“Querido.
Quiero que sepas que me has dado felicidad absoluta. Nadie podría haber hecho más de lo que tú has hecho. Por favor, créelo.
Pero sé que nunca me voy a recuperar de esto: y estoy desperdiciando tu vida. Es una locura. Nada de lo que nadie me pueda decir me va a persuadir. Puedes trabajar, estarás mucho mejor sin mí. Ya ves que ni siquiera soy capaz de escribir esto, lo que demuestra que tengo razón. Todo lo que quiero decir es que hasta que esta enfermedad apareció, éramos perfectamente felices. Todo fue gracias a ti. Nadie podría haber sido tan bueno como has sido tú, desde el primer día hasta ahora. Todo el mundo sabe eso. V.”
De seguro, querida Virginia Woolf, escribiste esta carta sin que te temblara la mano. Aferraste la pluma entre tus dedos. El pulso acelerado pero la certeza en calma. Te atreviste a contar los últimos latidos de tu corazón. No tenías duda. Por eso llenaste de piedras los bolsillos de tu ropa. Caminaste contado uno a uno los pasos que diste de tu casa al río Ouse. Tal vez le diste una mirada rápida al cielo, las nubes te hicieron recordar tu novela Las olas (1931).
Preocupada por la locura latente en tu familia, temerosa de haber heredado esa enfermedad, consciente de tus depresiones pero más de tu talento, no dejaste de escribir ni en el último instante de tu vida. Tenías 59 años, un esposo y muchos libros.
Por supuesto, siempre tengo a mi lado tu ensayo “Una habitación propia” donde te preguntas si las mujeres pueden escribir y ser escritoras. Donde nos invitas a explorar esas dudas y a sacar conclusiones esperanzadoras. Dudas de que las mujeres no puedan tener talento literario y demuestras que las novelas son parte de su inspiración. Pero para hacerlo necesitamos de una habitación propia, independencia económica e independencia personal. Publicado en 1929 parece ser una reflexión de hoy. Se sigue dudando de nosotras y gracias a ti, buscamos respuestas que nos reivindiquen. Así, encontramos nombres femenino y títulos variados, pero siempre en contextos de marginación, a veces de desprecio, algunas de reconocimiento. Seguimos invisibles en la esfera pública, tenemos que ser muy perseverantes para que nos descubran, para que nos escuchen, para que nos lean, para que dejen de llamarnos escribidoras y nos señalen como escritoras.
Pero “Una habitación propia” no es una queja ni un itinerario de lamentos, siempre es un libro provocador. Lo sigo leyendo y me sigue provocando. Lo leo y de inmediato abro la ventana de mi habitación propia, que entre el Sol y la Luna, los poemas y el viento, las palabras y el discurso. Y desde aquí, te leo en voz alta:
“Espero que encontréis, a tuertas o a derechas, bastante dinero para viajar y holgar, para contemplar el futuro o el pasado del mundo, soñar leyendo libros y rezagaros en las esquinas, y hundir hondo la caña del pensamiento en la corriente.”

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.