En otra época, antes de la invención del Internet, la idea de un espacio virtual plagado de información, de contenidos que en otro momento se creyeron exclusivos de la producción de lo real, no solo era un mito, sino producto de las fantasías más febriles, incapaces de siquiera pensar que tal cosa fuese posible. Estamos hablando de la década de 1980.
Durante esas fechas comenzó una de las tendencias más extravagantes y pesimistas de las que se tenga memoria. Combinación de los temores postapocalípticos, una cobertura masiva del universo digital en el contexto cotidiano, así como las subsecuentes adaptaciones socioculturales a la diversidad informática, espontáneamente se presentó el cyberpunk.
Combinación de ciencia ficción con la cultura punk, así como la filosofía de un cambio impostergable en el que la tecnología no era inteligencia artificial consciente de sí misma, sino la mezcla arbitraria de la inteligencia ampliada y sus efectos en los espacios de información, William Gibson dio forma a una de las manifestaciones culturales más importantes de que se tenga memoria en muchos años.
A partir de Neuromante (Neuromancer, 1984), la literatura de ciencia ficción cambió de tal forma que no hubo manera de decir que algo parecido se había creado por la mano de ningún escritor. Primera novela que sería sucedida por Mona Lisa acelerada y Conde Cero, se constituyeron en las primicias de una cultura todavía por aparecer con el world wide web, pero que una vez publicadas, mucho de lo descrito por Gibson en ellas perfiló el cierre del siglo XX y lo que va del XXI.
Decenas de películas y novelas retomaron lo hecho por Gibson y a partir de su creación el sentimiento de ingobernabilidad, de caos, de un mundo en constante cambio se apoderaron del sentimiento de inferioridad que derivó en el incremento irracional de la información, hasta alcanzar el rango de otro ecosistema de la realidad, en condiciones puramente abstractas e intangibles, pero del todo participantes del mundo material.
La trilogía sprawl, o descoyuntada, narra a diferentes personajes que, de una forma u otra, son un grupo de hackers quienes han llegado al punto de incorporar la tecnología a su cuerpo hasta volverse cyborgs moderados, sin cambios extensos que alteren la morfología de su cuerpo, pero sí han llegado hasta el extremo de ver modificadas sus funciones neurológicas y del sistema nervioso, en la medida que sus cuerpos son capaces de servir de interfaz para acceder a torrentes de información con los dispositivos diseñados para ello.
En un tipo de carrera contra el tiempo y la permanente vigencia, se trata de adictos a la información que trafican, alteran, compiten y protagonizan el submundo de la tecnología, mientras en la sociedad se brindan pequeñas felicidades a cuenta de los grandes consorcios, que comercian los descubrimientos, además del verdadero costo que determina la existencia del mercado negro.
Fascinantes y visionarias a rabiar, las novelas y cuentos de Gibson predijeron gran parte de lo que en la actualidad se vive como lo ordinario, no obstante, nunca en la vida del hombre las culturas se habían expuesto a sí mismas al grado de artificialidad que cuando se leía a Gibson durante los primeros años de su éxito editorial que, si bien se sentían extravagantes y ajenos, hoy día es poco lo que se queda todavía en el tintero de una realidad a punto de verse cumplida.
De aquel entonces, Billy Idol trabajó una versión de la novela de Gibson en un estilo pop con aspiraciones de punk, en el que se asomaron precisamente las características de un estilo cyberpunk normalizado, estandarizado de forma tal que su resultado, en lugar de provocador y revolucionario como el del libro, podía sentirse muy bien como una extensión de la industrialización que protagonizaban las novelas de Gibson.
Siquiera por la ingenuidad, el cantante asumió que el mero intento de acceder a una variante de su producción inspirada en un trabajo literario que serviría para confirmar su capacidad como creador, pero equivocó la ruta cuando durante la presentación del álbum asumió la prensa a cargo de cubrir el lanzamiento de un disco, quizás el más ambicioso de la época, en realidad debía confrontar la necesidad de que el músico se encontraba muy por debajo del resultado final.

 

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