Sí, sí, ya lo sé. Ni por equivocación se llegan a juntar noviembre y el verano –salvo en la Patagonia donde sí ocurre (el sur existe, dijera Benedetti)–, lo que pasa es que el tercer punto en el título (o sea yo) es el que sirve para embonar las cosas. No creo que les pase a todos, pero resulta que hábilmente la naturaleza se encargó de dotarme de un termostato descompuesto gracias al cual a veces tengo frío cuando hace mucho calor y a veces tengo calor cuando hace mucho frío. En fin, la idea no es pensar en los problemas orgánicos que pueda yo tener ni en los problemas ambientales que pueden generar –y degenerar– en cambios climáticos, sino en la temporada que se avecina y lo que ocurre con miles o millones de personas que no están simple y sencillamente en condiciones de enfrentar al medio ambiente y menos después de lo difícil que ha resultado 2020.

Aún recuerdo con esa nostalgia propia de quien ya tiene sus años –de seguir así, seré todo un anciano prematuro– que de niño –auuuuuuuuuuu– me dolía ver a la gente que en épocas de frío andaba –como decía mi abuela materna– casi “a raiz” (nótese que no lleva acento porque si no, no sale la expresión). Después y con el paso del tiempo uno se vuelve entre apático e insensible y se olvida de la desventura ajena para acabar ignorando el reclamo de conciencia.

Pero la pregunta sigue en el aire, ¿qué hacer con todos ellos? Quino sugería a través de Mafalda en una de sus tiras: alimentarlos, darles abrigo y darles albergue, pero remataba con una genial frase de Susanita: ¿no sería mejor ocultarlos? Yo creo que eso sería fácil, pero por desgracia es lo que comúnmente hacemos, cerramos los ojos.

Por ello, lectora, lector y Dios (es que con eso de que es omnividente, seguramente lee esta columna), te invito a considerar que, si bien pudiste gozar de un rato de calor en el verano, recuerdes ahora el ardor de tu corazón para apoyar a tantos desafortunados hermanos que necesitan sentir un poco de esa calidez que nos hará un noviembre, diciembre, enero y en resumen invierno a ti, a mí y –de poco en poco– a miles, más agradable y placentero.

Más aún en este complicado año de pandemia.

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