La prescripción, esa figura jurídica que opera a través del transcurso del tiempo para borrar obligaciones y conductas delictivas –o adquirir derechos–, se ha convertido en el sursum corda o en el Magníficat de la ultraderecha para consolidar ventajas, dado que las agresiones provienen de las clases en el poder.

La prescripción del derecho privado casi siempre favorece al que ejerce la agresión o a quien espera paciente el paso del tiempo para adquirir. Pero en derecho constitucional, en normativa pública, cuando se habla de delitos internacionales de lesa humanidad o cuando los delitos han sido cometidos contra el interés superior de la nación, la prescripción deja de ser tan benevolente.

En estos casos, desde que Justiniano la recopiló en el Corpus iuris civilis de la antigüedad clásica, la famosa prescripción pasa por las horcas caudinas de la aplicación de la justicia. El derecho romano, del que descendemos, jamás consideró que el paso del tiempo pudiera atentar contra los derechos colectivos, la paz pública o los fundamentos de la civilización.

Y entre nosotros, la prescripción siempre ha sido invocada en favor de la ventaja económica o social. Es una figura recurrente del huizache para borrar la memoria, para consolidar los atentados, para fijar como adquiridas las condiciones de la supremacía social. Ha entrado en el ADN de la desigualdad.

Vigente, la convención sobre imprescriptibilidad de crímenes de guerra

La gente que puede, a través de sus poderdantes y paniaguados, casi siempre abusa del concepto, porque está tan arraigado en el fenómeno de la impunidad y de la inmunidad que casi se ha vuelto un concepto irrebatible, cuando las personas perjudicadas no tienen los elementos para impugnarla en aras del bien mayor.

Cuando se trata de proteger los derechos de los pueblos, la convención internacional sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, que está en vigor desde el 11 de noviembre de 1970, impide que el solo paso del tiempo opere contra el objetivo superior del bien público, entre otras muchas consideraciones de doctrina jurídica que se han emitido a lo largo de la historia de la humanidad.

Y dentro de esta consideración entra el famoso derecho de conquista. Ha llegado a ejemplificarse, por ejemplo, que los terrenos perdidos por México durante las invasiones norteamericanas, pueden recuperarse a través del derecho internacional, sin que nadie haya puesto objeción. Porque se trató de actos salvajes que jamás pueden encontrar cobijo en cualquier legislación.

Los asuntos de memoria histórica, aquellos que agravian los derechos de franjas enteras de población, así como los derechos de los pueblos originarios al mínimo de civilización, se encuentran cobijados por estas disposiciones que todavía no tienen la suficiente difusión para ser asumidas como tales.

En estos asuntos hay que hacer caso omiso de la prescripción del derecho privado

Pero para la ultraderecha esto solo son sueños guajiros, porque –sabe usted– es más cómodo recurrir al olvido, a la amnesia ficticia cuando se trata de meter el seso, cuando se trata de ver peligrar comodidades internas o internacionales que solo benefician al agresor. Es demasiado difícil enfrentarse a la ley desnuda.

Dura lex, sed lex, sí, así como suena. Y contra este principio no cabe el transcurso del tiempo, a menos que la inacción se haya debido a un deliberado propósito de renunciar al ejercicio del derecho para defenderlo. Pero para la ultraderecha, el paso del tiempo opera como un Magníficat de “cosa juzgada”.

Si esto se aplicara así, sin las consideraciones históricas, sociológicas y sociales, sería una sinrazón. Sería tanto como considerar que en México jamás hubiera sido posible la expropiación petrolera, porque atentaba contra los derechos adquiridos de las compañías extranjeras el solo hecho de pensar en recuperar los bienes del subsuelo que la Constitución…

Desde 20 años antes había consagrado como derechos esenciales de la nación sobre los mismos. Hacer caso omiso de la prescripción del derecho privado y proteger los intereses superiores de la nación fue el argumento que sustentó ante todos los pueblos del mundo el ejercicio fundamental del gobierno mexicano en defensa del patrimonio colectivo.

Con la prescripción por delante, eso hubiera sido más que imposible. Haciendo a un lado esas consideraciones del derecho privado, la expropiación fue una realidad, por el simple hecho de que los mexicanos jamás perdieron los derechos fundamentales sobre el subsuelo y los hidrocarburos subyacentes.

