Pienso en la historia de un padre que acude a una decadente cárcel mexicana (es un pleonasmo, lo sé), supera la revisión de los custodios, quienes pusieron especial atención en sus bolsillos y sus zapatos. Sigue una narración neutra en donde los pasos resuenan por un largo pasillo iluminado por una luz parpadeante que lo conduce a donde lo espera el hombre de quien ha leído mucho en los últimos días. Memorizó sus facciones indiferentes cuando testificaba ante periodistas de todo el mundo, que se encontraban impactados por su historia.

La novela describiría todo lo que el padre siente mientras se aproxima al lugar donde está el preso, en este intervalo contaría pasajes del padre y su hijo: el nacimiento, regaños, cuando le enseñó a manejar, vacaciones y otra selección de momentos atesorados en un álbum. Leemos la descripción de las emotivas estampas familiares (en ese momento de la narración garantizamos que existe un reconocimiento entre autor y lector).

El padre se detiene en seco, el custodio que lo guía se sorprende y con un gesto lo invita a que siga caminando, pero lo que ese no sabe es que el hilo de los recuerdos de nuestro personaje lo ha llevado a la noche en que un comando policial con armas largas y los rostros cubiertos, sacó a su hijo de 23 años de su casa. El texto nos da cuenta de los gritos y el terror de una familia destrozada. Cuando el padre llega frente a la puerta, pasa en su flashback finalmente el encabezado en donde el preso al que visita aseguró que se encargaba de desaparecer los cadáveres de un narcotraficante.

Hacemos un corte, editorialmente aquí vemos una línea muerta y empieza el párrafo sin sangría, señal inequívoca de que hay una transición. El narrador omnisciente nos cuenta la vida del joven de Tijuana, estudiante de ingeniería, sonriente, trabajador, se extiende unos párrafos en hablar de su novia. Viene la descripción de los dos jóvenes viviendo su relación hasta el momento en que, en un bar local, un tipo molesta a la chica con palabras obscenas (ya tenemos los elementos del triángulo amoroso). El joven lo confronta, ¿quién no defendería a su novia? Lo que nuestro personaje de 23 años no sabe es que esa noche su vida daría un giro, porque el tercero en discordia es un narco, lo sabrá a los pocos días cuando el comando armado, disfrazado de policía, entre a su casa y lo saque a golpes.

Esta narconovela ya tiene elementos importantes: amor, poder y violencia. La joven es únicamente un personaje pivote, ya detonó la acción y se puede ir. Lo que sigue es quizá una que otra escena de ella sufriendo hasta que se va de Tijuana atormentada por haber sido quien desencadenara la historia.

Pienso que podemos poner un poco de referencias musicales, eso le gusta a las personas, otorga cierto énfasis a las acciones; incluso pueden pensar que en la edición sea incluida una lista de Spotify para que el lector descargue las canciones en el orden que se mencionan; la editorial lo hace porque cree que el texto tiene potencial para ser una película.

Siguiente capítulo, regresamos al padre que se va a reunir con el preso, han pasado varios años, ha buscado a su hijo. Volvemos a hacer una retrospectiva; el padre al principio de la desaparición es un hombre deprimido que bebe y espera a que las autoridades investiguen. Pequeña reflexión de la podredumbre: se da cuenta que la autoridad no hace nada, no es un asunto de capacidad, sino de voluntad. Ese capítulo será indignante, los lectores se sentirán ofendidos por tanta mediocridad. Pero el respiro de la tensión llega cuando el padre comienza a investigar por su lado, a reconstruir cada hecho, a escuchar cada rumor; deja su depresión. Toma por mano propia la investigación, sale a preguntar, reconstruye el expediente; entonces comienzan a suceder cosas sorprendentes: tocan a la puerta de su casa y dejan sobres llenos de expedientes resaltados en amarillo neón, lo llaman a su celular desde números no registrados y le dicen que vaya a tal lugar a buscar a su hijo.

Empieza el desprestigio, como visibiliza la incapacidad del Estado, lo hostigan con rumores, dicen que si se llevaron a su hijo fue porque algo hizo (aquí la acción se enriquece con todos esos años de tensiones, el padre mismo comienza a sufrir amenazas).

A continuación, vamos a describir al padre en su búsqueda, regresó a ese lugar donde los perros de la fiscalía olfatearon por horas sin detectar cuerpo humano alguno. Pero nuestro personaje se encuentra en ese lugar baldío, sería bueno que lloviera, le imprime dramatismo: la imagen es un hombre arrodillado en la tierra, iluminado por los faros de su auto, el rostro sucio, mojado, llorando y gritando de impotencia. Un rayo parte el cielo y él encuentra dientes humanos. Este capítulo cavila sobre los cuerpos sin rostro, podemos ser filosóficos y meditar sobre la desaparición, en cómo se reduce un ser humano en astillas.

