Cada 24 de diciembre mucha gente acostumbra a renovar su fe, convirtiéndo esta celebración en el reencuentro con sus sueños y esperanzas. Esto para nada es criticable, por el contrario, creemos que al igual que el Día de Muertos, son las fechas que más fortalecen y dan sentido a la Familia Mexicana. Ambas celebraciones juegan un papel central en el “habitus” que configura “lo mexicano”, porque proporcionan identidad a un pueblo y le dan visibilidad frente al mundo.

La familia mexicana, no la moralina ni la conservadora, es sin dudarlo una institución cultural donde nuestra sociedad tiene las respuestas para superar muchos de los males que padecemos, como la crisis de valores, de seguridad y la pobreza estructural con la que ha lucrado y pervivido una clase política rapaz, que lo mismo ha inyectado agua en terapias de quimioterapia o ha desviado recursos para combatir el hambre y enriquecerse a manos llenas.

Por ello, reencauzar la familia y reeducarnos muro adentro es la ruta más eficaz para afianzar valores y reconstruir la cultura de la legalidad que hemos perdido, y que son necesarios para implementar cualquier política pública que quiera realmente erradicar el delito y la corrupción.

La mayoría de los hogares mexicanos recrean las celebraciones navideñas como una conjugación de sabores de la rica gastronomía con la que nuestro país cuenta y es, a su vez, una fiesta que nos recuerda que estamos vivos y que nadie en este mundo debería de ser excluido del privilegio de comer y saborear los platillos decembrinos a lado de lo más importante que tenemos: la familia.

Sin embargo, para desfortuna de muchos esta no será una celebración y mucho menos la estarán pasando bien. Para los nadie, para el México de abajo, para los excluidos del presupuesto y de las oportunidades, este día será uno más que pesa y que duele por la falta de empleo, por la anegación a la salud por no ser derechohabientes, por estar dentro de la estadística de los rechazados de la educación pública y a la condena permanente de vivir en la informalidad y reiterarles otro año que están de más en el mundo; porque parece que todavía están en pausa los parabienes de la alternancia política.

Los nadie, los sin tierra, los sin salud, los sin comida, los sin justicia, los migrantes, los separados de sus familias, los secuestrados, los índigenas e indigentes… los olvidados, pasarán una Navidad sin saborear el pan que sabe mejor acompañado. Y, por cierto, todavía nos faltan 43 en la mesa de las familias de los normalistas desaparecidos y esperamos que no pase una celebración más sin saber dónde se
encuentran.

Entonces, que vengan muchas navidades para celebrar, pero que la de 2018 nos haga reflexionar sobre la finitud de la vida y la necesidad de compartir y sumar a nuestras mesas al que no tiene oportunidad de hacerlo por sus propios medios. Compartir es un gesto que nos vuelve a reencontrar con nuestra condición humana y permite hacer la vida más ligera. ¡Enseñemos a nuestros hijos el valor de compartir con los que menos tienen!

Por ello, invitamos desde esta trinchera editorial a la clase política y económica a que sus buenos deseos y buenas voluntades no se queden en el discurso y que acompañen a los nadie en su dolor y en sus angustias, que la solidaridad sea un gesto permanente y no solo en tiempos de cosecha electoral o de la necesidad de contratar fuerza de trabajo barata.

Felices fiestas decembrinas a los lectores de esta columna titulada “Geopolítica de las resistencias”; estamos ciertos de que los problemas contemporáneos son grandes, pero lo es más nuestra empeñosa necedad de creer que otro México es posible, con la fuerza de nuestros sueños y con la conciencia-tinta de nuestra pluma.

Feliz Navidad y feliz 2019, que el año que viene sea pleno de luchas por el amor a la vida, de muchas búsquedas y de encuentros que nos ayuden a tejer nuestras utopías, esas que nos permiten avanzar en el horizonte.

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