Y lo mismo hubiera impedido la legislación constitucional sobre los derechos humanos, sobre el rescate de las culturas indígenas ancestrales, sobre la condición igualitaria de la mujer y el reconocimiento de la diversidad sexual, entre otras cosas que hoy son del dominio público y forman parte de la agenda de libertades.

El tiempo es insignificante cuando se trata de recuperar la memoria histórica

Parece que el mundo quiere recuperar la memoria histórica. Su fundamento constitucional de vida. Coincidentemente, esto pasa hoy, cuando se da cuenta de que ya no depende de una sola voluntad, de un solo designio, como hasta hace algunas décadas que todos debían pedir permiso al clan Rockefeller para intentar las reclamaciones y las demandas. Así como suena.

La voz de las mayorías es finalmente la que se encuentra detrás de las innovaciones. Siempre ha sucedido así, aunque jamás nos hayamos dado cuenta o no queramos hacerlo. Siempre hay un sustento de toda evolución, siempre hay un rumbo.

Aunque la ultraderecha pegue el grito en el cielo, jamás podrá acallar las reclamaciones que el gobierno conservador canadiense hace frente al papa Francisco para que pida perdón por los agravios cometidos contra la población indígena de la excolonia británica y francesa.

Ha pasado demasiado tiempo, pero para el derecho, el tiempo es insignificante cuando se trata de la memoria histórica, del bien público o del reclamo de derechos originarios, como el mexicano.

Memoria histórica, también, para recuperar los agravios del pasado reciente

Cuando se reclaman las disculpas, se está exagerando en los buenos modales para hacerlo. Las disculpas nunca resarcen una condición agraviada, un derecho perdido. Pero tal parece que el mundo ha tomado conciencia de su condición y hoy prefiere optar por defender a las mayorías, más que a sus clanes favorecidos de siempre.

La memoria histórica también tendrá que aplicarse para recuperar los agravios del pasado reciente. Es una simple cuestión de oportunidad. Pues el que puede lo más, puede lo menos. Ojalá podamos observar pronto lo que debe de venirse en términos del resarcimiento de todos los agravios que la corrupción ha causado a nuestro país.

La corrupción es el principal enemigo de la memoria histórica, porque ha fundamentado situaciones de hecho que en términos legislativos y constitucionales jamás han dejado de prescribir en favor de los indolentes. Debemos de acostumbrarnos al futuro.

Ya tocó nuestra puerta. Está entre nosotros la nueva argumentación, indispensable, sobre los derechos políticos. Hacia allá vamos. En buena hora.

¿No cree usted?

Índice Flamígero: Circula en redes sociales un fragmento del libro Brevísima relación de la destrucción de las indias del fraile sevillano Bartolomé de las Casas: “Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños ni viejos ni mujeres preñadas que no desbarrigaran e hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban a las criaturitas del pecho de sus madres y las lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos. A otros los amarraban con paja seca y los quemaban vivos. Y les clavaban una estaca en la boca para que no se oyeran los gritos. Para mantener a los perros amaestrados en matar, traían muchos indios en cadenas y los mordían y los destrozaban y tenían carnicería pública de carne humana… Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas ni oídas”. + + + Ahí mismo se hace un recuento de varios hechos que escapan a los críticos, españoles y mexicanos, de AMLO: nadie dijo nada cuando José María Aznar López pidió una disculpa al Estado islámico por haber ocupado a España por ocho siglos. Nadie comenta que: 1. Alemania ya pidió disculpas a los judíos por el holocausto. 2. Holanda por la matanza de indonesios. 3. Japón por las agresiones de su país en la segundo Guerra Mundial y a Corea del Sur por su ocupación colonial en 1910. 4. En 2015, España presentó disculpas a la comunidad sefardí expulsada en 1492. 5. En septiembre pasado, Emmanuel Macron disculpó a Francia por las atrocidades cometidas en Argelia. 6. En 2013, Reino Unido pidió perdón por lo que hizo en Kenia…”

Esta columna completa puede consultarse en la página de este diario www.elindependientedehidalgo.com.mx

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