Llega la última quincena del año gregoriano y con ella las calles repletas de luces, hombres de níveas barbas prófugos del programa Chécate, mídete, muévete; six-packs de venadillos voladores (uno de ellos con un serio problema de radioactividad nasal) e hipnotizantes escaparates de reliquias y objetos que “no sé lo que sea, pero debo comprarlo o me muero”, citando a Raymond Douglas Bradbury.
Y son los contenidos de estos mágicos aparadores lo que viene a colación (por dura que sea) para extenderle recomendaciones bíblicas que pueden competir ante la tremenda mercadotecnia juguetera. Ya sé, ya sé, ¿cómo puede un pedazo de árbol con grafías impresas rivalizar ante una autopista plástica en miniatura o dardos de hule espuma impulsados eólicamente?
Es posible con el ejemplar adecuado, y aunque sea un tanto problemático cumplir el aclamado “¡que lo estrene, que se lo ponga!”, el libro cuenta con la plusvalía de la innecesaria adquisición de baterías que ¡ah!, cuantos regalos sin estrenar instantáneamente han dejado.
Pásele a leer las siguientes sugerencias que le harán otorgar el regalo literario idóneo y despreocúpese si al momento en que es desenvuelto su obsequio no es vitoreado cual costumbre: la ropa, los perfumes, los juguetes y el calzado tienden a desgastarse, las buenas lecturas duran toda la vida.
Momo. Imperdible entre los imperdibles, infalible entre los infalibles, “la vieja confiable” cuando hay dudas sobre qué libro obsequiar, sin importar la ocasión o festividad; el clásico de Michael Ende se toma su tiempo para perdurar en estanterías en cualquier época del año, esperando con paciencia cualquier excusa, sea buena o mala, para ser regalado a usted o a alguien más.
Frankenstein o el moderno Prometeo. Tiempo de esperanza, tiempo de paz, tiempo de nuevas oportunidades… May Shelley permanece vigente con su obra donde muestra los más intricados laberintos emocionales de la humanidad, como luchar con/contra ellos para aceptarlos y/o vencerlos. Da amor estas fechas y, con énfasis especial, da perdón a los demás y a ti mismo, sin importar de cuántas personas esté hecho.
Hyperion. La cúspide de la space opera, el paroxismo de la ciencia ficción, el regalo perfecto para Navidad: empiece su viaje por esta magistral obra mientras cabalga con valquirias contemplando un atardecer alienígena… y su vida jamás será la misma, o la de quien vaya a obsequiar esta obra de Dan Simmons. Ideal para aquellos que celebran al dios nórdico Frey durante este solsticio invernal: en la novela citada también hace su magistral aparición el Yggdrasil, aunque no tanto para ser adornado con luces titilantes y esferas (dudo que haya esferas de ese tamaño en este plano astral).
Persona normal. Un giro inesperado en esta lista cortesía de la obra de Benito Taibo: conmovedora, reflexiva, tierna, inteligente y, lo mejor, no es de superación personal. Apropiadísimo y con elevadas probabilidades de contagiar el gusto por la lectura.
Neil Gaiman. Época de magia y de nuevos ciclos, época en que puede dejar de engordar un poco el bolsillo de JK Rowling y mirar la literatura fantástica del señor Gaiman; cualquier obra (sí, cualquiera) es magnífica de obsequiar, o de leer ya entrado, y son tan fantásticas que no es necesario envoltorio alguno.
Le puedo asegurar que de seguir las invitaciones anteriores le harán, sino dar un obsequio tan esperado, por lo menos pasar unas natividades memorables. Tome el riesgo y opte por alguna recomendación anterior, los árboles con foquitos y esferas son bonitos y familiares, y también los que se convierten en libros, aunque estos son más difíciles que se desechen en algunos meses.

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