Se hace un corte, línea muerta y párrafo sin sangría.

Termina el capítulo cuando el padre está en el pasillo de la cárcel mexicana, a unos cuantos pasos de ver a un preso por quien ya no siente nada porque, con todos estos años, la vida se ha ido de su cuerpo, no puede odiar más.

Hasta aquí, creo, la novela es una historia que podría vender bastantes ejemplares, amén si diseñan una portada con una foto desgarradora, le ponen una tinta especial metálica, un barniz UV a registro y el departamento de mercadotecnia toma frases del texto para hacer algunas postales electrónicas (‘¿Qué harías para encontrar a tu hijo?’, hay que pelotear la idea, pero es bueno que el lector se sienta interpelado). Mejor aún, que firme esta obra una mujer, podremos acrecentar la cuota de género del mercado editorial. Entonces, puede ser que se tengan retornos de inversión en poco tiempo, se reflexione blandamente sobre la violencia y la situación del país, la culpa del Estado y los abusos del gobierno. La autora cumplirá su agenda de prensa y aquí tenemos un éxito comercial, a ella la comenzarán a invitar para presentar su libro y hablar sobre la historia, fiestas privadas, eventos culturales, selfies, ferias del libro, comidas, más selfies, la promesa de un segundo libro. Bien hecho.

La fórmula no se cuestiona mientras venda.

La narcoliteratura, como moda editorial, me parece tan cuestionable como hoy en día lo es el uso de carteras de abrigos de mink, el consumo de la biznaga o la muerte de las tortugas. Antes nadie cuestionaba que la sociedad matara animales o consumiera tales plantas, pero ahora, mientras estén condenados a desaparecer del ecosistema, es necesario no solo dejar de hacerlo, debe cuestionarse a quien porte o se alimente con esas especies y se modifican leyes para regular y castigar tal situación. Las modas se vuelven hacia nosotros. Si la escritura se hace por cumplir con una moda, inevitablemente también se volverá contra su autor. La literatura por sí misma juega el papel de la ley, ante ella las obras mediocres no pueden sobrevivir. Ante ella, el mero juego mercantil es una amenaza que debe de vencerse.

La historia que acabo de contar en realidad podría ser una crónica (también está de moda), pensaba que podría empezar así: “600 dólares a la semana parece justo cuando lo que debes hacer es un trabajo como cualquier otro, solo hay que ir a la ferretería más cercana y comprar un poco de sosa cáustica, llenar un tambo de metal lo suficientemente grande para que el cuerpo completo de un hombre robusto quepa. Tras 24 horas en ese recipiente, solo quedarán los dientes y un líquido viscoso, restos que fácilmente pueden enterrase en cualquier parte de una casa. El Chango cumplía eficientemente con su labor; gracias a los más de 300 cuerpos que desapareció, ganó un nuevo mote: El Pozolero. La prensa mundial se llenó con las fotos del hombre que había testificado sus horrores con una frialdad estremecedora. El público horrorizado y a la vez maravillado veía el reportaje. Fernando Ocegueda apagó el televisor por miedo de que uno de los cuerpos que se encontraran en las fosas clandestinas fuera su hijo”.

Quisiera haber escrito narcoliteratura y que la historia de Fernando Ocegueda fuera únicamente una anécdota que construí basándome en las notas del periódico y viendo programas de Discovery. Me hubiera gustado que esa historia fuera una novela que alguna editorial hubiera publicado o una crónica. Pero la realidad es que forma parte de mi trabajo del último año; trabajo con defensores de derechos humanos que están en riesgo de muerte. Y no son individuos temerarios que desafían a la muerte o asisten a bares sórdidos, que tengan pasiones vergonzosas o le deban dinero a un narcomenudista, en realidad la historia de muchos de ellos son tan absurdas como que una mañana se fueron a trabajar, cruzaron la calle, estaban en un bar con los amigos, incluso puede ser que les tocó un fuego cruzado en la calle. La vida de esas personas está vuelta de revés, un hecho cotidiano les muestra una nueva dimensión.

Momento de explorar un lugar común: la realidad supera la ficción.

