¿Qué pensaría Ágnes Heller –la gran pensadora que propuso y desarrolló la sociología de la vida cotidiana– en estos tiempos de quedarse en casa por culpa de un virus? Y me lo pregunto cuando me acomodo el tapabocas y aunque me sonrío ante el espejo, mi gesto de solidaridad conmigo misma no es posible verlo reflejado. Y la duda sigue latente cuando saco mis botas, guardadas en una bolsa de plástico, ahora destinadas a pisar únicamente las calles, ya que los protocolos de higiene sugieren calzado para la casa y otro para salir. Y sigo llenándome de interrogantes al tener que ir de compras, temerosa de hacer algo que era tan rutinario. Mientras el coche avanza, voy repitiendo miles de recomendaciones: no tocar la mercancía muchas veces, simplemente tomar la que compraré y ya, no platicar con nadie, mantener la sana distancia, recorrer los pasillos de productos lo más rápido que pueda. No detenerme a ver ropa. Al llegar a cajas, con un lapicito viejo, picar las teclas para dar acceso con mi clave del pago con tarjeta. Repetir a la cajera, al señor que vigila el estacionamiento del centro comercial: se cuida, por favor, se cuida.

Llegar a la casa, quitarme los zapatos y guardarlos otra vez en la bolsa. Aventar la ropa a la lavadora, como si me hubieran pegado la lepra, y meterme a bañar. Lavar una a una mi despensa. Dejar dinero y billetes en una jícara con agua y cloro.

Desayunar gozosa con mi familia y planear nuestro día con bromas llenas de verdad: ¿qué harás hoy, pasearás por la sala o por el comedor?, ¿darás clases vía zoom o solamente contestaras correos a tus grupos?, ¿te van a entrevistar por Skype?, ¿subirás otro Photoshop al Facebook para enloquecer más? No hablen, que tendré una videoconferencia. No estornuden, que grabaré un video. Me perfumo para el coloquio virtual, qué loca. Me acostumbro a mis talleres virtuales de literatura y a saludar de pantalla a pantalla, reírme de quien habla con el micrófono apagado, escuchar que una colega pierde concentración porque pasa el camión de la basura. Adivinar la manera de ser de mis compañeras por el fondo de su espacio: cortinas o persianas, librero o bar, carteles de protesta o muñecas de trapo.

Esta es ahora mi cotidianidad, nuestra cotidianidad, esa vida cotidiana que la filósofa húngara Ágnes Heller definía como la vida del ser humano que la vive con todos los aspectos de su individualidad, de su personalidad. En ella, aseguraba, se “ponen en obra” todos nuestros sentidos, capacidades intelectuales, habilidades, sentimientos, pasiones, ideas e ideologías. Heller consideraba que el ser humano de la cotidianidad tiene actividades y gozos, crea y recibe, puede externar su afectividad y su racionalidad, pero no siempre tiene el tiempo ni la posibilidad de absorberse enteramente en ninguno de esos aspectos para poder atisbarse a sí mismo en ese ritmo. Se vive la cotidianidad, pero pocas veces se detienen a comprenderla. Y las veces en que un ser humano logra “objetivar” su vida cotidiana, ella le llama “formas de elevación”, el momento en que intentamos explicar o representar esa cotidianidad, y esas forman son el arte y la ciencia. En este encierro, espero nos inspire lo artístico o lo científico, que a nuestra vida cotidiana no le estemos solamente poniendo un tapabocas.

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