No hay economía que se desarrolle sin hacer del conocimiento, la ciencia y la tecnología su principal motor, siempre y cuando se transfieran tecnologías y conocimientos a la estructura productiva del país, fundamentalmente a las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes).

La investigación y el desarrollo, así como la innovación (I+D+i), son elementos fundamentales para que las empresas incrementen su productividad y competitividad, lo cual es resultado de la capacidad y velocidad de aprender para innovar.

México solo destina el 0.5 por ciento del producto interno bruto (PIB) a I+D, por lo que es difícil que su estructura productiva, sobre todo de las Mipymes, logre una inserción competitiva en los mercados.

Según el Índice Global de Innovación 2018, que publica la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), México ocupa la posición 56 de 126 países; en las economías más avanzadas, el 60 por ciento de la inversión en I+D la aportan los empresarios y en México es lo inverso, puesto que el gobierno federal es el que aporta ese porcentaje.

Siendo el sector público el principal aportante en materia de I+D, resulta preocupante que el presupuesto para el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para 2019, según el Diario Oficial de la Federación (DOF) del 28 de diciembre de 2018, fuera de un poco más de 24 mil 764 millones de pesos, cuando en el año pasado llegó a 26 mil 925 millones de pesos, lo que denota que el desarrollo tecnológico no está considerado como uno de los motores fundamentales de la economía para este año; aunque cabe señalar que esa situación cambiará en los próximos años dado que, en voz de la presidenta de la comisión de ciencia y tecnología de la Cámara de Diputados Marivel Solís, se llegará al uno por ciento del PIB para I+D, lo cual sería un gran avance, aunque no la panacea, dado que las naciones más competitivas destinan entre el 3 y 5 por ciento de su PIB.

Una política pública de ciencia y tecnología no solo son recursos presupuestales públicos y privados, las naciones tecnológicamente desarrolladas y económicamente competitivas empezaron su desarrollo tecnológico sin contar con los recursos financieros suficientes, como Dinamarca, Suiza, Finlandia y China, entre otros; el soporte básico fue la educación, la generación y adopción de nuevos conocimientos.

Llama la atención que hoy a la ciencia y la tecnología se les identifique con los problemas específicos de las comunidades y grupos marginados, como lo expresó Marivel Solís en una entrevista que dio a Radio Universidad de la Autónoma de Hidalgo, lo que denota un cambio radical hacia una ética en la política pública en ciencia y tecnología.

Las tecnologías que plantean menos problemas éticos son aquellas que operan a escala humana, dice Dyson Freeman, pero las que carecen de ética son las que hacen más ricos a los accionistas y más pobres a los trabajadores, y tienden a profundizar las desigualdades en la distribución de la riqueza generada por la sociedad en su conjunto, es así como lo ha venido haciendo el modelo neoliberal.

La tecnología del siglo XIX y de la mitad del siglo XX estuvo orientada a generar beneficios a la sociedad en su conjunto, como la luz eléctrica, el teléfono, los antibióticos, las vitaminas, las vacunas, tecnología que hacía más fácil la vida a todos, contribuyendo a acortar la distancia entre ricos y pobres.

Desde la segunda parte del siglo XX, la tecnología se ha orientado a la creación de armas de alto poder y a mercantilizar productos de alto precio inalcanzables para la base de la pirámide social, es decir, para los más pobres; es una tecnología para el mercado antes que para la sociedad.

Los sensores biométricos y muchos medicamentos solo son para la población de más alto poder adquisitivo, lo peor es que entre más se desarrolla la tecnología, menos privacidad y menos libertad tenemos; hoy los seres humanos somos hackeables.

Desarrollar una sociedad más justa y equitativa exige un proyecto político en proporción directa a la fusión de las tecnologías del siglo XXI, ¿estará contemplado en la 4T? Solo sé que tenemos que hacer más humana la tecnología, sí, una política de ciencia y tecnología con ética. ¿No lo cree usted?

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