Navidad en corto, en corte, en cortes… y mutilaciones

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Alejandro Sandoval

Por la conmemoración de la Natividad blanca, los abetos de tronco trunco bañan la nieve del rojo vital

Ni política ni correcta, la cinta corta Treevenge, del canadiense Jason Ei­sener, quien hizo los honores a sus mentores R Rodríguez y Q Tarantino con un tráiler falso para Grindhouse (Estados Uni­dos, 2007), está aquí, en las evocaciones te­máticas por las fiestas de diciembre para quedar mal con el mundo.

Ni los seguidores del Grinch o la banca­da incapaz de unirse al sistema de comen­sales de romeritos en Nochebuena mostra­ron una vía más transgresora al mensaje de amor, paz y cohesión familiar. La iniciativa llegó ni siquiera de la crítica clásica capitalis­ta, los árboles de Navidad en Canadá entra­ron en una especie de despertar radicalizado de consciencias.

Con las mismas vísceras con que los fran­ceses ejecutaron a Luis XVI y María Anto­nieta, los abetos frondosos reventaron fu­riosos de la saña de los hombres que usaron sierras, serruchos y hachas para arrebatarles de su entorno blanco.

Desconcertados, fueron arrastrados a puntos de venta, donde son designados a guetos de humillación, maquillados al punto de la ridiculez, atiborrados de objetos brillo­sos e instalaciones eléctricas, atentado tinti­neante contra su naturaleza.

Cuando la representación opresora de una estrella de Belén brilla en sus crestas, es mo­mento de vengar el honor sin reticencias ni prejuicios estéticos.

Imagine toda la carga de cintas con tradi­ción gore: Machete y Machete Kills, el pa­quete de Sin City, Grindhouese, Saw, Hostal, Holocausto caníbal, Posesión infernal, La matanza en Texas o el título de tu preferencia bajo este margen, útil para mutilar el espíritu de la Navidad.

Jason Eisener administra sus recursos de manera gradual; el cortometraje se introdu­ce con cortes de cortes comunes y necesa­rios para una temporada de calidez inver­nal; el tono se hace patente en la violencia de esos cortes, en el arrastre y la transportación para satisfacer la demanda de una escenogra­fía anual.

El armónico ejercicio familiar para de­corar el abeto de buen aroma dejó de ver­se igual; cada luz, cada esfera colocada, cada listón anclado a una rama resplande­ce con el mismo impacto de la tortura; las sonrisas se tornan en carcajadas diabó­licas; el sueño hecho decoración se con­vierte en pesadilla.

Entonces viene el sello del género con el que Treevenge fue inscrita; el canadiense re­trocede un par de pasos para encarrerarse en el exceso de sangre artificial, un montón de miembros separados de su integrado; ojos atravesados por la finura punzante de las bro­zas del pino y hasta un neonato masacrado en el día del nacimiento del Dios niño.

Sea o no partidario de esta bonita fecha, vea por 16 minutos Treevenge

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@lejandroGALINDO

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