Viernes
Vi el bulto tirado en medio del camino de grava que conduce al área de juegos infantiles. No es extraño que el parque se vuelva tiradero de basura. En mis trotes matutinos he tenido que esquivar incluso muebles pero ese bulto era diferente, unos pasos más me permitieron distinguir que no se trataba de una bolsa negra sino de una cabra, lo supe por las pezuñas y la colita. Para ser más exacto, se trataba de un macho cabrío, con sus testículos colgando de ese cuerpo echado sobre su costado. El animal no tenía cabeza, curiosamente tampoco sangre, se trataba de un cuerpo hueco.
Ese día en la oficina conté la anécdota a la administradora:
—¿Cómo crees que en medio de la ciudad alguien quiera sacrificar una cabra? —me cuestionó con tono de suficiencia, ese que empleaba para comunicar las reducciones de los gastos de la empresa con estrategias tan creativas como cortar las servilletas de papel—. Además, hay cámaras, no pueden tirar una cabra sin que nadie los vea ni les diga nada.
—De verdad está ahí, muy cerca de donde juegan los niños.
—Ya no leas tus cuentos indigenistas —dijo la administradora y salió de la cocina masticando un chocolate que sacó del vitrolero.
—¿Eso qué tiene que ver? —alcancé a gritarle mientras bajaba las escaleras—. Además, no son cuentos de indígenas, se llama literatura mexicana —la gorda no contestó, vi su figura bofa perdiéndose al final de la escalera.
La mujer de limpieza siguió trapeando la cocina, se acercó a mí.
—Papá Babalú Ayé, es para él, para papá, la cabra, no te acerques, te va a dar el aire —se persignó y salió de la cocina sin darme la espalda.
Hoy volví a salir tarde, cuando llegué a casa, mi perro ya se había comido los cojines del sillón.
Sábado
Saqué al perro a caminar, ahí seguía el cabrío.
—Amarre a su perro, no se le vaya a cargar el mal —gritó un hombre que recogía basura a unos metros de mí.
—¿Por qué no lo quitan? —le pregunté.
—Si agarramos las porquerías nos enfermamos.
—¿Porquerías?
—Sí. Los negros. Primero pegaban en los árboles unos capullos de hilo rojo llenos de raíces, cabellos y quién sabe qué más. Un compañero desclavó uno… fue a parar tres días al hospital, casi no la cuenta. Luego de los capullos dejaban gallos negros, igual. Cada vez que alguien los toca algo le pasa. Dicen que primero arde la piel. Por eso nadie quiere recogerlos. En el parque nos obligan a limpiar y limpiamos pero no vamos a tocar a ese animal, tiene el mal.
—Oiga pero, ¿cuáles negros?
—Andan por todos lados aunque no los vea —dijo casi en un murmullo y después se persignó.
Domingo
Los boy scouts pegaron en un poste un papel: “Padres de familia, estamos por la estatua, en nuestra zona hay una cabra. Atentamente, la tropa”.
—¿Puede firmar la petición? —Tocó mi brazo un niño ojeroso.
—¿Para qué?
—Pues para que la quiten —me dijo señalando el cuerpo oscuro.
Se acercó el guía de la tropa, tenía más de 40 años y una barriga que colgaba sobre su pantalón corto. Nadie en este mundo debería usar borlas en las calcetas a cierta edad, pensé.
—¿Quién la va a recoger? —le pregunté al hombre.
—No sabemos, dice el área de limpieza del parque que le toca al departamento de limpias del municipio; el municipio dice que no, que es asunto del parque. Queremos buscar voluntarios.
—¿Y por qué no lo hacen ustedes?
—Porque es peligroso.
—Es una cabra, no es peligroso quitar una cabra muerta.
—Te puedes morir. Nuestra labor es cuidar de estos niños y evitar riesgos.
—¡Es una cabra muerta! No les va a pasar nada.
El niño ojeroso se persignó y salió corriendo.
Lunes
Decidí no salir a correr y saqué al perro frente al camellón de mi casa.
Después de la comida, la mujer de la limpieza me interceptó en la copiadora.
—Ya la vio mucho —me dijo al tiempo que pasaba frente a mi rostro un ojo de venado—, no la ande viendo, no respire cerca, ahí está el mal.
Sin darme ocasión de preguntar nada, se persignó y se fue.
Volví a salir tarde, tenemos que terminar los balances.
Martes
En la oficina, la señora de la limpieza colocó debajo de mi escritorio hierbas atadas con listones rojos.
—¿Y ahora esto qué? —me dijo la administradora al ver los amuletos.
—Nada.
—¿Ya le haces a los amarres?
—¿Eh? —me repugna su cara redonda y su olor a crema Nivea.
—Como sea, vengo a informarte que hubo un recorte de gastos, ya no vamos a tener café, azúcar ni té.
Jueves
Hay riesgos sanitarios, pensé. Alguien debe hacer algo. Fui a la ferretería por cal. Cubriré al animal hoy por la tarde. Tengo que terminar con este asunto. Estamos en pleno siglo XXI, ¡por Dios!
Quedé sorprendido. En el área contigua a los juegos para niños cercaron al animal con listones rojos. El cuerpo está rodeado de veladoras, debajo del árbol más grande pusieron una caja metálica en donde humea copal. Hay una cartulina colgada: “Usuario del parque, necesitamos juntar dinero para que el sanador espiritual desactive el hechizo, apóyanos”. Al lado había un galón de jugo lleno de dinero.
Volví a casa con la cal.
Viernes
Odio tener que cortar en dos las servilletas, maldita gorda, si tan solo dejara de tragar esos chocolates que son “prestaciones de la empresa”.
Mi escritorio está repleto de ojos de venado, ni siquiera sé el nombre de la señora de la limpieza.
Sábado
Soñé con el cabrío, me acompañaba en mi trote matutino como perro educado que sigue a su amo, de pronto comenzó a brincar errático, cuando quise ponerle la correa recordé que no tenía cabeza, entonces soltó una carrera y se desplomó muy cerca de los juegos infantiles en donde un grupo de enanos negros jugaban a lanzarse pelotas. Nunca he visto enanos negros, pensé cuando desperté.
Domingo
Compré una pala, me sorprendió que vendan tantas palas, elegí modelo “cajuelera con punta”.
Lunes
Debo renunciar. Llegué antes que todos para limpiar mi escritorio. No soporto más a la loca de la limpieza, a la gorda.
Cuando salí estaba aliviado, como si hubieran quitado de mi espalda un gran peso. Dejé en la jardinera del patio de la empresa el cuerpo de la cabra enterrado.
Mañana podré correr de nuevo, el médico me ha dicho que no debo malpasarme, que debo cuidar mi alimentación y correr por la mañana.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.