12 de noviembre de 1648, nació Juana Inés de Asbaje y Ramírez, nuestra Sor Juana.
Me escapo a la Ciudad de México y la busco en ese hermoso claustro ubicado en el centro histórico, a unas cuadras del metro Isabel la Católica. La tarde es transparente y azul claro. Camino por el jardín de lo que fue su convento buscando sus huellas. En cada salón aspiro el aire adivinando su olor, ese olor de rompope hecho en convento y sabiduría eterna. Discretamente acaricio las paredes y busco si hay en esos muros hay algo escrito por ella porque los pergaminos ya no le alcanzaban por tanta inspiración que necesitaba salir de tu alma. Levanto las plumas de algunas palomas que revolotean por ahí e imagino su mano atada a esa pluma que le permitía escribir las palabras que fluían de lo más profundo de su ser. Miro las vigas del techo adivinando esas noches en que las contaba para descubrir los secretos geométricos de la vida. Acerco mi oído a un caracol para confirmar que la música también fue un escenario de su creatividad. En efecto, se dice que la Décima Musa escribió un tratado de música que se tituló El Caracol, una obra que representaba la plenitud de su madurez, y fue tan alabada en la época en que la dio a conocer, “que bastaba ella sola, dicen, para hacerla famosa en el mundo…”.
Sor Juana mi espejo y Sor Juana mi guía, la busco para recordar que su obra es importante, representativa, admirable. Única, profunda y compleja. Basta recordar el primer párrafo de su Respuesta a Sor Filotea. En ese memorable texto además de la profundidad y complejidad que le daba a cada párrafo para defender, su derecho, nuestro derecho al conocimiento y a la sabiduría, responde con perfectas argumentaciones a las recriminaciones que le hiciera el obispo de Puebla que no podía aceptar que una mujer fuera inteligente, sabia, creativa y talentosa. Sí, la Respuesta a Sor Filotea delata ese malestar masculino al advertir no solamente una mujer inteligente sino a una mujer que estaba segura de la importancia a su derecho de recibir una educación. En el siglo XVII se observaba el surgimiento de fuertes debates en torno a la educación femenina y a la perspectiva discriminatoria y sexista al respecto. Los argumentos que sostenían la postura de negarle esa oportunidad educativa se basaban en el temor a la soberbia femenina y por ello caer en el pecado. Sin embargo, las mismas monjas debatían que el conocimiento las aproximaba más a Dios y con esa estrategia buscaban ese afán de tener acceso a la educación. Su protesta y crítica hacen eco todavía en muchas mujeres de este siglo XXI:
“Pero los particulares y privados estudios ¿Quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? ¿Pues por qué no gozará el privilegio de la ilustración de las letras con ellas? ¿No es capaz de tanta gracia y gloria de Dios como la suya? ¿Pues por qué no será capaz de tantas noticias y ciencia que es menos? ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley? ¿Por qué ha de ser más aceptada la ignorancia que la ciencia?”

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