En la hora exacta, del minuto exacto, del segundo preciso, su madre estaba preparada para traerlo al mundo, según ella, aunque él no quisiera que lo desalojaran de hospedaje nutricio tan confortable, máxime cuando le gustaba tanto jugar en aquel mundo que había hecho suyo y mostrar sus habilidades de doblarse, desdoblarse, moverse de arriba abajo y reír, sobre todo reír con la boca bien abierta.
Las manos frías, por mejor precisar los guantes blancos helados, lo recogieron por la cabeza en un tirón brusco, como si quisieran desencajarlo del cuerpo, que se hizo más chiquito para seguirla. Pensaba la triste situación en que se encontraba, dudaba si volverse por donde vino o irse hacia adelante y que el mundo dijera lo de debiera ser.
Luego de un instante, las manos, los guantes, lo sacaron del todo y lo levantaron como bulto. Todo le dio vueltas y más vueltas, pero no se mareó. Boca abajo empezó a ver el mundo con unos ojos grandes, enormes, que lo querían ver todo, no fueran a desparecer todas las cosas. Ahí estaba el médico con su bata blanca, la enfermera, bonita, con su bata blanca y su mamá. Esa era su mamá, ¡qué hermosa! Su mamá cansada y con una sonrisa deliciosa de oreja a oreja.
Quiso decirle algo pero no pudo, todavía no sabía hablar y además en esos momentos el médico, sin motivo alguno y con alevosía, le pegó un terrible azote en el lugar donde la espalda pierde su nombre. No pudo expresar su irritación y descontento por aquel acto vil sino con gritos desesperados y lloros como mares.
Las lágrimas que resbalaban por su rostro, pues había recuperado su posición vertical, una gentileza del hombre que lo había humillado de aquella forma momentos antes, las lamía su pequeña lengua, reconociendo el gusto salado de su propio ser venido al mundo.
Su mamá lo miró con dulzura y ternura, eso le recompuso y secó sus lágrimas. No lo dejaron mucho tiempo con la sensación confortable de las miradas, sonrisas y caricias de la persona que más lo quería y que más lo querría en el futuro, sin condiciones. Un ser de puro amor para él.
Se lo llevaron a otra habitación y lo metieron en un recipiente con agua, la enfermera lo limpió por todas partes con profesionalismo, pero nada más. Se sintió limpio pero desamparado. Le pusieron unas extrañas ropas entre las piernas y dejó de ver una parte de su cuerpo de la que aún no tenía noticias ni pudor.
Luego lo llevaron a una habitación con otros bebés igual a él. Todos estaban dormidos, aunque uno de ellos, todavía despierto, le dio la bienvenida y le explicó cómo iba la cosa en aquel hospital. Supo del régimen de visitas a su mamá, que coincidirían con las horas de la comida.
Se quedó muy intrigado por lo que le dijo el otro bebé con respecto a cómo proceder para comer. Por lo visto su propia mamá era la fuente alimenticia que tendría por algún tiempo impreciso. Eso le hizo inmensamente feliz, le permitiría tener una relación cercana con ella y empezar a conocerla mejor que ninguna otra persona en este mundo.
Su deseo era grande y la espera se le hizo demasiado prolongada. Espiaba los pasos de las enfermeras y se decepcionaba cuando se llevaban a otro bebé y él se quedaba en la espera, siempre en la espera. Como no tenía conocimiento del tiempo conoció la eternidad.
Pero llegó el momento en que la enfermera lo tomó en sus fuertes brazos y lo llevó a la habitación que ya conocía. Su mamá lucía esplendida. El cansancio había desaparecido y la felicidad le daba un aspecto maravilloso. Al verlo se estremeció y radió de contento.
El primer abrazo entre ellos fue una enormidad de hermosuras. Luego lo alimentó. Él al principio no sabía muy bien cómo hacer. Ella tampoco, era primeriza. Ese pequeño fracaso no los desalentó. Volvieron a intentarlo por segunda vez, y esta vez sí lo consiguieron.
La leche era dulce y deliciosa. No podía haber en el mundo un alimento mejor. Esa sería su comida favorita toda la vida. Al terminar sus diminutas manos agarraron el dedo índice de su mamá y lo apretó.

Comentarios