Niñez

2528

Guadalupe García Acosta*

La infancia tendría que ser ese lugar seguro al cual acudir cuando ser adulto se vuelve complicado; cuando la rutina te aplasta implacable sobre las sienes y el Sol tremebundo nos obliga a despertar cada mañana.

Debería ser ese abrazo que te hace sentir a salvo, en medio de la tempestad de fracasos a
los ojos del mundo. Esos que juzgan sin palabras y son los más inquisidores.

Las palabras que te devuelven el ánimo, en el día más gris del año.

Las risas que te emocionan desde muy adentro, te dibujan una media Luna en el rostro y que perdurará días enteros.

Tendría que ser ese refugio cuando todo lo demás ha fallado y aún quieres escapar de esta carne con huesos que te enferma.

Ojalá todos tuviéramos ese paraíso mental, ese útero místico de paz que nos guiará en la reflexión. Como guiándonos a una nueva vida, un reencuentro con un ser celestial y humano como el nacimiento mismo.

Desearía que todos podamos ir allí sin miedo o tristeza. Sin escondernos bajo camas polvorientas que no dejan respirar; tras cortinas oscuras, velos que no queremos despejar o puertas roídas de angustia que en definitiva no deseamos abrir.

Que sea el paraíso al que quieres ir y no el purgatorio del que quieres escapar.
Luchemos que por los que vienen delante sí tengan esa posibilidad. Seamos el adulto que rebuscábamos con consternación original.

El recuerdo de la sana niñez parece ser el tesoro más anhelado de la vida adulta.

*Comunicóloga de profesión, madre por elección y escritora de corazón.

Comentarios