VICTORIA RAMÍREZ MARTÍNEZ
Pachuca

En 2011, las autoridades de la ciudad de Pereira, en Colombia, reportaron la muerte de una menor de 13 años y se apresuraron a lanzar la hipótesis de que dicho crimen se había perpetrado por razones “pasionales”, algunos dirían “por amor”. Lo cierto es que en los crímenes que acostumbran denominar “de pasión” habría que ir mucho más allá, con el propósito de establecer la verdad y entender que la pasión nada tiene que ver aquí y, en la mayoría de los casos, son en realidad feminicidios.
Ese acto se define como el homicidio de una mujer por razones de género. El reto de los jueces, en México, Colombia y muchas partes del mundo, es cuando atienden esa hipótesis para establecer los móviles, señalar a los responsables y determinar la reparación de daños de las víctimas, pues se trata de determinar si detrás de ese crimen subyace un profundo desprecio por la mujer producto de un cuerpo de costumbres e imaginarios aprendidos durante milenios que le indican al agresor que es de su propiedad, que su vida le pertenece y que, por ende, tiene derecho de arrebatársela.
Decir que el homicidio de una mujer, sobre todo en el caso de una joven de 13 años, es un crimen pasional, le resta gravedad al delito y lo reduce a un asunto de bagatela; casi con desprecio, algunos lo nombran como un “lío de faldas”, lo que además podría restarle importancia a los ojos del investigador y de la sociedad, quienes posiblemente no pondrán interés en encontrar al criminal dado que no es un delito relacionado con el crimen organizado u otros considerados de mayor jerarquía.
Pero, cuando un policía, un juez o un fiscal investigan el homicidio de una mujer y se ubican en la hipótesis del feminicidio, están en la orilla de la salvaguarda de los derechos humanos, de la condena de la violencia basada en género más extrema y del acatamiento a las convenciones internacionales que los países han suscrito para combatir todas las formas de violencia contra la mujer.
En el caso de Pereira, un investigador juicioso tendría que estar atento a que el delito de homicidio, muchísimo más grave, no encubra, por ejemplo, el de abuso sexual, puesto que dada la edad de la víctima, en el supuesto de que haya habido una relación sexual con su victimario, se presume como no consentida y se tipifica como abuso sexual; se tendría que establecer si, además, no hubo maltrato físico y psicológico previo al homicidio, etcétera. Es decir, indagar en todas aquellas violaciones a los derechos que sufrió la adolescente y aplicar todo el rigor de la ley para castigar al responsable.
Pero cuando una autoridad o los propios medios de comunicación salen precipitadamente a declarar que una mujer fue víctima de un crimen pasional, está sacrificando la verdad y la justicia, contribuye a violar nuevamente los derechos de las víctimas, se convierte en un agente violador de sus derechos, refuerza las condiciones de discriminación contra las mujeres y el sistema de género, pero lo más grave: lanza el mensaje de que esos crímenes pueden seguirse cometiendo.

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