Durante décadas Colombia ha sufrido un proceso de violencia que ha sido explicado, recreado y cuantificado en cientos de obras editoriales. El Grupo de Memoria Histórica recientemente elaboró un estudio que muestra los estragos de la violencia de ese país en los últimos 50 años: 5.7 millones de desplazados, 220 mil muertos, 25 mil desaparecidos y cerca de 30 mil secuestrados. A esta cruda realidad se agrega que ocho de cada 10 muertos son civiles y miles de niños fueron reclutados por algún bando en conflicto.
Estado, guerrillas, paramilitares, narcotráfico, empresas transnacionales, Ejército, bandas juveniles y población civil son los protagonistas activos de la historia de violencia de ese complejo país suramericano.
En este mar de historias de violencia vale la pena desempolvar la narrativa de Alonso Salazar (1990) No nacimos pa’semilla. La cultura de las bandas juveniles en Medellín, que retrata con asombroso detalle la intimidad de las bandas juveniles de esa ciudad colombiana.
Bajo esta perspectiva, existe una juventud expuesta desde temprana edad para ser reclutada por el crimen organizado, sea por necesidad o por moda social, y los convierte en jóvenes desechables donde la calle, el sicariato, el vicio y la muerte era la única opción para ellos.
El panorama en Medellín ha cambiado, las políticas de recuperación del espacio público y el tejido social a través de la cultura y el deporte lo han convertido en un lugar menos violento y un semillero de esperanza para la juventud. México debe de aprender rápidamente de ese proceso para que la cuota de sangre sea menor.
Niños y niñas al servicio del crimen organizado en México

La “guerra contra el narcotráfico” implementada en México en los últimos años ha replicado el proceso de violencia que vivió Colombia hace unas décadas. Las organizaciones criminales han innovando en métodos y códigos para asentar al terror como el eje articulador. Colgados, decapitados, encajuelados, cuerpos desmembrados… balaceras en escuelas es el lenguaje común en nuestro país.
No existe información oficial del número de niños y niñas muertos asociados a la delincuencia organizada. Sin embargo, hay fuertes indicios de que en ciudades como Monterrey, Ciudad Juárez, Mexicali, Tijuana, Torreón y Saltillo operan bandas de jóvenes pagados por el crimen organizado para ser halcones, sicarios, vendedores y transportistas de drogas o cometer otros ilícitos. Varios analistas sobre criminalidad señalan que existen alrededor de 30 mil niños y adolescentes que están involucrados en el crimen organizado en México.
En agosto de 2011 murieron más de 50 personas en el Casino Royale, de la colonia San Jerónimo en Monterrey, Nuevo León; diversas fuentes señalan que jóvenes sicarios fueron los responsables de dicho acto de barbarie. A partir de ese entonces, se ha vuelto recurrente la participación de jóvenes en actos de violencia que llegó hasta los salones de clase, como lo demuestran los hechos ocurridos en un colegio privado en Monterrey en enero de 2017, cuando un estudiante disparó a su profesora y compañeros de clase.
La miseria familiar, económica o de degradación de valores, obliga a los jóvenes a la inmediatez para tomar decisiones en un futuro incierto, buscando sacar el mayor provecho con el menor de los esfuerzos para escalar en la pirámide social.
No esperemos a que la violencia toque la puerta de nuestros hogares, de nuestras escuelas y centros de trabajo. Los padres de familia y maestros tenemos el compromiso ético moral de incidir en la creación de pensamiento crítico que motive la creatividad positiva de nuestros hijos. La solución no son las armas, los policías y la militarización de las calles, hacen falta más escuelas, más cultura y más oportunidades laborales para nuestros hijos.
Sí nacimos para semilla y nuestra siembra es ahora. Nuestros jóvenes son la posibilidad y la esperanza de hacer girar la historia de otro modo.

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