Como hace dos semanas, me despiertan los gritos. Piden justicia, que el gobierno esclarezca el caso. Pero aquí no vive el gobierno, somos tres vecinos que solo pedimos dormir.
Hace días desapareció mi vecina, una mujer de 25 años; no mirarla era difícil, especialmente por su gusto de salir a correr en las diminutas prendas que solo le tapaban media nalga y esa pequeña blusa escotada que dejaba ver sus tetas. Buenos días. No la mires, es acoso, me repetía, aunque mis ojos insistieran en desviarse.
El ruido en el pasillo me avisaba su llegada, entonces ocupaba mi lugar tras la mirilla de la puerta para admirarla. Celebraba su costumbre de subir a la azotea por las tardes a tender su ropa. Algunas noches, debo confesar, yo mismo subí a contemplar esas prendas. Ahí estaba su ropa en un tendedero que trazaba una diagonal de los cilindros de gas al tinaco chaparro. Su ropa custodiada por unas improvisadas puertas de alambre que las protegían del viento o de mis manos deseosas.
Mi vecina trabajaba de actriz, aunque busqué en todos los canales algún programa donde saliera su cara, nunca la encontré. La vi de lejos una tarde que acudí al centro comercial, pero no estaba actuando, sino ofreciendo muestras de perfume. Desvió la mirada y siguió ofreciendo a mujeres los cartoncitos olorosos. Sentí pena de verla con los zapatos tan incómodos y la indiferencia de todas las personas que negaban con la cabeza cuando ella extendía la muestra.
Por las noches, sabía cuándo llegaba a casa por el clac, clac, clac de sus tacones. Quizá practicaba para soportar su trabajo en el centro comercial. A veces imaginaba que ella estaba aquí conmigo, con su ropa minúscula y sus zapatos de tacón. También sabía cuándo estaba acompañada —siempre del mismo hombre gordo, más gordo que yo—, porque invariablemente comenzaban las discusiones, acto seguido ella lanzaba objetos de vidrio. Me preguntaba cuántas vajillas compraba al mes. Después llanto. Ella lloraba como si quisiera que la escuchara. Él nunca alzó la voz. Ella gritaba. Al final, un sexo ruidoso, gemidos de ella, gritos de ella. Nuevamente, con solo cerrar los ojos, pensaba que estaba a mi lado.
Pero desapareció, así, un día no abrió su puerta, no usó sus zapatos, no dio muestras de perfume, simplemente no volvió. Primero llegó el gordo a tocar la puerta. Horas más tarde, sus amigas. Pero no abrió.
Cuando el portero usó la llave maestra, no estaba dentro. Dicen que, sobre la mesa, estaba un plato de fruta podrida.
No pasó mucho cuando llegó su madre. Morena, pequeñita con un acento costeño. No se parecía a ella. No tenía sus nalgas, ni sus tetas, ni el pelo rubio a media espalda. Pero sí el tono moreno, los ojos rasgados. Después llegó la diputada. Comenzaron los noticieros.
Las mujeres que exigen justicia se apoderaron de la calle. Su foto en todos los postes. La desconocí, no era ella. Vestida con una blusa blanca, sin maquillaje, el pelo color negro. Tan ordinaria. Y su nombre, su edad, su estatura en las hojas que contemplaba camino al trabajo.
Siguieron llegando mujeres. El segundo día, me fue difícil entrar a casa. El pasillo del edificio, de por sí estrecho, estaba repleto de flores. Y más fotos en donde ella no era ella.
Las mujeres que piden justicia no duermen.
Los únicos hombres que veo son los reporteros.
¿Usted la conocía?
No.
¿Usted escuchó algo extraño?
No.
Las mismas preguntas que respondí al policía que tocó a mi puerta. No hablé del hombre gordo. Dijo el portero que es empresario, que viaja en coches grandes. Pero no dijimos nada. Les hubiera contado de los pleitos. Pero no. No queremos preguntas. En los dos departamentos de abajo viven: de un lado el portero y, debajo de mi casa, el jubilado sordo. No queremos problemas.
A la segunda semana se fueron dispersando las mujeres que exigen justicia. Las flores se secaron, el portero las levantó hasta que estuvo seguro que no iban a volver.
Ahora veo a mi vecina en los noticieros, no solo esa foto desconocida, sino también la foto real, la que recuerdo, sus tetas redondas, grandes, perfectas para caber en mi mano, el pelo rubio, la boca pintada de rojo, su pantalón apretado, sus zapatos altos de tacón. Insisten que es trata, que un grupo delincuencial la atrapó para meterla en redes complejas de prostitución. La imagino bailando. Comercio sexual, dijeron otros, entonces cierro los ojos y pienso que muchas manos aprietan sus tetas como si fuera fruta en el mercado.
El sábado el portero estaba desesperado, dijo que no soportaba más las quejas de la madre de mi vecina.
Sigue pagando la renta, pero es muy difícil la señora.
Pues llámale al casero.
No es para tanto.
Pues no te quejes.
La que se queja es ella, que la presión del agua. Me dio hasta el lunes cuando regrese de su pueblo para que salga bien el agua de la regadera o le va a llamar al casero.
Uno se acostumbra a vivir como la vida vaya sucediendo. No me quejo de nada porque no quiero problemas. Las quejas de nada sirven. Los cambios no me afectan. Al jubilado sordo tampoco, al portero menos.
Y, ¿qué vas a hacer?
Pues subir a checar el tinaco. Pero mañana.
El domingo, sobre mi techo, escuché el estruendo, como si una bomba hubiera caído en mi cabeza. Subí tan rápido como pude a la azotea. Ahí estaba la ropa decolorada de mi vecina. El portero al lado, con la cara blanca y la tapa del tinaco hecha añicos en el piso.
No te preocupes, los accidentes suceden.
No contestó, me acerqué a él y pude percibir la podredumbre. Al asomarme al tinaco vi un caldo rojizo y flotando, sobre toda esa inmundicia, alcancé a ver dos plásticos redondeados, si los hubiera tocado sabría que eran del tamaño de mi mano. Pedazos de pelo sobresalían de un cráneo remojado.
No puedo evitar pensar que durante todos estos días me estuve bañando con ella, que ella me estuvo tocando. Somos gente que no agradece los problemas. Ahora tenemos que llamar a la Policía, todo eso será después de tomar un té de azares.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.