“No sé si los hombres no pueden o no quieren realizar tareas simultáneas” fue la frase dicha en respuesta a la pregunta ¿cómo se sienten trabajando desde sus hogares? Fuimos varias mujeres que concurrimos vía web a la convocatoria para reflexionar sobre nuestras experiencias como trabajadoras académicas en época del Covid-19, pues desde el 23 de marzo del presente año, el trabajo docente, todo lo que conlleva, lo realizamos desde nuestra casa y con los recursos a nuestro alcance.

La presencia femenina en el mundo laboral remunerado es innegable, en el planeta, del total de hombres en edad de trabajar, el 76.1 por ciento era activo, en el caso de las mujeres, el 49.6 por ciento (ONU-Mujeres, 2015) es decir, de cada dos mujeres en el mundo con edad suficiente para trabajar de manera remunerada, la mitad de nosotras cumplimos con nuestra parte en la división sexual del trabajo y también con nuestra actividad laboral remunerada, esto ultimo lo enfatizo porque en el hogar, las labores domésticas y cuidados implican mucho trabajo y dedicación sin remuneración.

El trabajo femenino para la generación de riqueza en el mundo no es nuevo, lo que resulta novedoso es que cada vez las mujeres nos ocupamos de actividades con altos grados de especialización en ámbitos que en el pasado eran exclusivamente masculinos. Se reconoce a sectores económicos que suman varias décadas incorporando a mujeres en sus filas de trabajadores, ejemplo de ello es la industria textil, la enfermería y todas las actividades asumidas como la extensión de las labores domésticas, incluso la docencia entra en esa categoría.

Para corroborar lo anterior, basta atender las narraciones de las primeras etapas de la masificación de la educación escolar, donde las mujeres se integraron en el ejército docente cuya labor consolidó la educación pública mexicana.

En el presente siguen siendo las maestras quienes al frente del aula –mejor dicho, de la pantalla– tienen la tarea de enseñar a leer y escribir a los niños y niñas; en casa, las madres de los escolares asumen “naturalmente” el trabajo de acompañamiento y apoyo del aprendizaje.

El trabajo docente como ocupación femenina escaló en otros niveles educativos, hoy como sociedad estamos familiarizados con esa figura docente incluso en los niveles superiores y de posgrado. Esta presencia indica que las mujeres hemos alcanzado niveles mayores de escolaridad que nos califican para responsabilidades de mayor especialización.

El mayor número de mujeres en el mundo laboral remunerado, no es sinónimo de equidad, con la pandemia que nos recluye en casa, las líneas que dividen el tiempo y espacio laboral y doméstico se diluyó: limpieza de la casa, lavado de ropa, abastecimiento y preparación de alimentos, atención a los hijos, a las mascotas, etcétera, son actividades que reclaman la atención femenina al mismo tiempo que la realización de la docencia y entregas de trabajo en el ámbito universitario.

Las mujeres trabajadoras de las instituciones de educación superior, tenemos una escolaridad promedio por encima del tenido por la población en general; la formación profesional nos ha permitido tener un trabajo remunerado que no nos ha sustraído de relaciones desiguales por condición de género.

Lograr relaciones más equitativas entre hombres y mujeres, rebasa la voluntad femenina, porque el contexto conformado por hombres y mujeres que son esposos o hijos o hermanos o padres, también deben tener voluntad para construir la equidad.

La mejor forma de reproducir el machismo en las siguientes generaciones, es que las y los más jóvenes sean testigos de la explotación de las mujeres siendo amas de casa, al tiempo que cumplen con su teletrabajo. Una vez más los tiempos masculinos y femeninos de permanencia en casa, nos recuerdan las desigualdades de género porque mientras los hombres se concentran en su trabajo o en su descanso, siempre hay alguien que les resuelve del resto de la vida.

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