Adriana Arias González**

Era de noche y yo trabajaba en la oficina. Creo que escribía un informe, pero algo me pasaba que no podía terminarlo. Sentía mis manos pesadas y me era difícil maniobrar el teclado. Escuché un ruido, levanté la mirada y noté que ya no estaba en el cubículo. Me paré del asiento y caminé. Noté que cargaba en la mano una pistola. Continué hasta llegar a un pasillo largo y angosto, con paredes y pisos de madera. Estaba lloviendo y las gotas se estrellaban en los vidrios. No podía distinguir si era de tarde o estaba a punto de amanecer. Al llegar al final del pasillo me encontré con él, mi jefe, parado frente a mí con una sonrisa burlona. Lo vi acercarse con paso lento.

Tenía entre sus manos uno de mis archivos. De repente, se detuvo. Sin más, el muy desgraciado rompió mi trabajo. Me dio tanto coraje, que pude ver cómo las venas de mis manos comenzaban a alterarse. Sin pensarlo levanté el arma a la altura de su cabeza. Él ni siquiera se inmutó y siguió caminando. Cuando estuvo a unos centímetros de mí le apunté a la frente. Apreté la empuñadura y jalé el gatillo. La bala dejó un pequeño orificio, la piel estaba chamuscada y la sangre corría por su rostro; ese reloj fino que siempre presumía se estrelló contra el piso. Justo cuando le iba a quitar el reloj comencé a escuchar tu voz y me desperté.

Elías le contó a Mayra su sueño, mientras sus pequeños lo escuchaban atentos. –Qué feos sueños tienes. No quiero que los niños te escuchen hablar así. –Solo es un sueño. Mira la cara que pones. ¿Qué, sentirías feo si le pasara algo al güey del Pedro? ¿A poco te gusta?–Si bien que me di cuenta cómo te veía en la fiesta de diciembre. –Es que no me gusta que… –Mejor me voy. Ya me echaste a perder la mañana. A Mayra no le gustaba que su esposo hablara de esas cosas cuando sus hijos estaban presentes, aunque fueran sueños.

En otras ocasiones, cuando Elías notaba el gesto inconforme de su mujer por sus relatos, la calmaba diciéndole que sería incapaz de hacer algo así. Ella se tranquilizaba, pues a pesar de todo, él nunca había dañado a alguien. Desde que lo conoció Elías fue amoroso con ella y, al nacer sus hijos, más.

Pero Mayra veía algunos detalles en él, como esa actitud sumisa de la que sus compañeros de trabajo se aprovechaban o el hecho de que se aislara y distrajera con cualquier cosa. Además, su esposo poseía un carácter voluble que a ella se le dificultaba manejar.

En el trabajo, Elías se esforzaba. Sin embargo, su jefe siempre encontraba un detalle para hacerlo quedar mal. Él era incapaz de defenderse ni siquiera de la mirada de desprecio de su jefe y, mucho menos, responder a la burla de sus compañeros; él simplemente callaba y regresaba a casa molesto, buscando cualquier excusa para discutir con Mayra y, así, desahogar su coraje. En esas ocasiones su esposa dormía en el sofá.

Con el transcurrir de los días, Elías cambió, se alteraba con mayor frecuencia. A veces su esposa lo descubría frotándose el rostro con desesperación; sudaba sin haber hecho algún esfuerzo o se daba puños en la cabeza. Cuando Mayra intentaba calmarlo, él la rechazaba. Los sueños de Elías se convirtieron en su refugio, allí podía desquitarse de su jefe y de aquellos que lo molestaban. Así desahogaba todas sus frustraciones y el coraje contenido. Una noche soñó que estaba en su cubículo, bebiendo una taza de café y observando al conserje limpiar cuidadosamente los vidrios. Era el quinto piso. El intendente se miraba concentrado en su labor.

En un descuido, Elías tiró el café sobre su escritorio. Se levantó de la silla y fue hasta donde se encontraba el intendente: un hombre de cabello canoso, uniforme beige y tenis gastados.

Le habló, pero el trabajador no contestó y siguió limpiando. Elías no soportó esa actitud. Entonces, se acercó un poco más, quedando justo detrás del hombre. Puso ambas manos sobre la espalda del conserje, quien esta vez solo lo miró de reojo. En ese momento, con todas sus fuerzas lo empujó. Pedazos de vidrio volaron al vacío junto con el anciano.

