“Lo que me asombra es este lugar congénito donde nace una duda. Un lugar innombrado y en cierta manera fuera de lo conocido, aunque no sea más que lo vivido o, por mejor decir, la existencia misma de un caracol sumergido en aceite hirviendo”.

El pensamiento de K la estremeció. Lo habría escrito en alguna noche de insomnio, de las que tantas tenía él últimamente, noches en las que la angustia era lo único que le quedaba ante la inocuidad de su propio ser.

M no creía en el asombro de K ante una duda, por naciente que esa fuera. Tampoco creía en el embrión congénito de la existencia de un caracol, su marido, sumergido en aceite hirviendo. Lo conocía demasiado bien para saber que aquello no era más que otra de sus poses de trashumante sin rumbo.

Lo vio pasar por el pasillo que conducía a su estudio. Quiso llamarlo, pero su voz se negó a salir, quizá porque no había razones o palabras qué decirle ni miradas qué ofrecerle. Se contuvo con una mano a medio alzar señalando el retrato de bodas que mostraba una imagen amarilla de ellos.

Ya no eran los mismos, por supuesto, y le resultaban extrañas aquellas sonrisas amplias de felicidad y aquel fulgor de ojos hechos del mismo material de los sueños. La mano bajó para señalar el suelo en el que sus pasos chirriaban al resbalar.

“Les había encontrado la vida tras varios años jugando al escondite con ella”. Leyó en un libro antes de hacer una pausa. Su pensamiento quedó callado por un instante, ajeno a cualquier sonido que no fuera el del enjambre de sus sentimientos.

K seguiría urdiendo palabras huecas en el blanco del ordenador, y ella ¿qué urdiría?, asombros, quizá. Pero el de los asombros y las palabras altisonantes, todas vulgarmente enlazadas en excusas, era él; no ella, más acomodada a la realidad de los sucesos que negaban los sueños.

M se abalanzó hacia el estudio con las palabras y las imágenes rodeándola, persiguiendo sus pisadas en la arena de los sueños que negaba. Sus gritos quedaron en el aire como otra de tantas premoniciones oscuras.

Se paró en el umbral y lo vio tan desolado frente a una pantalla vacía que se espantó. En silencio se dio vuelta y se fue a la cocina para preparase un té de hierba buena. Luego salió a la calle que la recibió con una llovizna en la cara.

Al regresar lo encontró como lo había dejado: en la soledad de una creación sin rumbo, negándose a renunciar y admitir su derrota, más viejo y desamparado que nunca. M se le acercó para salvarlo, pero se tropezó con su propio naufragio.

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