No es que Saúl fuera un niño especial. A lo más, ocurrente. Así, un día se le ocurrió mirar a Felipe, su mejor amigo, quien comía felizmente una torta sentado en una banca del patio, y le lanzó a boca de jarro:

–Seré profeta. Te diré a qué edad te vas a morir.
Felipe abrió los ojos, la mandíbula inmóvil, los cachetes abultados con un gran pedazo de torta. Tragó el bocado y le respondió con voz insegura:
–¿A ver?
–Los años que tendrás al morir serán las veces que bote la pelota en el lado izquierdo de la cancha.
Felipe retomó su torta distraído, sin despegar ya los ojos del partido de futbol que se reñía en el patio. Cuando llegaron a contar 64 botes de pelota, Felipe ya respiraba aliviado. A los 70 perdió interés en la cuenta. Al sonar la campana del final del recreo, Saúl le anunció ceremoniosamente: 84.
Felipe comentó la nueva vocación de Saúl a René y René a Santiago y Santiago a Brenda y Brenda a todas sus amigas y, al final de la semana, Saúl tenía una larga fila de interesados en saber cuándo morirían a cambio de alguna aportación: un lápiz nuevo, una moneda rara, un emparedado, las soluciones de la tarea de matemáticas, un cigarrillo o un beso a voluntad, si se trataba de alguna niña bonita.
Todo servía para el cálculo: contar las hojas secas en una maceta, restar la calificación más baja de la más alta en el examen de ortografía, registrar la cantidad de niñas que entraban al baño durante el recreo, contabilizar las veces que las nubes tapaban el Sol durante la clase de educación física, averiguar cuántos chicos del salón odiaban a la maestra de inglés…
La cosa cambió cuando Rosario, una de las chicas más populares de quinto de primaria, llegó a preguntarle a él, hasta pocos días antes invisible estudiante de cuarto, si su abuela, que tenía dos semanas en el hospital, moriría pronto. Saúl le pidió que se sentara a su lado y miraran a Stalin, el gato del colegio.
–Contemos las veces que Stalin mueva la cola. Ésos serán los días que le quedan a tu abuela–, le respondió Saúl, poniendo la mano como que no quiere la cosa sobre la rodilla de Rosario y confiado de tener todo el tiempo del mundo, pues no había otra cosa que le gustara más al gato que mover rítmica e indefinidamente la cola mientras observaba desde el tejado el ir y venir del patio escolar.
Para sorpresa de los niños, el gato movió la cola dos veces y desapareció. Rosario, mal, contuvo el llanto y se alejó a toda prisa. Ese día y el siguiente evitó a Saúl como a la peste. Al tercer día, Rosario no fue a la escuela. Su abuela había muerto la noche anterior y la familia entera atendía el funeral. La fama de profeta de Saúl se regó por la escuela, como se expande un gas tóxico. Ya no había filas a la hora del recreo. Ahora lo acechaban, como en cuarentena, atrás de las escaleras, en un solitario pasillo, a la salida del baño…
Una tarde, la maestra de historia le salió al paso detrás de la mesa de los uniformes extraviados. Quería saber si su marido, al que le habían diagnosticado un problema pulmonar, estaría fuera de peligro. Saúl protestó sin mucha convicción:
–Yo solo preveo muertes…
–¿Y qué ves?
Cerca de la escuela había un anuncio luminoso de un refresco cuyo fondo de círculos concéntricos se encendían y apagaban sin cesar. Le dijo a la maestra, quien lo miraba con manos anudadas:
–Mañana, de camino a la escuela, en el semáforo de la esquina, cuente cuántas veces se enciende y apaga el anuncio luminoso. Es la edad a la que morirá su esposo.
A él le había parecido una eternidad alguna vez que intentó contar las veces que los círculos se prendían y apagaban. Por eso no supo qué contestar cuando la maestra le preguntó, al día siguiente, con mucha angustia:
–¿Estás seguro?
Saúl la miró en blanco. No sabía de qué le hablaba la mujer.
–Conté 54. El anuncio se prendió 54 veces antes de que el semáforo se pusiera en verde y yo tuviera que avanzar.
A Saúl le pareció una edad razonable y estaba a punto de decirlo a manera de consuelo, cuando la maestra agregó con un hilo de aliento:
–Mi esposo ya tiene 54.
La comunidad escolar se consternó cuando, un par de semanas después, la maestra de historia se quedó viuda. Esa tarde, sin mucho preámbulo, el maestro de computación le preguntó a Saúl:
–¿Cómo lo haces?
Como Saúl permaneciera callado, agregó:
–¿Haces algún cálculo? ¿Sumas o restas alguna cantidad constante? ¿Tienes un número de la suerte?
Saúl desvió la mirada:
–Solo hago lo que hacen los profetas. Busco mensajes en todas las cosas…
–¿Quién va a ganar el campeonato de futbol?
–Soy profeta de muerte solamente–, respondió Saúl, humilde.
El maestro se agachó a su altura:
–Si te dedicaras a predecir resultados deportivos podrías ganar más…
Saúl lo miró intrigado, protestando sin mucha convicción:
–Yo solo predigo muertes…
El maestro de computación suspiró, se enderezó y metió las manos a la bolsa.
–Ya. Entiendo. Bueno, mira, tienes un punto de más en mi clase, para que a mí jamás me digas nada, ¿eh?
Saúl sonrió con un agradecimiento turbio.
Para finales de mes, ya tenía varios puntos extras en todas las materias. Si no se los ofrecían espontáneamente, era solo acercarse al maestro y soltarle una frase oportuna:
–¿Sabe, profesor? Estuve contando las veces que volaron pájaros por la ventana durante su clase. ¿Quiere saber cuántos…?
Pero nadie quería saber. O querían, pero no se atrevían a escuchar la cifra fatal. En el fondo –acabó por entender Saúl–, las personas buscaban solo escuchar lo que fuera música para sus oídos. Y para eso no necesitaban un profeta. Mucho menos un profeta de muerte. No que importara mucho. De cualquier manera, para ese momento, Saúl había encontrado ya una vocación mucho más prometedora.

Virginia Hernández Reta**

  • *“Nadie es profeta en su tierra” forma parte de Sed como niños: bad boys’n girls de la revista Letras Raras, edición bimestral abril-mayo producida por Sad Face y Elementum.
  • **No estudió letras, sino ciencias de la comunicación. Hizo un posgrado en literatura hispanoamericana en la Universidad de Sao Paulo. Fue dictaminadora en Editorial Lectorum. Ha publicado en varios medios y obtenido reconocimientos.

Lazarillo de Tormes (fragmento)*

Anónimo (1554)

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
–Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
–Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el Diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer”.

 

Cada año dedicamos un día a celebrar lo que significa ser niño, pero rara vez reflexionamos sobre lo que significa. ¿Y qué es ser infante? Van algunas ideas: es ser irreverente, tener los ojos despojados de ese filtro que nos obliga a ver con una capa de prejuicios, cual sarro que se impregna en los huecos interdentales. Es no ser solemne, hacer las cosas pero no como adultos. Verle a la rutina ese resquicio que la hace divertida. Todo es igual pero a la vez distinto. Es hablar con tonos disímbolos, por lo regular muy altos y agudos. Es preguntar por todo y ver lo que los adultos ya no perciben. Ser niño es ser profeta con ayuda del movimiento de la cola de un gato. De eso trata este Maldito Vicio, fruto de la generosa colaboración de Elementum y Letras Raras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El día de la niñez, debe conmemorarse con la lucha de sus derechos y NO comprando obsequios. #yosoysarita #niñez

@YerlyMorales

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial

 

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