Santo patrono de las diferencias, Jean Genet es, hoy por hoy, uno de los autores menos recordados en el discurso de la inclusión. Apresado una y otra vez desde la adolescencia, conforme cumplía condena, su inserción en el sistema penitenciario sirvió para crear una de las obras más desgarradoras e inconcebibles de las letras francesas.
En su momento, la voz de Jean-Paul Sartre serviría para liberarlo no solo de la persecución policiaca, sino como testamento de su necesidad para acceder a las letras con una estatura que rivalizaba con la de sus contemporáneos.
Prófugo de una realidad en la que nunca figuró, Genet fue uno de los autores más aviesos e incontrolables de los que se tenga memoria, ya que no se instaló en el panteón de los modelos morales ni las conductas a seguir, excepto por la lucidez de su escritura.
Abandonado por su madre desde la niñez, el huérfano dedicó su vida a deambular en los barrios bajos de Francia, así como en orfanatos, hasta que se le recluyó en Mettray a los 15 años, calificado de ladrón, bastardo y homosexual. Una vez tras las rejas, habría de recoger todos y cada uno de los sucesivos encarcelamientos entre África y Europa, hasta que encerrado en Fresnes, en medio de la segunda Guerra Mundial, escribió Nuestra señora de las flores.
El libro, todavía hoy, es el primer retrato de que se tenga memoria acerca de una humanidad de la que no se había escrito párrafo alguno, a propósito de los marginados, de los desposeídos, de los destituidos de toda posesión material, convertidos en despojos, despreciados, así como ignorados por el género humano, porque ninguno de ellos había tomado lápiz ni pluma para escribir de sí mismos hasta que Genet se hizo a la tarea.
Carente de cualquier interés en la política, la literatura misma o la necesidad del reconocimiento, Genet retrató sin ambages una experiencia que si había ocupado la imaginación de autores encumbrados, nunca pasó de ser una ficción colorida, desprovista de las heridas y cicatrices desde las que los protagonistas de carne y hueso pueden hablar con la resonancia de sus memorias.
Durante su madurez, Genet se convirtió en uno de los pocos autores que, una vez consciente de su importancia como genuino vocal de aquellos perseguidos por el sistema, además de material conocedor de los procedimientos judiciales, se abocó a la tarea de defender a aquellos que eran perseguidos por las etiquetas y los parámetros impuestos por la sociedad.
En ese entonces, Sartre intercedió en su nombre y, lejos de servir como apoyo, el Genet autor, encumbrado por la intervención de un tercero criado e inconsciente de las carencias, así como la singularidad de su condición humana, fue despojado de su carácter de marginal y apestado social, para ser convertido en aquello que no estaba buscando. Un sujeto, alguien aceptado, algo que nunca fue ni sirvió a propósito alguno durante su desarrollo vital.
Durante años, castrado de su condición de origen, Genet dejó de escribir hasta que por el encuentro con Giacometti, descubrió, en sus propias palabras “Todo hombre es el otro de alguien, como yo”, para por fin recuperar su voz en las letras, que paradójicamente concluyó con su muerte, adicto al nembutal que se autorecetaba, consecuencia de un cáncer en la garganta.
Murió a los 75 años en el mismo barrio donde su madre lo abandonó. Su tumba en Marruecos está cubierta por piedras blancas, así como las ocasionales rosas que los conocedores de su obra dejan en ella, en nombre del creador de una obra que sacó del anonimato a los perseguidos y despreciados por los cánones.
Quien mejor y con más convicción ha depositado sus votos para tan gran autor, es la sobreviviente de duelos y soledades, casi tan grande como ahora se le ha dado a Bob Dylan: Patti Smith.
Desde el lanzamiento del mitológico Horses, ya desde los 20 años, Patti Smith en su relación con Robert Mapplethorpe decidió conjurarse con el espíritu del movimiento punk, no por el sonido de la música, aunque sí por la convicción de no ahondar en una naturaleza complaciente, desprovista de un espíritu de lucha y resistencia contra el abandono.
Admiradora de Genet, Antonin Artaud y el mismo Mapplethorpe, Smith arranca con Horses y su canción titular “Land horses. Land of a thousand dances. La Mer (De)” como algún día Genet y de su obra musical, nacerían además poemarios fantásticos que sostienen a la compositora en el doble papel de poeta y autora de una obra no menos fascinante.

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