es la sonrisa eterna de quienes nos miramos con el alma.

En este contexto, muralistas de distintas geografías nos dimos cita una vez más para aprender y compartir haceres y saberes con nuestras hermanas y hermanos bolivianos, un pueblo que en estos momentos es un ejemplo de dignidad y resistencia para los pueblos del mundo.

Traducir en imágenes la voz de nuestros pueblos, con los que luchamos hombro a hombro, y crear, no es una tarea fácil, pero es un compromiso y una obligación para todo aquel muralista y artista que defienda las causas justas, que milite desde la conciencia a la práctica y que se jacte de ser un artista revolucionario. Hacer muralismo en sí ya es una acción revolucionaria en estos tiempos de violencia, de inquisición, de inmundicia moral, ética e intelectual; en estas condiciones, hacer muralismo también es patear y detenerle sus rutas a los lacayos del neoliberalismo, porque hacer muralismo es pintarle a la vida. Es negarse a doblegarnos, a alinearnos a los mandatos del capitalismo y lo que su hidra, siempre en las sombras, en la oscuridad conspirando y al acecho, tiene pensado para los pueblos de América Latina y el resto del mundo.

Pintar una raya o poner pintura en un muro no es hacer muralismo; sumar con la lucha de los pueblos originarios, de los oprimidos, de los sin tierra, de los sin voz, de los desechables, como dicen los compas zapatistas; escuchar para después narrar y también construir la historia, resguardar la memoria, resistir y construir rebeldías, defender las muchas patrias, reivindicar nuestras culturas, recuperar y defender nuestras raíces, parar el despojo, pero sobre todo construir junto con nuestros pueblos los nuevos amaneceres que queremos todas y todos, así como levantar la voz y gritar rebeldía. Eso es hacer muralismo.

A principios de septiembre, en Bolivia se reunieron muralistas que militan con las luchas de sus pueblos y con las causas globales de resistencia anticapitalista, lo cual convirtió ese encuentro de muralismo en una sola voz de las raíces latinoamericanas, un objetivo común, una sola lucha, una sola fuerza. Y un andar en constante movimiento y aprendizaje, porque el aprendizaje del muralista nunca termina, no hay un título al final ni una voz que diga ya sé hacer muralismo, porque este es una construcción permanente (fragmentos del discurso inaugural censurado por la prensa de la derecha boliviana el 27 de agosto de 2018 en la inauguración del tercer Encuentro de Muralismo con Raíces Latinoamericanas).

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