*Señor rector, está temblando…
*Debemos bajarnos, vamos, hay que bajarnos. Todos, todos que se bajen…

El piso siete de las Torres de Rectoría se balancea como si los latidos de mi corazón soplaran iracundos sobre este edificio tan simbólico para nuestra universidad. Salgo detrás de nuestro rector, en segundos abren la puerta que comunica con las escaleras. Antes de salir de esa oficina veo la pequeña estatua que representa a la justicia y que adorna uno de los muebles, se balancea al ritmo del sismo, su balanza me advierte que el movimiento es muy fuerte.

Admiro a cada compañero y a cada compañera. Bajamos apresurados pero sin crisis nerviosas ni pavor delatado. El taconeo de nuestros zapatos resuena al ritmo de nuestra agitada respiración. Algún tropiezo. La voz del doctor Agustín Sosa tranquiliza: “Con calma, bajemos rápido, pero con calma”.

Sin embargo, cada piso parece eterno. El séptimo y el sexto se mecen al ritmo de nuestro miedo. En el quinto creo escuchar los suspiros de la estructura del edificio. En el cuarto ruego que la gente que amo esté bien. En el tercero me conmueve que una jovencita se dé tiempo para sonreírme. El segundo parece tener más luz. El primero representa un instante de alumbramiento, salimos a la vida. Ver el cielo, un azul nos abriga con su paz.

Abrazo a cada persona que reconozco. Sandra Flores Guevara ya tecleando el celular para saber sobre su hija. Los reporteros de comunicación social. Mi querida doctora Luz Elena Barranco. La sonrisa del doctor Ray. Ivone Juárez que pregunta si estamos bien. Cada quien buscando a su ser querido por mensaje, por llamada, por Whatsapp. Se me quiebra un poquito la voz cuando el rector pregunta por mí, nuestra tranquila charla fue tan abruptamente interrumpida: “Aquí estoy”, digo agradecida. Observo con cariño a cada universitario, a cada universitaria. Alcanzo a atisbar al otro lado de la carretera que también desalojaron a mi amado Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Quiero correr hacia allá.

De inmediato el equipo de rectoría se pone a trabajar, que nuestra comunidad universitaria esté bien, que nadie regrese hasta estar calmados, tener la certeza de que no hay daños. Por supuesto, mi cita se cancela, no importa. Admiro que en poco tiempo el rector dé un aviso, que de inmediato se tomen decisiones.

Aunque al llegar a mi instituto me vuelvo una fiera, la pobre señora guardia tiene la orden de no dejar entrar a nadie. Entro porque entro, amenazo. Adentro está mi esposo, están mis amigas, mis alumnos y mis alumnas. Me meto a la mala, pero por una razón buena, abrazar a la gente que quiero, agradecer que estén bien.
No puedo creer que hoy justo en la mañana le hablaba a mi grupo de historia de los medios sobre la importancia de la radio durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Vivir hoy lo mismo. Lloro abrazada con mi amiga Josefina, parece que su edificio en la Ciudad de México está afectado. Dios, Dios que sus hijos estén bien.

No puedo creerlo, lloro como hace 32 años. La tele me muestra los edificios caídos, pero también la fuerza de nuestra gente, la solidaridad es mexicana, la generosidad nació en México. Pero hoy no soy la chavita universitaria, hoy soy la señora periodista, debo escribir, dejar testimonio de este día de luto, este día donde nuestra fuerza debe ser más fuerte. Es más fuerte.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.