De prisa, corriendo, casi volando, tomando y jalando de la mano a su recua de pelones, pelados a rape; casquete pegado al hueso con un copetito dicho como a la americana o a la brush a la usanza militar de la gran Guerra Mundial. Agitada descendía del viejo cerro de la Santa Apolonia por la barranca del mismo nombre de los rumbos de la añeja veta de La Corteza, a grandes pasos que parecían apóstoles bíblicos sacudiendo polvo de sus guaraches de llanta, por la premura para llegar era común en veces ver “volar al aire” algún guarache que resignada a gatas volvía a tomar posesión de aquel tecatcli.
Ya en el histórico jardín Independencia arbolado de sombreadas bancas, con muchas coloridas flores, de un esencial verdor a la luz del día congregando bajo su calidez y sombra a todos los tipos de todas las gentes, de todos los oficios, de todas las vestiduras de la villa minera de Pachuca, ella limpiándose y untándose el sudor con la palma de la mano y con el raído chal con el que había descendido embozada, se aprestaba a pronunciar su fervorín de hechos y conocimientos abrevados de sus antiguos. Se detuvo pensativa, con la mirada en arrobo vagando quién sabe dónde, entre suspiros salidos desde las entrañas, frente al Reloj monumento del centenario, admirando el hermoso, artístico y noble quiosco pérgola Abundio Martínez “de las músicas” construido en 1944 de cetrina, cenicienta y dócil cantera del pueblo de Tezoantla del Mineral del Monte.
De repente, al ya conocer la anunciada demolición de esa valiosa pérgola en ese 1961, como poseída con los ojos en blanco, temblando como azogada que nada más le zangoloteaba la nagua, no se sabe si era a causa del viento o del entripado que la agobiaba, empezó a recitar la viejilla: “Así pasó su primer siglo (se refiere a la Real y Pontificia Universidad), ya dueña de amplio y noble edificio que nos hemos visto obligados a destruir para librarlo de la ruina, con el ánimo de restaurarlo en no lejano tiempo con su característico tipo arquitectónico y las elegancias artísticas de piedra y madera que lo decoraban y que nosotros, hemos guardado cuidadosamente.
“He ahí las escusas de la destrucción” sollozó, bajó la vista hacia su cuadrilla de pelones, limpiándose el moco y lágrimas a mano cruzada sentenció: “Esas son palabras pronunciadas por el culto hombre secretario de la importante cartera del Porfiriato” en la inauguración de la universidad bien criticadas por los diarios de la época que denunciaron tal salvajismo señalando en sus publicaciones que “la Real y Pontificia Universidad que mandó, con arrasamiento bárbaro el señor ministro de Educación Pública y Bellas Artes licenciado don Justo Sierra, a abatir por los suelos esa ilustre casa de estudios es un negro, sucio e indeble borrón que echó este grande hombre a su vida en el grandilocuente discurso que pronunció en el acto de inauguración de la Universidad Nacional durante las fiestas centenarias de 1910.
“Nunca se cumplió con la prometida restauración de la Pontificia”, gimoteó la acongojada abuela, levantando la vista ante el Reloj preguntó: “¿Qué pasará con tu acompañante, con ese nobilísimo quiosco que en unos días será demolido con todos sus recuerdos, sus tareas, ocupaciones y alegrías?” Ese pabellón resultó en un prominente montón de escombros, luego en un enorme vacío, lamentos y fotografías en el olvido, hasta que para tratar de recuperarlo la administración pública municipal por los años 1988 y 1989 construyó un quiosco que se tuvo que “desarmar” por recomendación de la autoridad que “protege” los monumentos históricos como se publicó en prensa el 7 de febrero de 1989: “El centro regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en Hidalgo, suspendió la obra de instalación del quiosco que el ayuntamiento lleva a cabo en la plaza Independencia, a un costado del Reloj monumental. José Vergara Vergara, director de la institución, mencionó que ‘resta visibilidad a las construcciones que están a su alrededor, el Reloj monumental y los edificios que alberga Bancomer y el hotel Grenfield”’, estigmatizando ese elemento en la plaza jardín histórica.
El año de 1991 es el origen del actual quiosco de cantera blanca de Tezoantla, único en su tipo en el país, esculpido elegantemente por el maestro tallador Urbano Martínez y equipo de escultores, labrado en el imponente estilo neoclásico armonizando en conjunto con el Reloj y la finca del Banco de Hidalgo. Es de ocho lados, con columnas del orden jónico clásico semejantes a las de la segunda planta del Reloj monumento con motivos de circunvoluciones que engalanan los ángulos del capitel en estilo arquitectónico del clásico helénico, de una altura de nueve diámetros rematada en la parte superior con volutas en los extremos, las columnas muestran estrías finamente labradas; acanaladuras o entrecalles, interrumpidas delicadamente por finos sunchos o cinturones, desplantadas en una basa cuadrada, las caras del pabellón lucen rematadas por un elemento del clásico griego conocido como frontón de tres ángulos rectos resaltando en el centro el delicado tímpano con hermosa decoración esculpida en bajo relieve semejante a la de los frontones del Reloj adornados con finos dentículos.
El cascabel al gato. El circo con todo y carpas como negocio continúa. ¡Pan no hay!, en la Huasteca ya prometió Fayad el Centro Ceremonial de las Huastecas, ¿para qué? De ahí siguió la brillante y gran idea de un centro de convenciones ¡que porque no teníamos! La última, el show de Universidad Digital, la población pregunta, ¿será la misma farsa de la Ciudad del Conocimiento, del “limitado conocimiento” del extinto Pacorro?

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