Elías se asomó y observó el cuerpo del trabajador tirado sobre la acera, sintió curiosidad de mirarlo de cerca. Bajó las escaleras y fue hasta donde se encontraba el cuerpo inerte, se inclinó y puso su mano sobre el rostro del conserje. La víctima estaba helada, su piel parecía de cartón y sus uñas habían adquirido un tono morado. Elías despertó.

Durante todo el día tuvo esa sensación de frío en la punta de los dedos, porque, aun cuando haya sido en sueños, él tocó un cadáver y eso le dejó una extraña satisfacción y le llevó a preguntarse si, en realidad, así se sentía tocar a un muerto. Los meses pasaron y a Elías cada vez le costaba mayor trabajo diferenciar la realidad de los sueños. Él cambió mucho más: a su esposa y a sus hijos les gritaba y les llamaba la atención constantemente.

A los niños los regañaba por cualquier motivo y, a escondidas de Mayra, los castigaba poniendo en la punta de sus dedos las pinzas para tender; le gustaba ver cómo cambiaba de color la piel hasta volverse casi blanca. Los niños, por miedo a su padre, no decían nada. Mayra se dio cuenta de que su esposo ya no era el mismo. En una ocasión, cuando lo encontró hablando solo y le preguntó qué le pasaba, él intentó golpearla.

El error de la mujer Adriana Arias González fue desconcentrarlo mientras imaginaba cómo sería su próximo sueño. La reacción violenta de su esposo la asustó. Una noche, Elías llegó furioso. El sueño se había hecho realidad: su jefe rompió frente a todos sus compañeros el informe que había hecho; lo dejó como el más estúpido de los empleados. Una y otra vez le dijo lo inútil que era y lo desagradable que le resultaba su presencia. Últimamente, Elías tenía aspecto descuidado y siempre estaba sudando; incluso había dejado de peinarse.

Mientras contaba a su mujer lo ocurrido, pequeñas gotas de saliva brotaban de su boca. Su voz temblaba. Mayra lo observaba en silencio, queriendo abrazarlo, pero no se atrevía a acercarse. Esa noche, Mayra durmió en la sala. Elías se encerró en su cuarto y apagó la luz. El silencio y la mirada de odio de su mujer lo hicieron sentir como un idiota. Al igual que lo hacía su jefe, su esposa también lo despreciaba. Siempre había sido así. Ella, gracias a su insistencia en trabajar, lo hacía quedar como un hombre incapaz de sostener su hogar. Pensaba en ello y sentía que su estómago se encogía de coraje.

En la oscuridad, Elías desnudó el colchón, pues los cobertores guardaban el perfume de ella. Después de un rato, sus párpados se cerraron. En su frente se dibujaron algunas arrugas y su rostro lució un gesto macabro en la oscuridad. Soñó. Mayra, al no poder dormir, se levantó. Caminó despacio, procurando no hacer ruido. Todo estaba tan calmado, que le pareció escuchar los latidos de su corazón. Abrió la puerta de la recámara y al entrar vio a Elías recostado, cuyo cuerpo estaba iluminado por la luz que pasaba por la ventana. Ella avanzó hacia la cama y se sentó junto a él. Mayra trataba de reconocer en ese hombre, que le parecía tan extraño, al esposo amoroso y atento que alguna vez tuvo. –Elías, ¿qué te pasó? ¿Cuándo cambiaste? murmuró Mayra, y le dio un beso en los labios. Él abrió los ojos y la tomó con suavidad por el cuello. La piel tersa de la mujer contrastaba con las manos rasposas de Elías. De repente, hubo un crujido. Después de un leve quejido, el cuerpo de la mujer se relajó. Elías se quedó junto al cuerpo tibio de su esposa, creyendo soñar.

*Publicado en Alapalabra. Revista estudiantil de creación literaria. Volumen cuatro, número siete. Julio-diciembre, 2017. Universal Central, Bogotá, Colombia.

**Tengo 37 años y soy mexicana, vivo en la Ciudad de México. Recientemente me titulé como licenciada en creación literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Como escritora me identifico con la literatura de HP Lovecraft, Edgar Allan Poe y Amparo Dávila. Escribo porque tengo la necesidad de mostrar a los demás esos mundos que viven dentro de mí y que anhelan ser conocidos. Escribo porque quiero dar voz a todos esos seres que viven en mí. Mi deseo es abrirme paso en el mundo de la literatura y que mi trabajo sea reconocido.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández,
Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio,
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Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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