Antonio Madrid

“Voy al coro y regreso”, se escuchaba decir a la madre superiora. Era el anuncio de “Rompope Santa Clara”. Era la década de 1970. Era la XEW. La mítica XEW, que escuchábamos en nuestro radio portátil.

“Voy al coro y regreso”, se escuchaba decir a la madre superiora. Era el anuncio de “Rompope Santa Clara”. Era la década de 1970. Era la XEW. La mítica XEW, que escuchábamos en nuestro radio portátil.

Viene a mi mente inevitablemente la imagen de mi madre. De mi padre. Y también de mi hermana y yo, exultantes, en nuestros primeros años de vida. Era la Navidad. Y para nosotros significaban tiempos de posadas, de aquellos tiempos, en que las posadas eran con piñatas de barro, pesadas, pero llenas de dulces y fruta. Hoy las piñatas son de cartón y ya no llevan fruta, pero antes sí: mandarinas, limas y hasta naranjas. Y también unas que llamábamos peras, un tubérculo de sabor agridulce. El lector podrá imaginar los trancazos que sufríamos la chamacada cuando una de esas frutas caía sobre nuestras cabezas. Pero no importaba. A esa edad los golpes de ningún tipo duelen. Ni los físicos ni los emocionales. O sí, pero se pasan tan rápido como la infancia misma.

Recuerdo especialmente una posada que organizaron los vecinos de arriba. Nosotros vivíamos en la parte que daba a la calle principal. Era en un claro de una enorme huerta –al menos así la veía yo, ahora me doy cuenta que no era tan grande– donde colgaron las piñatas. Apenas con un suetercito encima acudí, pese al intenso frío decembrino y pronto me encontré con los ojos vendados y tirando a la piñata, enloquecido por las voces que vociferaban: ¡Arriba, arriba, no, abajo, más abajo!, ¡No!, ¡Arriba, a la izquierda! Termina uno dando literalmente palos de ciego hacia ningún y hacia todos lados.

Recuerdo que en aquella ocasión la piñata la rompí yo y como pude me quité el pañuelo mugroso que me habían colocado en los ojos y me lancé al lodo a recoger fruta y dulces, con tan mala suerte que un pedazo de barro de la olla rota me cortó la mano. Entre el lodo y la obscuridad, solo sentí que corría un líquido caliente. Al descubrir que era sangre, me aterroricé, al pensar en el regaño que me daría mi mamá. Para mi suerte, pronto cesó la sangre pues la cortada no había sido profunda. No concibo ahora como en la niñez llega uno a tener tanto terror por un regaño paterno. Con la edad, los terrores cambian, pero la esencia sigue siendo la misma.

Después fuimos a gorrear a casa de doña Rosa la ensalada navideña de profundo color vino, matiz dado por el betabel. Aporreábamos el vaso con la cuchara, como si por algún orificio se pudieran haber ido los cacahuates, la nuez, la naranja o el mismo betabel.

Más tarde llegó la cena: pollo rostizado; un verdadero manjar para los más pobres de la colonia, acompañado con Coca Cola al tiempo.

En la casa nunca hubo cena, pero había el calor de hogar, por mucho que por las rendijas se metiera el frío congelante.

Y parte de la Navidad sin duda era la colocación del nacimiento. Una a una íbamos sacando las figuras de una caja de cartón que mi mamá guardaba en quién sabe dónde. Ranas, caballos, camellos, elefantes, un dromedario, una llama, un burro, una vaca. El niño Dios, la virgen María, San José. Ir a buscar el heno, el musgo, construir una pequeña casita con pedazos de rama. Por aquí un pozo, por allá un puente, el río, simulado con papel celofan o un espejo. Terminando de rezar una oración y cantar villancicos.
Lo del rompope Santa Clara lo recuerdo mucho porque a mi mamá le

encantaba. Lo disfrutaba en esa época en un caballito tequilero. Recuerdo que lo hacía como si fuera una travesura. Era la única época del año en que lo consumía.

–¿Me das un traguito? Le preguntábamos ansiosamente mi hermana y yo.

–Nada más un poquito, porque se van a marear.

Nos encantaba el sabor.

Recuerdo también el nacimiento de doña Tonche, una anciana que vivía sobre la calle principal que iba hacia el centro. Colocaba un nacimiento precioso, con animales de porcelana y todos de un solo tamaño, no como los nuestros que variaban dramáticamente uno de otro. Colocaba un tapiz azul con estrellas plateadas en la sala de la casa y focos estratégicamente que hacían brillar las estrellas. Realmente me imaginaba que estaba yo en Belén. Nos gustaba pasar a observarlo.

Que bellas fueron nuestras navidades, aquellas donde todavía se cantaban los villancicos, se prendían velitas y se cargaba al niño Dios. Donde los aguinaldos eran esperados por nosotros con ansias. Y las piñatas. Y el juguete de Día de Reyes. Y para los padres, la misa de gallo, a la medianoche.

Hoy, muchas de esas tradiciones se siguen conservando, algunas ya se han ido para siempre. Lo que quedan, son los recuerdos.

Comentarios