“Soy tan bonita, soy muy hermosa, graciosa y alegre. Me siento encantadora, hermosa, que me parece un sueño. Fíjate en esa chica tan hermosa en el espejo. ¿Quién será? Esa bonita cara, ese bonito vestido, esa bonita sonrisa… soy yo. Me apetece correr y bailar y todo porque ese chico maravilloso dijo que me ama.”
María, la ingenua y hermosa María, que entona esta canción en la historia de Romeo y Julieta del siglo XX, en esa linda película llamada Amor sin Barreras, filmada en 1961. La protagonista es Natalie Wood, una de las actrices más emotivas, sensibles y tiernas del cine hollywoodense. Ella nació el 20 de julio de 1938 y murió en un absurdo accidente, resbaló de su yate una noche en noviembre de 1981.
Por supuesto, me encantó cuando la vi cantando “Soy bonita”, su vestido amarillo, sus pasos de baile, su cándida mirada. Ella cantando con Tony mientras se juraban amor eterno. Ella dando fuerza a su alma cuando debe cantar el adiós a su adorado amor. Desde entonces memoricé el nombre de esa actriz que empezó a actuar desde niña y que por su gran calidad histriónica participó en películas ahora ya consideradas clásicos del mejor cine del mundo.
Fue así como en 1955 participó en Rebelde sin causa, a lado de James Dean, donde representó a Judy, esa jovencita que escapó de casa desencantada de la vida. La escena donde con sonrisa maliciosa da la señal de salida en esa carrera de autos clandestina y peligrosa, pero que da al ganador la popularidad de la soledad acompañada de un honor efímero. Ella y su imagen en la primera escena, ese vestido rojo, esos labios rojos, ese dolor de ser calificado por su propio padre como una cualquiera y ese certeza: “Mi padre me odia”. Pero ella sabe amar, por eso puede vivir un romance con el personaje que interpreta Dean y lo mira embelesada mientras duerme y con ternura total acaricia su cabello. Insegura e ilusionada dice: “Ya quiero a alguien. Toda la vida he estado esperando a una persona que me quisiera y ahora soy yo quien quiere, qué sencillo es querer. ¿Por qué es tan sencillo ahora?”.
Pero la película con la que me conquistó por siempre es Esplendor en la hierba (1961), su pareja en el filme es Warren Beatty. Ella es Dennie enamorda profundamente de su novio, deseosa de amarlo más, con pasión y sensualidad, pero la sociedad, las buenas conciencias y la familia la reprimen, una chica buena como ella no hace ni piensa ni siente esas cosas. En verdad enloquecerá cuando pierde al amor de su vida. Se refugiará en una terapia profunda donde poco a poco se va a reconstruir a sí misma. Lloro y lloro con la escena final, la imposibilidad del amor que dura para siempre. Ese día en clase que debe leer la frase literaria que atisba su propio sentir, su voz entrecortada, que temblorosa lee en voz alta: “Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolverme las horas de esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, pues siempre, la belleza subsiste en el recuerdo”.
Natalie Wood, un verdadero homenaje recuperarla a través de sus películas.

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