Ayer las mujeres tomaron las calles de todo el país. Su grito se escuchó fuerte. Las consignas, si bien distintas, coinciden en una cosa: la violencia en su contra debe detenerse. Los feminicidios, la violencia institucional, la sexual, las desaparecidas, la desigualdad laboral, el derecho a la interrupción del embarazo. Tales son sus demandas frente a un Estado que parece no escucharlas. Sus exigencias fluyeron a través de letreros, pintas, gritos, representaciones. También hubo manifestaciones violentas, mujeres que pintaron monumentos, que rompieron vidrios, puertas, con el argumento de que vale más su vida que algunos inmuebles públicos dañados. Tienen razón, escandaliza más una puerta destrozada que una desaparecida, que una mujer encobijada que aparece al pie de una carretera. Hay quienes ven en esta ola feminista el principio de un cambio profundo en la civilización occidental. Un escalón más en la lucha de las mujeres por alcanzar derechos que a estas alturas del siglo XXI todavía les son negados. Y aunque exista una ley que supuestamente garantiza una vida libre de violencia para ellas, en los hechos, la terca realidad se impone. Todos los días somos testigos de nuevos feminicidios, de nuevas desaparecidas, del aumento en el número de violaciones: el sistema de justicia no funciona. Así que, unos cuantos monumentos pintarrajeados, algunas puertas destrozadas y quizá cientos de vidrios rotos no se comparan con el daño que sufren ellas. Hoy, las calles son de ellas, como ocurrió ayer en Pachuca, y las ocuparán hasta que no haya “ni una más, ni una más, ni una asesinada más”. De filón. Esta semana comenzará con dificultades para nuestra economía. Ayer el dólar estadunidense se disparó frente al peso mexicano y llegó a cotizarse hasta en 21.60 pesos. Esa devaluación se debe a que Arabia Saudita no alcanzó un acuerdo con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) e inició una guerra de precios, la cual ejercerá una fuerte presión contra nuestra ya de por sí debilitada economía nacional

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