Guillermo Lizama Carrasco
Profesor investigador del área académica de ciencias políticas y administración pública

El pasado 25 de mayo, el mundo vio con estupor el abuso policial que causó la muerte de George Floyd en Minneapolis, Minnesota. Durante ocho minutos el agente de la Policía Derek Chauvin presionó con su rodilla el cuello de un ser humano que pedía piedad y misericordia al grito gutural de quien lucha por su vida: “no puedo respirar”.

Ese mismo día en Estados Unidos la indignación le ganó a la pandemia y cientos de miles de personas están protagonizando protestas y movilizaciones sociales que hacen resurgir problemas estructurales como es la desigualdad racial, social y económica que limita el ejercicio de las libertades y los derechos humanos. Pero también dan cuenta de una crisis política promovida por el propio presidente Trump con mensajes de odio y racismo, vinculados al viejo y agotado mito de la superioridad blanca, ampliamente arraigado en ciertos sectores conservadores de la sociedad estadunidense. En buena parte, este resurgimiento de las narrativas de odio es responsable de un aumento en la discriminación contra grupos hispanos, asiáticos y afrodescendientes.

Las protestas se han extendido por al menos 100 ciudades de la Unión Americana y la respuesta de la administración de Trump fue el despliegue de la Guardia Nacional y la declaratoria de toque de queda en diversas ciudades y estados, así como el uso de gases lacrimógenos, balines de goma y gas pimienta para enfrentar a los manifestantes. Una estrategia que seguramente aumentará la tensión, el descontento y las protestas. En donde, probablemente esta sea una de las manifestaciones políticas por motivos raciales más ampliamente extendidas y masivas desde el asesinato de Martin Luther King en 1968.

El asesinato de George Floyd se suma a la larga historia de discriminación, racismo, pobreza, exclusión y violencia que afecta a la población afrodescendiente en EU. Emblemáticos fueron los casos de Rodney King que en 1992 desencadenaron tres días de protestas en Los Ángeles que acabaron con 53 muertos, Trayvon Martin en 2012 que fue asesinado por un vigilante en Orlando, Eric Garner en 2014 quien fue estrangulado por un policía que lo acusó de vender cigarrillos en la calle en Nueva York, Michael Brown y Tamir Rice en 2014 quienes fueron asesinados a disparos por policías de Misuri y Cleveland, Walter Scott y Fredy Grey en 2015 muertos por agentes de Baltimore, Terence Crutcher asesinado por otro en Oklahoma en 2016 y George Floyd en 2020. Estos casos emblemáticos son la muestra más evidente de una violencia estructural sobre la sociedad, en donde el control de la misma se sustenta más en la represión y la violencia que en la integración y el ejercicio de los derechos.

Esta crisis política se da justo cuando Estados Unidos enfrenta el problema sanitario más grande de los últimos 100 años, tensiones crecientes en el ámbito comercial con China, recesión económica, aumento de la pobreza y tensiones raciales. Todo ello con miras a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. Quizá lo peor esté por venir.

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