En favor de la narcoliteratura: vive en la mente del lector por un buen tiempo, ya que en lo cotidiano, si sigue en sus redes algún medio periodístico medianamente confiable, una nota terrible sustituye a la anterior. Al menos, muchas personas si leen una novela recuerdan por más tiempo la historia. La banalización de la violencia es lo terrible.

Es verdad, no todo lo que se escribe sobre el narco es narcoliteratura, de la misma manera en que no todo lo que escribe una mujer es literatura de género. Existen autores que respetan la literatura y también ven de frente la realidad. Hay algunos otros que se suscriben a las etiquetas que garantizan un contrato por varios miles de libros: el trabajo de la fórmula, con dosis medidas de acciones, sentimientos, conflicto, encuentros, desenlaces, fin. No por tratar un hecho que tenga al narco como un tema recurrente significa que necesariamente deba tener esa etiqueta. El arte siempre ha sido una herramienta para dar cuenta del mundo, para explicar la sinrazón de la realidad, no supera la ficción. Simplemente la realidad no se preocupa por ser verosímil; sucede sorprende, confronta, la ficción es acaso una manera en cómo intentamos hacer menos insoportable la vida misma. Es como si con la escaleta pudiéramos hacer más tolerable la realidad aplastante que nos amenaza. Fernando Ocegueda no busca explicarse nada como persona, no cuestiona los motivos, no quiere exaltar heroísmos y mucho menos inspirar grandes reflexiones, él hace lo que cualquier padre haría si su hijo desaparece: buscarlo, aferrarse a tener al menos un cuerpo (¿para enterrarlo, para llorarle al símbolo, para morirse en paz?). No se lo pregunta y si algún reportero desliza ese tema en la entrevista, él simplemente dice que no sabe, que no dirá qué hará porque tal vez no lo haga.

Encontrarme con una mesa de novedades rebosantes de historias inmersas en la violencia, dinero, excesos, corridos, intrigas, corrupción, balas, sexo, poder, sentimientos superlativos (el amor quizá, o mejor dicho, el odio, ese que Vonnegut afirmó es la vitamina que realmente mueve a los seres humanos), es igual que ver una tienda que vende abrigos de mink. Vemos narcos como en otro momento veíamos dinosaurios, zombis o vampiros bucólicos. Si tuviera que definir narcoliteratura, sería tan simple como moda editorial con exponentes dispares que pueden caer en la mediocridad. Pero enfatizo, no todo lo que habla de narcos es narcoliteratura, creo que la diferencia radica desde dónde se escribe, ¿desde la literatura o el contrato?
Si la narcoliteratura fuera en verdad literatura, un buen exponente sería Kafka. Es verdad que no hay fuego cruzado, ni corridos de fondo, mucho menos tequila y mujeres exuberantes que muestran sus silicones al más grande jefe de la mafia. Es cierto, no existen lujos, ni camionetas con potentes motores aterrorizando a los pobladores de alguna ciudad, principalmente del norte. No hay líneas de cocaína sobre la mesa o animales exóticos que pasean por el jardín, hombres con cuernos de chivo y adolescentes que conducen motonetas. Pero existe algo que no estoy segura si el día de hoy retratan las novelas de ese género: el terror de saber que una pena se cumplirá y no se puede hacer nada. Josef K sabía desde el principio que estaba luchando una guerra perdida y, sin embargo, siguió adelante, finalmente terminó muerto como un perro. Kafka no necesitó leer el terror de la violencia de un país para entender que el dolor del ser humano se encuentra en la imposibilidad de salir airoso de una situación francamente ridícula.

Escribir la violencia es una tarea perdida, se ha convertido en un tema inabarcable, igual que la muerte, de quien solo nos quedan conjeturas y fábulas.

Todo aquello que surge de manera ilegítima con un mero deseo de vender me parece que trae consigo su fecha de caducidad escrita. Si la narcoliteratura se volvió una moda, esperemos a ver qué libros pueden quedarse como básicos y cuáles simplemente toman el lugar de una camisa china que luce bien unos meses y después es mejor tirarla. La literatura no tiene prisa.

Fernando es, después de todo, un mal personaje: no quiere ser un héroe. “Voy a enterrar a mi hijo y quizá suene egoísta, después de eso pienso que seguiría en la asociación, pero no lo sé”. Un buen personaje, vendedor, se volvería un mártir. Fernando es una persona que vive una narcorealidad. Insisto, la literatura no tiene prisa, cuando los autores puedan elaborar sobre la realidad, inevitablemente esta ya nos habrá superado.

Esta artículo completa puede consultarse en la página de este diario www.elindependientedehidalgo.com.mx

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.