No apaguen la radio

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Julio Romano/Ciudad de México.-

“Eso que no parece jazz por ningún lado deben ser los checos”, dice alguien en los jardines del Centro Nacional de las Artes, debajo de las islas que en el amplio césped forman las sombras de los ramajes de los árboles. El Sol en pleno, la una y media de la tarde apenas rebasada, y ante un público, no tan numeroso, quizá por un calor que no es bien recibido por todos los espíritus, las voces y los violonchelos de Dorota Barová y Andrea Konstankiewiczová se extienden como un manto, como una ola, sobre toda la superficie verde y las cabezas que se concentran en las islas de sombra. Detrás de las músicas una pantalla gigante amplifica detalles de sus manos, sus rostros, sus expresiones, de sus instrumentos, y lo mismo hacen con sus voces, su música y sus suspiros las bocinas a sus costados.

El dúo Tara Fuki de la República Checa abría la sesión sabatina del Festival EuroJazz 2018, y aunque eso que se escuchaba no era lo que el mundo está, quizá, malacostumbrado a entender como jazz, era una música que tampoco encajaba demasiado en otras categorías más tradicionales

El dúo Tara Fuki de la República Checa abría la sesión sabatina del Festival EuroJazz 2018, y aunque eso que se escuchaba no era lo que el mundo está, quizá, malacostumbrado a entender como jazz, era una música que tampoco encajaba demasiado en otras categorías más tradicionales. Los chelos revelaban la formación clásica de las intérpretes y compositoras, claro, y aunque en algún momento quizá Bach y Boccherini y Dvořák y Shostakovich brotaron de esas cuerdas, ahora su intención era distinta. Era mostrarse ellas mismas a través de esos doppelgänger que son sus instrumentos, que les permiten volver transmisible la vorágine que llevan dentro. Ambas hacen la música de sus piezas, y de las letras son responsables Dorota Barová y el poeta polaco Krzysztof Kamil Baczyński (1921-1944); para quien no conoce las lenguas eslavas quizá las palabras serán siempre un enigma indescifrable, pero la música también comunica, y uno puede intuir, salvo por un par de piezas alegres –si no olvidamos que la serenidad es una forma de la alegría–, una cierta desolación contemplativa en el todo que es la canción, la suma de la música y la palabra, un resignarse a algo que no va a ser nunca recuperado, a no entender de qué se tratan los bosques y los océanos que nos sofocan.

Entre pieza y pieza, la checa Barová y la polaca Konstankiewiczová intentaban, con su inglés duro, una pequeña explicación de sus piezas, “Now we will play a song we love very much”, y con un muy amable y breve español intentaron involucrar al público en su música, “Will you cantare with us? You don’t have to learn any new language”, para que coreara, como con las canciones más celebradas del rock, el estribillo sin palabras de su tema “Sens”. Apenas unas cuantas voces hicieron segunda, quizá porque la atmósfera se prestaba más para la quietud que para otra cosa, no por falta de interés del público, que ante la inminente despedida del dúo no pudo sino solicitar un encore, y al pie del escenario la fila para fotografías, firmas y adquisición de discos lo comprobaba.

Más extendidas las sombras de la tarde, el escenario recibió a Tuomo & Markus Group, conjunto liderado por los finlandeses Tuomo Prättälä y Markus Nordenstreng, un jazzista y un Minnesänger que se conocieron en Tucson, Arizona. Sobre la alfombra verde apenas había lugar para el público que llegaba una vez iniciada la actuación del grupo que, en principio, sonaba más a country que a otra cosa, idea que reforzaban los sombreros de los músicos.

Instalado el sopor vespertino, a esa hora en que la tarde es más pesada, y prolongado por una voz y una armónica más bien desganadas que ocuparon papeles nada menores en las primeras canciones del grupo, el jazz se abrió paso entre el caos guiado por la trompeta de Verneri Pohjola. Sus notas altas y prolongadas se elevaron como un haz de luz que partía la tarde que poco a poco iba desapareciendo y se negaba, como el jazz, como toda música, a morir. Entre la audiencia reinó el silencio y al cabo de un tercio de piezas en las que no hubo intervención vocal (ni de la armónica), las canciones volvieron: pero no eran como las primeras, sino que ahora hibridaban todo lo que podía tenerse a la mano y de repente era otra vez country bajo el ritmo de la batería de Juho Viljanen, pero también jazz y algo parecido a KT Tunstall o Belle & Sebastian que en realidad eran Jere Ijäs y Kimmo Antikainen, y música mexicana, que Jacob Valenzuela y Miikka McGyver Paatelainen conocen tan bien, y de repente palabras al público para intentar explicar un poco la historia del grupo o de las canciones, y mitad de todo eso nos informan que en Finlandia y Noruega, por ejemplo, una era está desapareciendo, una era a la que la música le debe mucho, y entonces Tuomo & Markus cantan “Don’t shut down your radio”, que las voces no se desvanezcan, que la música no desaparezca y devenga solo recuerdo, que la estática no lo absorba todo, no apaguen la radio, no apaguen su radio.

La tarde acabó con la nostalgia con la que acaban todas las tardes, pero algo más faltaba. La gente ya se levantaba del césped ya todo sombra cuando a Tuomo & Markus, faltaba más, también le pidieron encore. Un par de acordes y, sí, “Beautiful boy” de John Lennon parecía llevarse los últimos restos de luz esa tarde, que se dispersaban lentamente, como la audiencia, a otros destinos, al “Réquiem” de Verdi o a obras de teatro como Poética: la poesía de un antipoeta o Palabras para mirar al cielo, y todo parece reunirse, como al principio, bajo la sombra, del jazz o alguna otra, porque el jazz y la música y el Sol y la tarde también son un poco un réquiem y la antipoesía según Nicanor Parra y también nos sirven para, siempre, mirar al menos
un poco al cielo.

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