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En la terraza nos encontrábamos 20 personas, no nos conocíamos, los anfitriones organizaron una fiesta para agradecer al universo nuestra vida tras el terremoto. Un sacerdote azteca-yogui soplaba caracoles a los cuatro puntos cardinales al tiempo que hacía posturas de yoga y cantaba en náhuatl.
Reconocí a algunos, los saludamos de lejos. Antes del incidente los ubicaba por sus coches, uno blanco que se estacionaba en mi lugar, el negro que se quedaba con las ventanillas abajo, la camioneta de lujo que lavaba obsesivamente el cuidador del edificio, el compacto con estampas infantiles pegadas y un auto viejo decorado según la temporada.
Los anfitriones eran los dueños del pent house (PH), un matrimonio joven, sin hijos. Desde hace años se rumoró que ellos remodelaban su casa de manera ilegal (pisos de mármol, pesadísimas tinas de latón en cada uno de sus cuatro baños, jardín con árboles frutales). La gente tiende a fantasear. Los hechos simples: camioneta de lujo, tenían el espacio total de edificio para ellos mientras el resto de nosotros éramos dos apartamentos por piso, ella se hacía cirugías en la cara, él tenía aficiones costosas, lo recuerdo una tarde que coincidimos en el elevador y él intentaba meter un kayak, y sí, era frecuente que se escuchara trabajo de construcción en su piso.
Tras el incidente, en el periódico se insinuó que el edificio se había colapsado por el peso del PH. Las vecinas comenzaron a acosarlos las primeras noches que hacíamos guardia en la calle contemplando con ojos idiotas las labores de rescate, aplaudíamos si lograban encontrar a alguien con vida y llorábamos juntos cuando salía algún muerto. Las mujeres la atacaron primero a ella, le dijeron asesina, como si en su mano se encontrara el poder de la desgracia. Esos días contemplamos el montículo de fierros y cemento con rescatistas en la cúspide. En total encontraron a 10 personas muertas y rescataron a cinco vivos, el más conmovedor fue el cuidador quien, tras pasar tres días bajo los escombros, apareció en un triángulo de la vida, engarrotado hasta el punto de cuestionarse si estaba muerto o no, gritaba para hablar con otros, cantaba para aplacar el hambre.
Los del PH estaban de vacaciones, yo tampoco soy un sobreviviente, en ese momento mi esposa y yo trabajábamos y, al llegar por la noche, encontramos nuestra casa vuelta escombros. Acepté venir porque mi esposa insistió, la mujer de la nariz operada le llamó casi a diario. Cuando llegamos aquí, al lado del azteca-yogui se encontraba un periodista tomando nota. Nos entregaron unas palomas para liberarlas con un mensaje de paz y amor dedicado al universo. En ese momento me di cuenta que más de la mitad de los asistentes eran extraños, ellos hacían la función de coro: repetían palabras, levantaban las manos y congelaban la pose teatralmente cuando hablaba una de las mujeres, la dueña del auto compacto decorado, una de las que había permanecido entre los escombros, gritó la palabra “renacer”. Los demás se tomaron de las manos alrededor de ella, por un rato, ignoraron incluso mi palabra profunda (entereza) y la de mi esposa (fuerza). En ese momento el periodista se acercó a ella, le preguntó: “¿qué sientes de ser la voz de todos los sobrevivientes?”. Ella se volvió con los ojos perdidos y una sonrisa misteriosa apenas entornada: “en mis conferencias les digo que la vida nos da una segunda oportunidad para crear un cambio, ellos me han insistido que sea yo quien entregue este mensaje al mundo entero para que entiendan lo que nos tocó vivir”.
Un fotógrafo apareció para registrar sus movimientos (manos unidas como si elevara una oración, el azteca-yogui tomándole la cabeza y diciendo palabras en náhuatl, mientras la decena de desconocidos coreaban palabras y elevaban incienso). Estábamos presenciando una suerte de bautizo y validación.
El periodista continuó: “¿Cómo le diste fuerza a los demás?”
La sobreviviente: “le pedí al universo un mensaje, por eso canté y les di paz”.
Era falso, quien había cantado era el señor de la limpieza, quien había hablado de paz era su esposa, que no resistió hasta que llegaron a ella los rescatistas. Todo lo que esa mujer decía era falso, estaba creando una historia descarada frente a nosotros.
¿Acaso sobrevivir no es parte de lo que cualquiera haría si se encontrara en una situación extrema?, el cuerpo humano tiende a luchar por la vida, es nuestra configuración, rendirse en una situación de ese tipo sería casi pensar que alguien, voluntariamente, comiera tierra para ahogarse, pero todos, de alguna forma, se aferran a seguir. Los otros sobrevivientes se quedaron en silencio, al fondo, mientras ella no era más que una oportunista, un limosnero de la India que voluntariamente se amputaba un miembro para seguir recibiendo caridad; era una voceadora que repetía los capitulares de la catástrofe para vender periódicos. Entonces lo entendí, que nosotros estuviéramos presentes, solo significaba que la aceptábamos como la voz.
La mujer regordeta de lentes que sobrevivió a la catástrofe dijo finalmente: “Le pido a la gente que me siga en mis redes sociales, búsquenme como AlboradaMx, para que tengan los mensajes que compartiré a diario, para que comenten mi nueva columna en el periódico y puedan acudir a mis conferencias”.
La busqué en redes y vi a una mujer anodina, que ahora comenzaba a ser una especie de guía espiritual del renacimiento, palabras comunes, frases huecas de otros, fotos de supuesta elevación y, de fondo, menciones a un negocio de vacaciones terapéuticas en donde se practicaban deportes al aire libre para sanar tu alma, estaba ahí la foto de un kayak guiado por el azteca-yogui. Cientos de preguntas e interacciones, entonces entendí que estábamos ante la inauguración oficial de un nuevo modelo de negocio: la desgracia como inversión.

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