+ ¿Manotazo de AMLO? ¡Por supuesto!
+ Por ubicación, Texcoco era mejor opción

Más allá de odios, estridencias y embustes –desde llamados en redes sociales a un golpismo empresarial hasta mentiras como citar una “abrupta devaluación del peso”–, dentro de la tormenta desatada por la cancelación del aeropuerto en Texcoco resulta pertinente citar, al menos, 10 claves para intentar entender, sin fanatismos ni rencores, la dimensión de lo que está ocurriendo. No se trata de convencer a nadie porque las posturas están más que radicalizadas. Sería un ejercicio inútil. Tratemos, mejor, de limpiar un poco el camino ensuciado por la histeria nacional.

AMLO. “Hay una frontera entre el poder económico y el poder político. El gobierno es para todos, no para un grupo; no va a ser un gobierno al servicio de una minoría”, es la frase más relevante de López Obrador en torno al NAICM. ¿AMLO está dando un manotazo en el escritorio? ¡Cierto! Es un “ya basta” tan urgente como reclamado en el espíritu de la votación del primero de julio: que se acabe el “contratismo” y privilegios con los poderosos de siempre, con los favorecidos durante los sexenios de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Los dueños del dinero que todos conocemos.

Quienes solamente se dedican al negocio depredador, al favoritismo insultante, al favor corrompido y corruptor. Ya se los advirtieron: deben cambiar de mentalidad y acostumbrarse a las nuevas reglas. Fue un mensaje demoledor. De paso, se le da un estate quieto al concuño-constructor del enemigo histórico de AMLO: Carlos Salinas de Gortari. Fue directo el mazazo a la nuca salinista.

Texcoco. AMLO mató a los mensajeros, pero debió respetar el mensaje: que el NAIM se quedara en Texcoco. A final de cuentas, así le convenía más a quienes usan el aeropuerto. Es cuestión de distancias, comodidad y tiempos: del NAICM de Balbuena al nuevo en Texcoco, son cinco kilómetros de distancia. Del NAICM a Santa Lucía, son 42 kilómetros. Del NAICM al de Toluca, son 65 kilómetros. Y de Toluca a Santa Lucía, son 106 kilómetros. Está claro cuál opción, por distancia, convenía más.

Consulta (I). Innecesaria, mal hecha y, por tanto, vulnerada, la consulta popular impulsada por el nuevo gobierno fue una mascarada para ocultar una decisión que todos sabíamos ya estaba tomada: cancelar Texcoco y habilitar Santa Lucía. Hubiera sido mil veces preferible que el primero de diciembre, al tomar protesta como presidente de México, AMLO hubiera asumido una decisión política y ejecutiva, anunciando que se cancelarían los contratos por estar amañados, mal designados y corrompidos, que se abriría una licitación pública para nuevos constructores que ofrecieran la mejor obra, y transparentando la operación gobierno-contratistas, aunque respetando la ubicación en Texcoco.

Consulta (II). Prácticamente la mayoría está a favor de consultas públicas como herramienta de democracia participativa y de toma de decisiones consensuadas… pero bien hechas. ¿Le costaba mucho a AMLO esperar que en noviembre, con la mayoría legislativa en las cámaras, se aprobara la nueva Ley Federal de Consulta Popular y entonces sí, de aquí a futuro, someter a consultas validadas por la ley, respaldadas por la autoridad electoral y, sobre todo, bajo una representación ciudadana más amplia y legítima, realizarlas? Impulsar una consulta de humo fue un error político del presidente electo.

Empresarios. CCE, Coparmex y compañía tienen razón en algunos lances, pero en otros muestran el cobre. Aciertan cuando cuestionan una consulta ilegal por carecer de los instrumentos jurídico-electorales que se requerían. Yerran cuando se retuercen comparando el asunto Texcoco con la casa blanca de la familia presidencial, por ejemplo, o al asumirse como agoreros de un desastre financiero que carece, por lo pronto, de sustentos. En realidad, las cúpulas empresariales defienden los dineros de sus verdaderos patrones: los dueños de los capitales en México, en lugar de velar por un Estado de Derecho, transparencia y legalidad que siempre se han pasado por el arco del triunfo y que de pronto recuerdan que existen. Defienden intereses propios, no intereses colectivos.

Peña. El silencio del aún presidente Enrique Peña Nieto sobre la cancelación del NAICM en Texcoco es tan desconcertante como sospechoso. Desconcierta que personalmente no haya salido a defender la obra cumbre de su sexenio, por la que sería recordado. Y como en política no hay coincidencias, la respuesta llegó pronto: la SCJN le otorgó a Peña un amparo que le evitará ser investigado por el caso Chihuahua. Fue el ministro Eduardo Medina Mora quien tendió el manto protector a EPN y a sus colaboradores. Por eso estaba tan calladito Peña: para no hacerle ruido a su escudo protector anticorrupción. Vaya cinismo.

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