Javier NuÑo Morales

En el camino de salida del Sanatorio Español, una de esas noches en donde la gravedad del familiar visitado hacía que las esperanzas fueran ya muy pocas, en las que los mil veces transitados pasillos se convertían en pasadizos sórdidos e interminables, y en las que por no querer pensar en nada uno deambulaba atribulado por lo que se devenía inminente, toqué el botón del elevador.

Como tantas otras veces, este abriría sus puertas, vacío y dispuesto a llevarme al recibidor de la planta baja, en donde encontraría un espacio tan vacío que me haría interminable el recorrido hasta la entrada de urgencias, lo cual provocaría que ir hacia mi auto se volviera un atajo con el que tenía que toparme, como había hecho cada noche, con esa peculiar manera de enfrentar a la fragilidad de la vida que solo se vive en una sala de urgencias.

Pero esa noche fue distinta a otras, porque al abrirse la puerta del elevador no me encontré con la imaginada sordidez del amplio vestíbulo, sino con dos hombres que, enfundados en overoles grises, con trapeador y cubeta en mano, discutían inmersos en algo en lo que parecía írseles la vida, tal y como seguramente sucedía con algunos de los que esa misma noche pasaban sus últimas horas en el hospital –y en este mundo–. Caminando hacia donde los hombres proseguían en su vehemente diálogo, noté que uno de ellos, quizá alertado por el timbre del elevador, volteaba hacia mí y con la mano me llamaba, invitándome a unirme a la plática.

Me acerqué de manera mecánica, sin ánimo alguno de entablar esa plática ni ninguna otra. Entonces, me preguntó: “A ver, joven, díganos qué opina. ¿La medicina es para el dolor o para quien tiene el dolor?”

Al Sanatorio Español, sitio en el que nací, he regresado muchas veces para dar la bienvenida a los que llegan a una nueva existencia y despedir a quienes han sido llamados al gozo de otra vida. Pero jamás he podido dar respuesta a la cuestión planteada, como tampoco he logrado saber si fue primero el huevo o la gallina. Siempre que bajo por aquel elevador y este se abre en la planta baja, imagino a esos dos hombres ahí, con sus overoles grises, sus cubetas y sus trapeadores, todavía sin respuesta a su pregunta.

Semblanza

La misión primordial de este libro es la de eliminar los estigmas, estereotipos y “mala cara” que tiene la ciencia –en especial en este país–. La ciencia, así como el arte o la historia, para ser promovida correctamente tiene que ser platicadita con ejemplos prácticos y de importancia para la vida diaria. La ciencia por sí misma es atractiva y es, esencialmente, el mejor juego que tienen las personas jóvenes y los adultos, ya que esa misma curiosidad que tienen los niños se aplica siempre con las investigaciones y experimentos científicos. El propósito de la ciencia es el entendimiento de las cosas que nos ayudarán a persistir hasta que el cosmos lo permita.

En esta obra se explican los conceptos más emblemáticos de la geología, la biología, la física y la química, así como las relaciones entre ellas y también las aportaciones más importantes que hicieron grandes personajes de la ciencia, sin las cuales no podríamos explicar nuestra existencia ni la de nuestro entorno.

Aunque así usted lo crea

Mito: Las cosquillas nos causan gracia

Lo sabemos desde pequeños: cuando alguien nos hace cosquillas es inevitable que se nos escape una carcajada, a veces incluso un golpe involuntario –a menudo merecido– hacia la persona que, en su juego, en realidad nos causa un malestar.
Un estudio realizado en la Universidad de Tubinga, en Alemania, reveló que cuando escuchamos un chiste o nos hacen cosquillas, se activa la cisura de Rolando –una hendidura que se encuentra en la parte superior de nuestro cerebro–, la cual interpreta todo aquello que “nos causa risa”.

Por su parte, Sarah-Jayne Blakemore, investigadora del Instituto de Neurociencia Cognitiva del University College de Londres, asegura que, cuando alguien nos hace cosquillas, se activan dos zonas cerebrales: el córtex somatosensorial, que interpreta el tacto, y el córtex cingulado anterior, que procesa el placer; lo curioso es que no respondemos igual si intentamos hacernos cosquillas a nosotros mismos, que si alguien más lo hace.

En ese estudio se encontró que las cosquillas activan el hipotálamo, zona del cerebro que contiene nuestros instintos más básicos, como el de huir del peligro. Los científicos piensan que “la risa” es una manera de mostrar sumisión ante quien nos “somete”; “riendo”, el cuerpo pide que termine el “ataque”, pero en realidad, lo que sentimos es pánico.
Como dijo Francis Bacon: “las cosquillas son siempre dolorosas y no bien soportadas”, es decir, causan una respuesta de huida, aunque parezca de gracia.

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