E iba en serio, el dedo índice y el pulgar juntos lo confirmaban, ademán habitual en mi hermano en cada ocasión que acentuaba sus argumentos. Asentí desde el sillón de la sala. Tomó su mochila para abandonar el departamento, escuché el abrir y cerrar de la puerta, luego el correr de las tres cerraduras. Sus pasos se perdieron en el edificio.
Las cortinas apenas atenuaron el atardecer que terminó por recargarse en mi espalda; antes de retomar la lectura, subrayé la última anotación mental de mi hermano. “Ni los testigos de Jehová, ni el gas, ni el agua, nadie”, opté por remarcar en negritas la anotación ya subrayada.
Unas 40 o 50 páginas se sucedieron: una ciudad que debía mantenerse en movimiento, transitaba por vías que debían desmontarse y volver a montar para el discurrir de la metrópoli, la justificación aún en el misterio. El atardecer marchó despacio y en silencio acompañado de partidos de futbol y perros paseados en la amplia plaza, la luz disminuyó. Coloqué el separador, dejé el libro sobre el sillón para encender los focos, después lo pensé mejor. Abrí la ventana para contemplar la ciudad desde el noveno piso.
El tráfico avanzaba interminable a metros de distancia de la plaza, sobre esta, los perros recogían pelotas pequeñas para regresarlas a sus dueños, entre pelotas más grandes que eran lidiadas hacia porterías improvisadas con adoquines. El Sol pareció desafiar el tiempo, negándose a ocultarse tras los edificios. Qué ciudad tan inusual, saturada de gente que apenas y se escuchaba, un día que no terminaba, y todo por un trabajo que…
Tocaron a la puerta.
Me quedé inmóvil. Esperé, para después esperar un momento más. Volvieron a tocar, con más ímpetu.
Sin hacer ruido fui a la puerta, sin escuchar nada esperé tras las cerraduras. Miré por la mirilla, en el microcosmos convexo no había nadie. La postulación aceptada para un trabajo más que redituable, el viaje, la organización de muebles para hospedarme con mi hermano mientras encuentro un sitio propio, las instrucciones, el toque a la puerta, la larguísima tarde… demasiado para un día. Fui a dormir.
En la semioscuridad fui a la habitación asignada para mí, tomé un gancho del clóset, tras desnudarme colgué la ropa, me tendí en la cama, comprobé las alarmas en el celular y me dormí casi de inmediato.

***

Desperté 20 minutos antes que sonara el despertador. Aun así tomé prisa. Abrí el armario para descolgar la ropa e ir a la ducha; omití el desayuno, el trayecto al nuevo empleo era prolongado, y no quería llegar tarde, al menos no el primer día. La otra habitación estaba vacía, mi hermano no llegó durante la noche.
Repasé los documentos guardados en la mochila, tomé el libro que estaba leyendo el día anterior y lo guardé también. Fui a la puerta, descolgué las llaves del llavero, “aquí déjalas siempre para que no se pierdan”; miré por la mirilla solo por curiosidad, no había nadie… de nuevo. Descorrí la llave del primer cerrojo, el segundo costó trabajo, unos cinco minutos de lucha, la última no costó tanto trabajo.
Abrí la puerta, y miré el clóset del cuarto que me prestó mi hermano. Dudé un momento. “Ayer tocaron la puerta”, fue la respuesta que mi mente dio a una pregunta que no hice. Dejé las llaves en el llavero, tomé un gancho, me quité la mochila, luego la ropa, ¿cómo iba a salir sin bañarme? Aunque debía darme prisa, no quería llegar tarde, al menos no el primer día.
Cerré las llaves de la regadera al terminar, tras secarme fui con prisa al armario, tomé la ropa y me vestí. Tomé la mochila y repasé los documentos guardados junto con el libro que estaba leyendo el día anterior. Fui a la puerta, descolgué las llaves del llavero, miré por la mirilla solo por curiosidad. Descorrí la llave del primer cerrojo, el segundo costó trabajo, unos siete minutos de lucha, la última no costó tanto trabajo.
Abrí la puerta, y miré el clóset del cuarto que me prestó mi hermano…

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