Al regresar M y K de su viaje al norte se encontraban felices, casi diríamos que radiantes. Sus rostros más claros y visibles que nunca. Estaban emocionados por lo que habían visto y por el trato más que amable que habían recibido de los habitantes de aquellas tierras lejanas y maravillosas.
Había sido una experiencia inolvidable en el más amplio de los sentidos. Estaban emocionados, en un estado de exaltación que no era más que una calma reflexiva de nervios en tensión.
No hablaban, permanecían en un silencio delicioso de miradas llenas de entendimientos mutuos que hacían inútil cualquier palabra que saliera de sus labios. Por otra parte, durante el viaje se habían dicho todo lo que por años habían arrinconado en sus corazones, y eso había sido muy bueno para sus nuevos “yos” en relación.
Ahora en la mente de K estaba una cascada infinita que hacía olas verticales en su estruendo devenir de aguas bravas. La veía azul y llena de luz transparente que dejaba ver su sustento de piedra basáltica.
M, al contrario, tenía clavado el hielo en su mente. Una inmensidad blanca, sin mácula, que llegaba más allá del horizonte y seguían rumbo a lo inalcanzable. Le estremecía esa imagen que recordaba con alegría y temor.
El norte ya era diferente; no solo, como antes, la imagen de una brújula, de una señal en el mapa o un vacío que no dejaba paso más que a un agujero profundo y duro. Ahora, conformaba una sensación, una emoción, un devenir inmenso.
Los ojos de M se llenaron de recuerdo y lloraron. K la vio en su rincón. Se anudaba las manos y las giraba, se abrazaba toda emocionada, toda arrebujada en el lugar de la felicidad. Ahora era un ser sin necesidad de más.
Él, por su parte, devenía, formaba un otro desconocido que miraba un punto ciego en los ojos llorosos de M. Ese punto lo trasladaba a la cascada, interminable cascada de azules transparentes.
En ese estado de ánimo, que duró un tiempo impreciso y no importante, los encontró la noche y el amanecer. Una noche de Luna llena, clara. Un amanecer cárdeno de nubes rojizas que filtraban los rayos del Sol.
Unidos al norte de sus vidas, cómo nunca lo habían estado, seguían soñando, seguían amándose profundamente en las riberas del nuevo amanecer. El hielo blanco y las cascadas azules transparentes en los ojos.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.